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Otros habitantes les habían sustituido: las gentes de la capital y los asturianos que, para los fines de semana, habían construido sus casitas en los alrededores, o que habían comprado y remozado alguna de las del pueblo. Esta población eventual y ajena, acabaría por fertilizar la mutación y posterior crecimiento de algunas tascas, hasta convertirlas en complejos laberintos cuyas galerías retorcidas flanqueaban los botes de conserva, los mostradores frigoríficos y las botellas, dispuestos al recorrido alucinado, a la ansiosa demanda de la clientela capitalina.

Junto a estos pobladores dominicales y veraniegos, habían llegado también otros, éstos permanentes: varios jóvenes, organizadores de una comunidad de sedicentes labradores, curiosos robinsones que buscaban, con mucha más fe que conocimiento, un paraíso rural y campesino elaborado con sus propias manos.

El pueblo del abuelo ya no estaba en el de las nuevas gentes, aunque la apariencia externa, las dimensiones y los vanos, las luces y las sombras, pareciesen los mismos. La apariencia era sólo el eco del pasado, aunque yo, como esos enamorados en los que la muerte de la amada no consigue apagar la pasión, y el cuerpo de ella, aún inanimado y sin vida, les sigue bastando como objeto de deseo y de amor, me había contentado con su mero aspecto físico como si conservase el alma y, ante aquella cáscara ya vacía y reseca, creía recuperar, sin transición, la plenitud de mis vivencias infantiles.

Sin embargo, parecía que las ruinas lo tapaban todo desde hacía muchos años; como si el derrumbe se hubiera producido por el propio transcurso del tiempo, de los lustros, de los siglos, por la misma antigüedad, muchos años, lustros y siglos antes, y no el día anterior, por un incendio.

Mis ojos, que miraban aquellos restos, podían ser los de un observador lejanísimo, futuro, un contemplador incapaz de saber qué significaban aquellas ruinas, quién habitó la casa que fueron, por qué desapareció. Yo era el anónimo viajero que descubre los restos de alguna construcción, al parecer humana, en la más saludable ignorancia de sus implicaciones.

Allí mismo supe que los fragmentos de teja, las puntas carbonizadas de las vigas, habían caído sobre el rostro y la figura de Olvido. Pero también supe otras cosas, y cuando Alfonso me dio aquella noticia que yo intuía borrosamente, la acepté sin sorpresa ni dolor, y comprendí que la muerte de mi madre era solamente un avatar insignificante de un lejanísimo pasado, un pasado tan perdido e inconsistente como cualquier futuro imaginario y lejanísimo.

No fui al entierro. Ya nunca los volví a ver. Y ahora mismo, recordando las ruinas renegridas y humeantes de la casa del abuelo, contemplo lo oscuro y me imagino que la noche oculta misericordiosa un mundo en que permanecen los restos calientes, a veces encendidos, del único paisaje, una interminable sucesión de ruinas.

El niño habla otra vez entre sueños

El niño habla otra vez entre sueños y el hombre que hace la guardia se detiene, escuchándole también. El niño parece exclamar algo, imitar el grito de algún animal, el gorgoreo de algún papagayo. Una claridad levísima anuncia el alba, aunque ni las estrellas del cielo ni las lucecitas del lago pierden su diminuto y purísimo fulgor.

También como una pintura, llenos de color, detenidos en mitad de los movimientos, los recuerdos.

Cuando os sorprendieron, ibais siete en total (sólo Argüello a caballo), haciendo un enlace con el real. Hubo una larga y desesperada pelea, pero al fin os apresaron, atándoos fuertemente a todos, incluso al caballo.

Os llevaron al poblado con enorme júbilo. Tres días con sus noches os tuvieron atados, tirados en el suelo, en un cobertizo al pie de un templo, sobre unas viejas esteras, sin curar vuestras heridas ni daros comida, aunque sí de beber, cercanos a un catafalco lleno de calaveras humanas y a un lugar donde muchas fieras invisibles rugían permanentemente.

Durante la tercera noche, se concentró en el exterior una gran muchedumbre y los tambores comenzaron a tañer sin cesar. Llegaba hasta vosotros un olor intenso a incienso de copal, que conseguía incluso anular el olor nauseabundo de las calaveras. La muchedumbre cantaba largas letanías.

