– Me parece que le gustas -dijo Rachel, irradiando inocencia.
– Soy marica, no ciego.
– Pero ella no te conoce tanto como nosotros -añadí-. Yo que tú me lo comería todo. Vas a necesitar todas tus energías para salir corriendo.
Louis frunció el ceño. Ángel se mantenía en silencio, porque ya había tenido bastante a lo largo de todo el día. Se le levantó el ánimo cuando la charla se centró en Willie Brew, que estaba al frente de una tienda de coches en Queens y que fue quien me proporcionó mi Boss 302; además, Louis y Ángel eran socios suyos.
– Su hijo dejó embarazada a una chica -me contó.
– ¿Qué hijo, Leo?
– No, el otro, Nicky. El que parece un idiota erudito, aunque sin lo de erudito.
– ¿Va a hacer lo que debe?
– Ya lo ha hecho. Se las piró a Canadá. El padre de la chica está muy cabreado. El tipo se llama Pete Drakonis, pero todo el mundo lo llama Jersey Pete. Creo que no se debería joder a tipos que tienen nombre de estado, salvo Vermont quizás. Un tipo que se llama Vermont se empeñaría en que te dedicases a salvar ballenas y a beber té chai.
Mientras tomábamos el café, les conté lo de Elliot Norton y su cliente. Ángel movió la cabeza con desaliento.
– Carolina del Sur no es mi lugar preferido -dijo.
– Es difícil que allí organicen un desfile oficial para celebrar el día del Orgullo Gay -reconocí.
– ¿De dónde dijiste que era el tipo? -preguntó Louis.
– De un pueblo llamado Grace Falls. Está por…
– Sé por dónde queda -contestó.
Había algo en el tono de su voz que hizo que me callase. Incluso Ángel le miró, pero no insistió sobre ese punto. Nos limitamos a observar cómo Louis desmigaba un trozo de panecillo con el pulgar y el índice.
– ¿Cuándo tienes planeado salir? -me preguntó.
– El domingo.
Rachel y yo lo habíamos hablado y convinimos en que mi conciencia no descansaría a menos que me fuese allí durante un par de días como mínimo. A riesgo de que Rachel se cabreara tanto conmigo que me dejara hecho polvo, me atreví a sacar el tema de la conversación que mantuve con MacArthur. Para mi sorpresa, accedió tanto a que se pasase a verla con regularidad como a la instalación de una alarma en la cocina y otra en nuestro dormitorio.
Por cierto, también estuvo de acuerdo en buscarle pareja a MacArthur.
Louis pareció consultar una especie de calendario mental.
– Me reuniré contigo allí -dijo.
– Los dos nos reuniremos contigo allí -le corrigió Ángel.
Louis le lanzó una mirada.
– Primero tengo que hacer algo -replicó-. Y ese algo me pilla de camino.
Ángel apartó una migaja.
– Yo no tengo ningún plan -dijo Ángel, con una voz estudiadamente inexpresiva.
Como me daba la impresión de que la conversación había tomado un rumbo desconocido para mí, y como no estaba dispuesto a pedir un mapa para situarme, pedí la cuenta.
– ¿Tienes la más mínima idea de lo que estaban hablando? -me preguntó Rachel cuando nos dirigíamos al coche.
Ángel y Louis iban delante de nosotros sin decir palabra.
– No -respondí-. Pero me da la impresión de que alguien va a lamentar que esos dos hayan salido de Nueva York.
Sólo esperaba que ese alguien no fuese yo.
Aquella noche me despertó un ruido proveniente del piso de abajo. Dejé que Rachel siguiese durmiendo, me puse la bata a toda prisa y bajé las escaleras. La puerta de entrada estaba entreabierta. Ángel estaba sentado, con las piernas estiradas, en una silla del porche, vestido con un pantalón de chándal y una vieja camiseta de Doonesbury. Tenía un vaso de leche en la mano y miraba hacia la marisma iluminada por la luz de la luna. Del oeste nos llegó el grito de un búho, que bajaba y subía de tono. En el cementerio de Black Point había un par de nidos. A veces, por la noche, los faros de los coches los iluminaban y los veíamos encaramarse a las copas de los árboles con un ratón forcejeando para desprenderse de sus garras.
