Después de eso, Cassie Blythe desapareció. No utilizó el billete de vuelta y no había constancia de que hubiese viajado con ninguna otra compañía de autobuses ni de que hubiese cogido un vuelo de cercanías. La tarjeta de crédito y la del cajero automático no se habían utilizado desde el día de su desaparición. Me estaba quedando sin gente a la que poder recurrir y todo aquello no estaba llevándome a nada.
Tenía la impresión de que no iba a encontrar a Cassie Blythe. Ni viva ni muerta.
El Lexus negro se detuvo ante la casa poco después de las tres. Yo estaba en el piso de arriba, delante del ordenador, imprimiendo las noticias sobre el asesinato de Marianne Larousse. La mayoría de ellas daba muy poca información, salvo un suelto del State que detallaba el hecho de que Elliot Norton se había encargado de la defensa de Atys Jones en sustitución del abogado de oficio asignado al caso, un tal Laird Rhine. Para el cambio de abogado no se tramitó una petición oficial, lo que significaba que Rhine había acordado con Elliot abandonar el caso. En unas breves declaraciones, Elliot le comentaba al periodista que, aunque Rhine era un buen abogado, Jones se merecía algo más que un abogado de oficio agobiado por la falta de tiempo. Rhine no comentaba nada. La noticia databa de un par de semanas atrás. Estaba imprimiéndola justo en el instante en que llegó el Lexus.
El hombre que salió del asiento del copiloto llevaba unas zapatillas Reebok manchadas de pintura, unos pantalones vaqueros manchados de pintura y, para rematar el conjunto, una camisa vaquera manchada de pintura. Parecía un modelo de pasarela en un congreso de decoradores, en el caso de que los gustos de los decoradores se decantasen por los ladrones semijubilados y maricas de un metro sesenta y cinco de estatura. Ahora que lo pienso, cuando yo vivía en el East Village había varios decoradores cuyos gustos se habían decantado por ahí.
El conductor del coche era al menos treinta centímetros más alto que su compañero y llevaba unos mocasines de color corinto que habían conocido tiempos mejores y un traje de lino de color canela. Su tez negra brillaba a la luz del sol, tan sólo oscurecida por una levísima sombra de pelo en la cabeza y una barba que circundaba sus labios fruncidos.
– Bueno, este sitio es muchísimo más bonito que aquel basurero al que llamabas hogar -dijo Louis cuando bajé a recibirlos.
– Si tanto lo odiabas, ¿por qué te tomabas la molestia de ir allí de visita?
– Porque te ponía de mala leche.
Le tendí la mano a Louis para estrechársela y me vi con una maleta de Louis Vuitton en ella.
– No doy propina -dijo.
– Lo supuse en cuanto me di cuenta de que eres demasiado tacaño como para venir en avión para pasar el fin de semana.
Enarcó un poco la ceja.
– Oye, trabajo gratis para ti, traigo mis propias armas y compro las balas. No puedo permitirme el lujo de venir en avión.
– ¿Todavía llevas un arsenal en el maletero del coche?
– ¿Por qué lo preguntas? ¿Necesitas algo?
– No, pero si a tu coche lo parte un rayo, sabré adónde ha ido a parar mi jardín.
– Todas las precauciones son pocas. El mundo es un infierno lleno de maldad.
– ¿Sabes? Existe una palabra para la gente que está convencida de que tiene el mundo entero en su contra: paranoia.
– Sí, y hay una palabra para la gente que no: muerte.
Pasó con majestuosidad junto a mí, se dirigió a Rachel y la abrazó cariñosamente. Rachel era la única persona a la que Louis demostraba un afecto verdadero. Sólo podía imaginar que le acariciaba la cabeza de vez en cuando a Ángel. Al fin y al cabo, llevaban casi seis años juntos.
Ángel se puso a mi lado.
– Creo que está volviéndose más cariñoso a medida que envejece -le dije.
– Sería igual de cariñoso si tuviese garras, ocho piernas y un aguijón en la punta del rabo.
– Caray, y es todo tuyo.
– Sí, ¿no soy un tipo con suerte?
