Cuando llegué a la unidad de estabilización de salud mental, los guardias estaban terminando de comerse unas hamburguesas de pollo que habían sobrado del almuerzo de los presos. En el área principal de la unidad recreativa, los presos dejaron lo que tenían entre manos y me miraron fijamente. Uno de ellos, un hombre fornido y jorobado, que apenas medía metro y medio, con el pelo negro y lacio, se acercó a las rejas y me escudriñó en silencio. Lo observé, no me gustó lo que sentí y aparté la mirada. El coronel y el oficial se sentaron en el borde de un escritorio, observando cómo uno de los guardias de la unidad me conducía a la galería en que se hallaba la celda de Faulkner.
Sentí un escalofrío cuando aún estaba a unos tres metros de distancia de él. Al principio, pensé que se debía a mi reticencia a encontrarme cara a cara con el viejo, hasta que me di cuenta de que el guardia que me acompañaba temblaba ligeramente.
– ¿Qué pasa con la calefacción? -pregunté.
– La calefacción está al máximo -contestó-. En este sitio el calor se va como a través de un colador, pero nunca como ahora.
Se detuvo cuando aún estábamos fuera del campo de visión del ocupante de la celda y bajó la voz.
– Es él. El predicador. Su celda está helada. Instalamos dos estufas fuera de la celda, pero se cortocircuitaban. -Echó a andar inquieto-. Es algo que tiene que ver con Faulkner. No sé cómo, hace que baje la temperatura. Sus abogados ponen el grito en el cielo por las condiciones de su encarcelamiento, pero no podemos hacer nada.
Cuando terminó de hablar, algo blanco se movió a mi derecha. Las rejas de la celda quedaban más o menos a la altura de mis ojos, así que la mano que salió parecía haber traspasado una pared de acero. Aquellos dedos blancos palparon el aire, moviéndose con crispación, como si no sólo tuviesen el don del tacto, sino también el de la vista y el del oído.
Después llegó la voz, que sonaba como limaduras de hierro al caer sobre un papel.
– Parker -dijo aquella voz-. Has venido.
Lentamente, me encaminé a la celda y aprecié las manchas de humedad de las paredes. Las gotitas relucían con la luz artificial y brillaban como millones de pequeños ojos plateados. Tanto la celda como el hombre que estaba de pie frente a mí desprendían un olor a humedad.
Era más bajo de como lo recordaba, y se había cortado su melena blanca casi al rape, aunque conservaba su extraña y fogosa intensidad en los ojos. Estaba tremendamente delgado. No había ganado peso, según suele ocurrirles a algunos presos, con la dieta de la prisión. Tardé un momento en comprender el motivo.
A pesar del frío que hacía en la celda, Faulkner desprendía una ola de calor. Estaba quemándose por dentro: la cara febril, el cuerpo atormentado por temblores, pero en cambio no había rastro alguno de sudor en su cara ni señal alguna de malestar. Tenía la piel seca como un papel, y daba la impresión de que ardería por dentro en cualquier momento y de que las llamas lo consumirían, reduciéndole a cenizas.
– Acércate -me dijo.
El guardia que estaba a mi lado movió la cabeza en señal de negación.
– Estoy bien aquí -contesté.
– ¿Me tienes miedo, pecador?
– No, salvo que puedas traspasar el acero.
Mis palabras me recordaron la imagen de la mano que aparentemente se materializaba en el aire y pude oírme a mí mismo tragando saliva.
– No -dijo el viejo-. No tengo necesidad de hacer trucos de salón. Dentro de muy poco estaré fuera de aquí.
– ¿Tú crees?
Se echó hacia delante y apretó la cara contra los fríos barrotes.
– Lo sé.
Sonrió y se pasó la lengua blanquecina por los labios resecos.
– ¿Qué quieres?
– Hablar.
– ¿Sobre qué?
– Sobre la vida. Sobre la muerte. Sobre la vida después de la muerte. O, si lo prefieres, sobre la muerte después de la vida. ¿Aún se te aparecen, Parker? ¿Todavía ves a los perdidos, a los muertos? Yo sí. Me visitan. -Sonrió y respiró con tanta profundidad que parecía estar ahogándose, como si estuviese en los preliminares de un orgasmo-. Son muchísimos. Todos aquellos a los que diste pasaporte me preguntan por ti. Quieren saber cuándo vas a reunirte con ellos. Tienen planes para ti. Yo les digo que pronto. Que muy pronto estarás con ellos.
