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Mobley se puso en cuclillas y recargó el rifle con cuidado. Luego se sentó en el tronco de un haya caída y sacó de la mochila una Miller High Life. Tiró de la pestaña de la lata, dio un trago largo y eructó, con la mirada fija donde el milano había ido a caer, como si en verdad esperase que volviese a la vida, que ascendiese de la tierra manchado de sangre y se elevase a los cielos. En algún lugar sombrío de su conciencia, Landron Mobley deseaba secretamente no haber matado al milano, sino tan sólo haberlo herido; deseaba haber encontrado al pájaro, al remover la hojarasca, revolcándose en el suelo, con las alas batiendo en vano la tierra y la sangre manándole de la herida. En ese caso, Mobley se hubiera arrodillado, hubiera agarrado el pájaro por el cuello con su mano izquierda y le hubiera metido un dedo por el agujero de la bala, girándolo contra la carne, palpando su calidez mientras el pájaro forcejeaba, desgarrándolo por dentro, hasta que el milano se estremeciese y muriese. Mobley convertido, a su manera, en una bala, una bala que explorase aquel cuerpo como si fuese tanto el instrumento como el agente de la destrucción del milano.

Abrió los ojos.

Tenía los dedos manchados de sangre. Cuando miró hacia abajo, vio que el milano estaba hecho pedazos y las plumas esparcidas por la tierra. Los ojos sin vida del pájaro reflejaban el vagar de las nubes por el cielo. De forma distraída, Mobley se llevó los dedos a los labios, se pasó la lengua por ellos y probó el sabor del milano. Luego parpadeó con fuerza y se limpió en los pantalones, avergonzado, pero a la vez excitado, por aquella repentina combinación de voluntad y de deseo. Aquellos momentos de enardecimiento le sobrevenían con tanta rapidez, que a menudo le asaltaban por sorpresa y se le disipaban antes de poder disfrutar de su consumación.

Durante un tiempo, encontró en el trabajo un desahogo para su deseo. Sacaba a una mujer de la celda y le exploraba el cuerpo. Le tapaba la boca con la mano y la forzaba a que se abriese de piernas. Pero esos días se habían acabado. Landron Mobley fue uno de los cincuenta y un guardias y empleados de la prisión que habían sido despedidos por el Departamento Penitenciario de Carolina del Sur por mantener «relaciones deshonestas» con presidiarías. Relaciones deshonestas: Mobley casi se reía. Eso fue lo que el Departamento notificó a los medios de comunicación, en un intento de suavizar la realidad de lo sucedido. Seguro que hubo presidiarías que participaron por voluntad propia, en algunos casos porque se sentían solas o porque estaban cachondas, o bien porque era un medio para conseguir un par de paquetes de cigarrillos, un poco de maría y quizás algo incluso un poco más fuerte. Aquello era puro puterío, así de claro, y no importaban las excusas que se dieran a sí mismas. Landron Mobley no era de los que desaprovechan la oportunidad de tirarse un coño que se ofrece a cambio de algún favor. De hecho, Landron Mobley no renunciaba a aprovecharse de ningún coño y punto; y había presidiarías en la Institución Penitenciaria de Mujeres, en Columbia's Broad River Road, que tenían razones para mirar a Landron Mobley con algo más que un poco de respeto y, sí, señor, de miedo, después de que les hubiese dejado claro lo que les pasaría si enojaban al viejo Landron. Landron, con aquellos ojos suyos lúgubres e inexpresivos que buscaban llenar el vacío que había en ellos con las emociones reflejadas en los de una mujer, y ella apartando los labios con placer o con dolor, aunque Landron no distinguía entre una cosa y otra ni tampoco le importaban los sentimientos de ella, porque lo que le gustaba, la verdad sea dicha, era la resistencia, el forcejeo y la entrega forzosa. Landron, que vagaba de celda en celda y buscando la vulnerabilidad de los cuerpos hechos un ovillo debajo de las mantas. Landron, que, rebosante de malicia, se inclinaba sobre la silueta delgada y oscura, le sujetaba la cabeza y la paralizaba con su peso al echarse sobre ella. Landron, en medio de las gotas de lluvia que caían de las hojas y del croar de las ranas toro, con los dedos manchados de la sangre aún caliente del milano, iba empalmándose gracias a los recuerdos.

Uno de los periodicuchos locales publicó la noticia de que una presidiaría llamada Myrna Chitty había sido violada mientras cumplía una condena de seis meses por robar un bolso. Se abrió una investigación. Y maldita sea. Si Myrna Chitty no les hubiese hablado a los investigadores de las visitas ocasionales de Landron a su celda, si no les hubiese dicho que Landron la había forzado en su camastro ni hubiera descrito cómo lo oía desabrocharse el cinturón, y luego el dolor, oh, Dios mío, el dolor… Al día siguiente, Landron fue suspendido de sueldo y al cabo de una semana lo despidieron, pero ahí no iba a acabar la cosa. Se había fijado una vista del Comité de Prisiones y Criminología para el 3 de septiembre y se rumoreaba que iban a recaer cargos por violación sobre Landron y sobre una pareja de guardias que se había dejado llevar por el entusiasmo. Se produjo una conmoción general y Mobley comprendió que, si las cosas seguían su curso, iba a pasar una temporada a la sombra.

Pero una cosa estaba clara: Myrna Chitty no iba a testificar en ningún juicio por violación. Él sabía de sobra lo que les ocurría a los guardias de prisiones que terminaban cumpliendo condena. Sabía de sobra que todo lo que les había hecho a las mujeres le sería infligido a él por centuplicado, y Landron no tenía ninguna intención de que le jodieran ni de examinar cuidadosamente la comida buscando trozos de cristal. Si Myrna Chitty declaraba, sería el primer paso de una sentencia de muerte inevitable para Landron Mobley, una sentencia de muerte que al final se ejecutaría mediante un navajazo o una paliza. Ella tenía previsto salir de la cárcel el 5 de septiembre, ya que le habían reducido la condena por colaborar en la investigación, y Landron estaría esperándola cuando ella moviese su asqueroso culo blanco de regreso a su casita llena de mierda. Entonces, Landron y Myrna iban a tener una pequeña charla, y es posible que él se viera obligado a recordarle lo que estaba perdiéndose ahora que el viejo Landron no se pasaba por su celda ni la bajaba a las duchas para cachearla buscando objetos de contrabando. No, Myrna Chitty no pondría la mano sobre la Biblia ni acusaría a Landron de violador. Myrna Chitty mantendría la boca cerrada a menos que Landron le ordenase lo contrario, o a menos que estuviese muerta.

Echó otro trago largo y le dio un puntapié al suelo. Landron Mobley no tenía muchos amigos. Era un tremendo borracho, aunque, dicho sea en su favor, también resultaba tremendo cuando estaba sobrio, de modo que nadie podía quejarse de que lo había engañado con respecto a su carácter. Siempre había sido igual. Era un marginado, alguien a quien casi todos despreciaban por su falta de educación, por su gusto por la violencia y por el miasma de sexualidad degradada que le aureolaba como una niebla tóxica. Con todo, sus aptitudes habían atraído a otros que veían en Mobley a una criatura que les permitía depravarse sin perder del todo el control y que se valían de la absoluta corrupción de Mobley para satisfacer sus propios apetitos sin tener que padecer las consecuencias.