Parecía como si Ángel hubiera envejecido de repente desde la última vez que lo vi, unos meses atrás. Tenía unas profundas arrugas alrededor de los ojos y de la boca y el pelo negro salpicado de canas. Incluso andaba con más lentitud, como si temiese tropezar. Sabía por Louis que aún tenía un intenso dolor en los omóplatos, allí donde el predicador Faulkner le había cortado un cuadrado de piel, para luego dejar a Ángel sangrando dentro de una vieja bañera. Los injertos estaban agarrando, pero las cicatrices le dolían cada vez que hacía el mínimo movimiento. Louis y Ángel habían soportado un periodo de separación forzosa. La implicación directa de Ángel en los acontecimientos que desembocaron en la captura de Faulkner tuvo como consecuencia inevitable el hecho de que la policía lo pusiera en su punto de mira. Se había mudado a un apartamento a diez manzanas del de Louis para que su amante no se viese involucrado en la investigación, puesto que el pasado de Louis no resistiría un examen minucioso por parte de las fuerzas de la ley y del orden. Estaban corriendo un riesgo incluso al venir aquí juntos, pero fue Louis quien lo sugirió y no me sentía con ganas de discutir con él. Puede que pensara que a Ángel le vendría bien estar con gente que le quería.
Ángel adivinó mis pensamientos, porque sonrió con tristeza.
– No tengo buen aspecto, ¿verdad?
Le devolví la sonrisa.
– Nunca lo tuviste.
– Oh, sí. Lo había olvidado. Vayamos adentro. Haces que me sienta un inválido.
Vi cómo Rachel le besaba con ternura en la mejilla y le susurraba algo al oído. Por primera vez desde que había llegado se rió.
Pero cuando Rachel me miró por encima del hombro de Ángel, sus ojos traslucían la compasión que sentía por él.
Cenamos en Katahdin, en el cruce de Spring y High, en Portland. Katahdin tiene un mobiliario mal conjuntado, una decoración excéntrica, y a uno le da la impresión de estar comiendo en el salón de una casa particular. A Rachel y a mí nos encanta. Por desgracia, también a mucha otra gente, así que tuvimos que esperar durante un rato en la acogedora barra, oyendo los chismorreos y la cháchara de los que solían comer allí. Ángel y Louis pidieron una botella de chardoné Kendall-Jackson y me di el gusto de beberme media copa. Después de la muerte de Jennifer y de Susan, pasé mucho tiempo sin probar el alcohol. La noche en que murieron me había ido a un bar, y después supe encontrar muchas maneras de atormentarme por no haber estado a su lado cuando me necesitaron. Ahora sólo me tomaba una cerveza de vez en cuando y, en alguna ocasión muy especial, un vaso de vino Flagstone en casa. No echaba de menos la bebida. Mi afición por el alcohol se había esfumado casi por completo.
Al final, encontramos mesa en un rincón y empezamos con uno de los excelentes panecillos de mantequilla del Katahdin. Hablamos del embarazo de Rachel, criticaron la decoración de mi casa y nos pusimos al día en los cotilleos de Nueva York cuando llegaron sus platos de marisco y mi London broil.
– Tío, tu casa está llena de viejos trastos de mierda -dijo Louis.
– Antigüedades -le corregí-. Eran de mi abuelo.
– Por mí como si fueran de Moisés. Son trastos viejos, te pareces a uno de esos hijos de puta que venden basura por internet en las subastas de e-Bay. ¿Cuándo vas a convencerlo para que compre muebles nuevos, guapa?
Rachel levantó las manos e hizo un gesto de yo-no-me-meto-en-eso justo en el instante en que la dueña del local se acercó a nuestra mesa para asegurarse de que todo estaba en orden. Le sonrió a Louis, que se mostró un poco desconcertado ante el hecho de que su presencia no la hubiera intimidado. La mayoría de la gente se sentía intimidada, como mínimo, ante Louis, pero la dueña del Katahdin era una mujer fuerte y atractiva que no se dejaba intimidar por un simple «Gracias por preguntarlo». Al contrario, le sirvió más panecillos de mantequilla y lo miró del modo en que un perro miraría un hueso especialmente apetitoso.