– La entrevista se ha acabado.
– No, no ha hecho más que empezar. ¿Te acuerdas de lo que dijo nuestro común amigo antes de morir, pecador? ¿Te acuerdas de las palabras del Viajante?
No le respondí. Había muchas cosas de Faulkner que yo despreciaba, y otras muchas que no comprendía, pero que conociera unos hechos de los que era imposible que tuviera conocimiento era lo que más me perturbaba de él. Por alguna razón, de un modo que yo era incapaz de vislumbrar, Faulkner había inspirado al hombre que mató a Susan y a Jennifer, reafirmándolo en la decisión que había tomado, una decisión que le condujo finalmente a la puerta de nuestra casa.
– ¿No te habló del infierno? ¿No te dijo que esto es el infierno y que estamos en él? Era un insensato en muchos aspectos. Un hombre imperfecto e infeliz, pero en muchas cosas tenía razón. Esto es el infierno. Cuando cayeron los ángeles rebeldes, éste fue el lugar que se les asignó. Se marchitaron. Perdieron su belleza y fueron condenados a vagar por aquí. ¿No temes a los ángeles de las tinieblas, Parker? Deberías. Ellos te conocen, y pronto irán contra ti. Todo lo que has visto hasta ahora no es nada comparado con lo que te espera. A su lado, soy un insignificante soldado de infantería encargado de allanar el camino. Las cosas que van a ocurrirte ni siquiera son humanas.
– Estás loco.
– No -susurró Faulkner-. Yo estoy condenado por mi fracaso, pero tú serás condenado a la vez que yo por tu implicación en ese fracaso. Ellos te condenarán. Ya están esperando el momento.
Moví la cabeza. Anson, los demás guardias e incluso los muros y barrotes de la prisión parecieron esfumarse. Sólo estábamos el viejo y yo, flotando. Tenía la cara empapada de sudor a causa del calor que emanaba de él. Era como si me hubiese contagiado una fiebre terrible.
– ¿No quieres saber lo que me dijo cuando vino a verme? ¿No te importan las charlas que condujeron a la muerte de tu mujer y de tu hijita? ¿No hay algo muy dentro de ti que quiere saber de qué hablamos?
Me aclaré la garganta. Las palabras, cuando logré pronunciarlas, parecían metralla.
– Ni siquiera llegaste a conocerlas.
Se rió.
– No me hacía falta conocerlas, pero tú… Oh, hablábamos de ti. A través de él conseguí comprenderte como ni siquiera tú has logrado comprenderte a ti mismo. En cierto modo, me alegra haber tenido la posibilidad de verme contigo, aunque… -Su gesto se ensombreció-. Los dos hemos pagado un precio muy alto por el entrecruzamiento de nuestras vidas. Échate ahora a un lado y no volverá a haber problemas entre nosotros. Pero si sigues por ese camino, no me hago responsable de lo que pueda pasar.
– Adiós.
Me dispuse a irme, pero mi forcejeo con Anson me había dejado al alcance de Faulkner. Alargó la mano, me agarró por la chaqueta y entonces, cuando perdí el equilibrio, tiró de mí con fuerza. Volví la cabeza de forma instintiva. Mis labios amagaron un grito de alarma.
Y Faulkner me escupió en la boca.
No me di cuenta de lo que había pasado hasta transcurrido un momento, y entonces empecé a golpearle. Anson intentaba detenerme mientras yo agarraba al viejo. Los otros guardias llegaron corriendo hacia nosotros y me llevaron consigo. Tenía en la boca el olor de Faulkner, y él continuaba gritándome desde su celda.
– Tómatelo como un regalo, Parker -voceó-. Un regalo que deberías interpretar como lo interpreto yo.
Me deshice de los guardias a empujones y me sequé la boca. Pasé con la cabeza gacha ante la zona recreativa, en la que aquellos presos que no estaban considerados peligrosos para sí mismos ni para los demás me miraban a través de los barrotes. Si hubiera levantado la cabeza y mi atención hubiese dejado de centrarse en lo que acababa de hacerme el predicador, es posible que hubiese visto al hombre jorobado y de pelo oscuro que me observaba con más fijeza que los demás.