Con la premonición del alba, se hizo el silencio y os sacaron. Allí mismo, a los pies del templo, varios indios sujetaban el caballo. Un guerrero, empuñando uno de aquellos mandobles de madera con filo de piedras, comenzó a golpearlo. Mientras era sacrificado, el caballo relinchaba, coceaba.

Cortaron su cabeza, sus patas, su cola, y repartían los pedazos entre la multitud que los tocaba, los sopesaba, los observaba con asombrada curiosidad.

Al cabo, sonaron de nuevo los tambores y se encendieron fuegos en lo alto del templo. Varios indios agarraban a cada uno de vosotros, obligándoos a subir las gradas del templo. Por fin, estuvisteis todos arriba. La cúspide de las empinadas y largas escaleras olía a putrefacción y a matadero. Los fuegos iluminaban fantasmalmente las imágenes de los ídolos, las figuras de los sacerdotes, los estandartes que ondeaban en el extremo de largos mástiles mientras el cielo se iba volviendo cada vez más azul.

A los pies del templo se extendía la multitud expectante. Un sacerdote elevó los brazos al cielo y comenzó a cantar.

– Credo en Dios Padre, Todopoderoso -recitó Argüello casi a gritos.

Tú murmurabas también la oración, primero distraídamente, aturdido por aquella altura vertiginosa y por el tañido intermitente de los tambores y los silbidos de las flautas, luego con fervor cada vez más intenso, un fervor hecho miedo.

Había una algarabía de trompetas, tambores, silbatos y timbales cuando empujaron a Pedro Díaz, el extremeño, el más joven de todos, y le arrancaron la camisa, antes de obligarle a tumbarse boca arriba, apoyada su espalda en la piedra piramidal. Entonces, mientras otros indios le sujetaban y vosotros erais también inmovilizados por las manos de numerosos sacerdotes, fuisteis testigos impotentes de la abominación.

Un sacerdote, empuñando con ambas manos aquel cuchillo de pedernal, abrió con esfuerzo el pecho del extremeño, separó sus costillas, agarró el corazón, que se estremecía en su mano, lo arrancó, cortando con el cuchillo las venas y los músculos que le sujetaban, y lo alzó al cielo, sacudiéndolo, salpicando el ídolo en una intencionada aspersión. El extremeño, que había lanzado espantosos alaridos, movía sus miembros en las últimas convulsiones.

Los indios arrojaron el cadáver por las gradas. Otros sacerdotes lo descuartizaron, separando con destreza brazos y piernas, y lo repartieron luego entre la multitud, que lo recogía como el convite común de una romería.

Dios, pensaste, Jesucristo, Virgen Santa, no podéis permitirlo. Pero mientras musitabas oraciones con una pasión nunca sentida antes, tuviste la intuición de una horrible realidad: aquel Tescatepuca, aquel Uichilobos, aquella Madre Que Llora Por La Noche, eran poderosos.

Entre la muchedumbre apiñada al pie del templo, que había lanzado un grito unánime de alborozo ante el sacrificio, un grito que acalló los aullidos de la víctima, y los sacerdotes, y los ídolos, fluía una corriente intensa, evidente, que se elevaba al cielo. Aquí Dios, Jesucristo, la Virgen del Camino, los Santos Ángeles Custodios, la mismísima Vera Cruz, no tenían influencia alguna.

Así, mientras intentabas abstraerte en tus desesperadas oraciones, conjurando aquellos poderes de los dioses infernales, fuiste asistiendo al sacrificio de todos tus compañeros.

Argüello no lloró: mugía como un gran toro, haciendo caer y arrastrarse a los indios que le sujetaban, que eran por lo menos diez. Los demás gritaron, lloraron, maldijeron. Pero los sacerdotes partían sus pechos con el cuchillo de piedra, introducían la mano ensangrentada en la chorreante herida, y arrancaban el corazón con ademán jubiloso.

Sí, los dioses de los indios eran poderosos, implacables. El mundo era, por tanto, un incomprensible entramado de poderes contrapuestos y ningún Dios, fuera de los espacios de sus fieles, podía propiciar consuelo o ayuda. La presencia de aquellas potestades se podía sentir como un efluvio, como un intenso reverbero.