No respondí a sus provocaciones. En vez de eso, le pregunté por qué se había autolesionado. Levantó los brazos con las cicatrices ante mí y se los miró casi con sorpresa.
– Es posible que quisiera evitarles su venganza -me contestó.
– No te salió demasiado bien.
– Es cuestión de opiniones. Ya no estoy en aquel sitio, en aquel infierno moderno. Me relaciono con otra gente. -Los ojos le brillaron-. Incluso es posible que logre salvar algunas almas perdidas.
– ¿Tienes a alguien en mente?
Faulkner sonrió.
– No a ti, pecador. Eso tenlo por seguro. Para ti ya no hay salvación posible.
– Sin embargo, querías verme.
Dejó de sonreír. -Tengo que hacerte una oferta. -No tienes nada con lo que poder negociar.
– Tengo a tu mujer -dijo con voz pausada y áspera-. Puedo negociar con ella.
No me lancé contra él, aunque él reculó de repente, como si la violencia de mi mirada hubiese tenido el mismo efecto que un empujón en el pecho.
– ¿Qué has dicho?
– Estoy ofreciéndote la seguridad de tu mujer y de tu futuro hijo. Estoy ofreciéndote una vida que no está amenazada por el temor a un castigo justo.
– Tu lucha es ahora con el Estado, viejo. Es mejor que te reserves las negociaciones para el juicio. Y si vuelves a mencionar eso en mi cara, te voy a…
– ¿A qué? -se burló-. ¿A matarme? Tuviste la oportunidad, y no habrá otra. Y mi lucha no es sólo con el Estado. ¿No te acuerdas? Mataste a mis hijos, a mi familia, tú y tu colega invertido. ¿Qué le hiciste al hombre que mató a tu niña, Parker? ¿No le diste caza? ¿No lo mataste como si fuera un perro rabioso? ¿Por qué voy yo a comportarme de un modo distinto ante la muerte de mis hijos? ¿O es que acaso hay unas reglas para ti y otras para el resto de la humanidad? -Suspiró teatralmente-. Pero yo no soy como tú. No soy un asesino.
– ¿Qué es lo que quieres, viejo?
– Que no declares en el juicio.
Tardé en contestarle el tiempo que media entre un latido y otro.
– ¿Y si lo hago?
Se encogió de hombros.
– Entonces no me hago responsable de las acciones que puedan emprenderse contra ti o contra los tuyos. Yo no, por supuesto. A pesar de mi natural animosidad hacia ti, no tengo intención de hacer ningún daño ni a ti ni a los tuyos. Nunca he hecho daño a nadie en mi vida y no voy a empezar ahora. Pero puede que haya otros que hagan suya mi causa, a menos que les quede claro que mi deseo no es ése.
Me volví al guardia.
– ¿Has oído eso?
Asintió con la cabeza, pero Faulkner se limitó a mirar al guardia de manera impasible.
– Sólo intento que no tomen represalias contra ti, pero, en cualquier caso, aquí el señor Anson no va a serte de mucha ayuda. Está follándose a una putita a espaldas de su mujer. Peor aún, a espaldas de los padres de ella. ¿Qué edad tiene la niña, señor Anson? ¿Quince? La ley ve con malos ojos a los violadores, a los que abusan de los menores y a todo ese tipo de gente.
– ¡Que te den por culo!
Anson se abalanzó sobre los barrotes, pero lo sujeté por el brazo. Se volvió hacia mí, y por un momento creí que iba a golpearme, pero se contuvo y me apartó la mano. Miré a mi derecha y vi aproximarse a los colegas de Anson. Levantó la mano para darles a entender que todo estaba en orden y se detuvieron.
– Creí que no tenías necesidad de recurrir a trucos de salón -le dije.
– ¿Quién sabe qué maldad se esconde en el corazón de los hombres? -susurró-. ¡ La Sombra lo sabe! -dijo, esbozando una sonrisa-. Deja que me vaya, pecador. Vete de aquí y yo haré lo mismo. Soy inocente de las acusaciones que se me hacen.