Cuando me iba, el hombre llamado Cyrus Nairn sonrió con los brazos extendidos, formando un río de palabras con los dedos, hasta que un guardia se percató de lo que hacía y entonces bajó los brazos.
El guardia sabía lo que Cyrus estaba haciendo, pero no le prestó atención. Después de todo, Cyrus era mudo, y aquello era lo que hacen los mudos. Señas.
Estaba a punto de llegar a mi coche cuando oí detrás de mí el sonido de unos pasos en la grava. Era Anson. Parecía preocupado.
– ¿Todo bien?
Asentí con la cabeza. Me había lavado la boca en las dependencias de los guardias con un elixir que me dieron, pero aún tenía la impresión de que una parte de Faulkner me recorría el cuerpo por dentro, infectándome.
– Lo que oíste ahí dentro… -empezó a decir.
Lo interrumpí.
– Tu vida privada es asunto tuyo. No es cosa mía.
– Las cosas no son como las contó.
– Nunca lo son.
El cuello se le enrojeció, y aquel rubor se le extendió por toda la cara como si se tratara de un proceso de ósmosis.
– ¿Quieres dártelas de listo conmigo?
– Ya te lo he dicho: tu vida privada es asunto tuyo. Pero deja que te haga una pregunta. Para quedarte tranquilo, puedes registrarme para comprobar si llevo un micrófono oculto. -Se lo pensó durante un instante y me animó a continuar-. ¿Es verdad lo que dijo el predicador? No me interesan las cuestiones legales ni por qué lo estás haciendo. Lo único que me interesa saber es si son ciertos los detalles que dio.
Anson no contestó. Se limitó a bajar la mirada y a asentir con la cabeza.
– ¿Puede ser que algún guardia se haya ido de la lengua?
– No. No lo sabe nadie.
– ¿Tal vez algún preso? ¿O alguien del pueblo que esté en condiciones de propagar por la cárcel un chismorreo?
– No, no lo creo.
Abrí la puerta del coche. Anson parecía tener la necesidad de hacer un último comentario propio de un machote. No tenía pinta de ser un hombre dispuesto a reprimir su deseo sexual ni ningún otro tipo de impulso.
– Si alguien se entera de esto, vas a hundirte en mierda -me advirtió.
Aquello sonó a falso incluso para él. Lo leí en su cara enrojecida y en el modo en que se vio obligado a concentrarse en tensar los músculos del cuello hasta que sobresalieron por el cuello de la camisa. Le permití recuperar el grado de dignidad que él considerase adecuado para la ocasión. Luego lo vi alejarse, arrastrando los pies hacia la puerta de entrada de la prisión, regresando a regañadientes, o esa impresión daba, junto a Faulkner.
Sobre él cayó una sombra, como si un pájaro de inmensas alas hubiese descendido y lo estuviese sobrevolando lentamente en círculos. Daba la impresión de que sobre los muros de la cárcel se cernían otros pájaros. Eran grandes y negros y se desplazaban de forma perezosa, trazando espirales, pero había algo antinatural en sus movimientos. Planeaban sin la gracia y la belleza de los pájaros, porque sus cuerpos escuálidos parecían no corresponderse con sus enormes alas, como si luchasen contra la ley de la gravedad, bajo la amenaza de estrellarse en picado contra el suelo. Las alas les permitían planear durante un momento antes de verse obligados a batirlas violentamente para poder mantenerse en el aire.
Entonces, uno de ellos se desvió de la bandada y, cada vez más grande a medida que descendía en espiral, fue a posarse en lo alto de una de las torres de vigilancia. Me di cuenta de que no era un pájaro, y entonces supe de qué se trataba.
El cuerpo del ángel de las tinieblas estaba demacrado. Tenía la piel negra de los brazos momificada, recubriendo unos huesos muy delgados, tenía la cara alargada y rapaz, los ojos sombríos y maliciosos. Su mano en forma de garra se apoyaba en el cristal mientras batía sus grandes alas de plumaje oscuro a un ritmo lento. Poco a poco se le unieron otros y, en silencio, cada uno fue posándose encima de los muros y las torres, hasta que la prisión se oscureció por su presencia. No se me acercaron, pero percibí la hostilidad que me tenían y algo más: el sentimiento de sentirse traicionados, como si, de alguna manera, yo fuese uno de ellos y les hubiese dado la espalda.