– ¿Los búhos te desvelan?
Me lanzó una mirada por encima del hombro y en su sonrisa reconocí un poco al Ángel de antes.
– El silencio es lo que me desvela. ¿Cómo coño puedes dormir con toda esta tranquilidad?
– Puedo comenzar a tocar el claxon y a blasfemar en árabe si crees que eso te servirá de algo.
– Caramba, ¿lo harías?
Estábamos rodeados de mosquitos que merodeaban esperando la ocasión de posarse sobre sus presas. Eché mano de una caja de cerillas que había en el alféizar de la ventana, encendí una vela repelente y me senté a su lado. Él me ofreció el vaso de leche.
– ¿Leche?
– No, gracias. Estoy intentando dejarla.
– Haces bien. El calcio podría matarte.
Se bebió la leche a sorbos.
– ¿Te preocupa?
– ¿Quién, Rachel?
– Sí, Rachel. ¿Por quién creías que te preguntaba, por Chelsea Clinton?
– Está muy bien. Pero he oído que a Chelsea le va bien en la universidad, así que eso tampoco está mal.
Una sonrisa revoloteó en sus labios, como el breve batir de las alas de una mariposa.
– Sabes a qué me refiero.
– Lo sé. A veces tengo miedo. Tengo tanto miedo que salgo aquí afuera, le echo un vistazo a la marisma y me pongo a rezar. Rezo para que no les pase nada ni a Rachel ni al bebé. Francamente, creo que he sufrido lo mío. Todos lo hemos sufrido. Tenía ciertas esperanzas de que el libro se hubiese cerrado durante un tiempo.
– Un lugar como éste, en una noche como ésta, quizás invita a creer que ha sido así -dijo-. Es un lugar bonito, además de tranquilo.
– ¿Estás pensando en jubilarte aquí? En ese caso tendré que mudarme de nuevo.
– No, a mí me gusta demasiado la ciudad. Pero esto está bien para un cambio de aires.
– En la leñera hay serpientes.
– ¿No las tenemos todos? ¿Qué vas a hacer con ellas?
– Dejarlas en paz. Espero que se vayan o que cualquier alimaña las mate por mí.
– ¿Y si eso no ocurre?
– Entonces yo mismo me encargaré de ellas. ¿Quieres decirme por qué estás aquí fuera?
– Me duele la espalda -se limitó a contestar-. También me duele la parte de los muslos de la que me arrancaron la piel.
Vi reflejadas en sus ojos las formas de la noche con tanta nitidez que parecía que fuesen una parte de él, los componentes de un mundo muy oscuro que, de algún modo, había invadido y colonizado su alma.
– Aún los veo, ¿sabes? A aquel predicador de los cojones y a su hijo mientras me sujetaban y me cortaban la piel. Me susurraba al oído, ¿lo sabías? Aquel cabrón de Pudd me susurraba al oído, me frotaba la frente y me decía que todo iba bien, mientras su viejo me rajaba. Cada vez que me pongo de pie o me desperezo, siento la cuchilla en la piel y me trae todo aquello a la memoria. Y, cuando eso ocurre, el odio vuelve a inundarme. Nunca había sentido tanto odio.
– Se desvanece -dije en voz baja.
– ¿De verdad?
– Sí.
– Pero no desaparece.
– No, es tuyo. Haz con él lo que tengas que hacer.
– Quiero matar a alguien -lo dijo sin mostrar sentimiento alguno, con voz serena, con el mismo tono con que alguien diría en un día caluroso que va a darse una ducha fría.
Louis era el asesino, pensé. No importaba que matase por motivos que no tenían nada que ver con el dinero, con la política ni con el poder; no importaba que ya no fuese moralmente neutral, como tampoco importaba lo que pudo haber hecho o no en el pasado: nadie iba a llorar a las víctimas que elegía. Louis era capaz de segar una vida sin perder el sueño por ello.