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– Cuervos -dijo una voz a mi lado. Era una anciana. Llevaba una bolsa marrón en la mano, llena de cosas para alguno de los presos. Quizá para su hijo, o para su marido, que estaría entre los viejos del pabellón siete-. Nunca he visto tantos y tan grandes.

Y ahora eran cuervos, cuervos que medían unos sesenta centímetros y que tenían las plumas de las puntas de las alas tan separadas que parecían dedos, mientras se deslizaban sobre los muros y se llamaban en voz baja entre sí.

– Nunca pensé que pudieran reunirse tantos -comenté.

– Y no lo hacen -dijo-. Normalmente no, de ninguna de las maneras, pero ¿quién está en condiciones de decir qué es normal en estos tiempos que corren?

Siguió su camino. Me metí en el coche y me alejé, pero por el espejo retrovisor vi que los pájaros, a medida que los dejaba atrás, no empequeñecían. Por el contrario, incluso cuando la cárcel menguaba, daba la impresión de que crecían y de que adquirían nuevas formas.

Y noté sus ojos fijos en mí, mientras la saliva del predicador colonizaba mi cuerpo como un cáncer.

«Un regalo que deberías interpretar como lo interpreto yo.»

Aparte de la prisión misma y de la tienda de artesanía de la prisión, no hay nada que retenga a un visitante ocasional en Thomaston. Sin embargo, en el pueblo hay una excelente casa de comidas en la parte norte, especializada en tartas caseras y en pudín que se sirven calientes a los lugareños y a aquellos que van allí a hablar un poco después de haberse reunido con sus seres queridos tras una mesa o a través de una pantalla. Compré un elixir en una tienda y me enjuagué la boca en el aparcamiento antes de entrar en la casa de comidas.

La pequeña zona del comedor, con el mobiliario desparejo, estaba en gran parte desocupada, con la excepción de dos viejos que permanecían sentados en silencio, uno al lado de otro, viendo los coches pasar, y de un hombre más joven que llevaba un traje caro de muy buen corte y que ocupaba, junto a la pared, una mesa de asientos adosados. Tenía a su lado el abrigo, plegado con esmero, y en la mesa había un ejemplar del USA Today junto a un plato con restos de nata y tarta. Pedí un café y me senté frente a él.

– Tienes mala cara -dijo el hombre.

Noté que algo atraía mi mirada hacia la ventana. Desde donde me encontraba sentado era imposible ver la cárcel. Moví la cabeza para despejarla de las visiones de las criaturas sombrías que estaban posadas en los muros, expectantes. No eran reales. Sólo eran cuervos. Me sentía enfermo y asqueado por la agresión de Faulkner.

No eran reales.

– Stan -dije para distraerme-. Bonito traje.

Se abrió la chaqueta para mostrarme la etiqueta.

– Armani. Comprado en una tienda de saldos. Guardo el recibo de compra en el bolsillo interior, por si acaso me acusan de corrupción.

La camarera me llevó el café y volvió al mostrador para seguir leyendo una revista. La radio sintonizaba un programa de música popular. Y sonó, a través del tiempo, la música del grupo canadiense Rush.

Stan Ornstead era el ayudante del fiscal del distrito y formaba parte del equipo designado para hacerse cargo del caso Faulkner. Fue Ornstead quien logró convencerme -con el consentimiento de Andrus, el fiscal del distrito- de que me viese cara a cara con Faulkner y quien consiguió que la entrevista se llevase a cabo en la celda, con el propósito de que yo pudiese comprobar la situación que él había creado a su alrededor. Stan era apenas unos años más joven que yo, y se le auguraba un gran porvenir. Tenía una carrera brillante, aunque en aquella ocasión no brillaba tanto como él hubiese querido. Esperaba que el propio Faulkner se encargara de dar un giro a aquello, sólo que, como había dicho el alcaide, el caso Faulkner estaba convirtiéndose en algo realmente serio, en algo que amenazaba a todo el que estuviese involucrado de lleno en él.

– Pareces conmocionado -dijo Stan, después de que yo diese dos reconstituyentes sorbos de café.

– Él produce ese efecto en la gente.

– No se ha ido mucho de la lengua, ¿verdad?

Me quedé inmóvil, y él levantó las palmas de las manos como queriendo decir «¿Qué podías hacer tú?».

– ¿Han puesto micros en las celdas de los presos peligrosos? -pregunté.

– Ellos no, si te refieres a las autoridades de la cárcel.

– Pero alguien se ha tomado la justicia por su mano.

– La celda ha sido cableada. De manera oficial no sabemos nada.

«Cableada» es el término que se emplea para designar una operación de vigilancia que no cuenta con la autorización de un juez. Más concretamente, es el término que emplea el FBI para designar cualquier operación de ese tipo.

– ¿Los federatas?

– Esos gabardinas no se fían mucho de nosotros. Les preocupa que Faulkner salga sin cargos, así que quieren conseguir todo lo que puedan, mientras puedan, por si hubiera cargos federales o una acusación doble. Todas las conversaciones que tiene con sus abogados, con sus médicos, con sus loqueros, e incluso con su némesis, que eres tú, por si no lo sabías, se están grabando. Como mínimo, esperan que revele algo que les ponga en la pista de otros como él o que incluso les proporcione algún tipo de información sobre otros crímenes que haya podido cometer. Desde luego, todo eso resulta inadmisible, pero útil si funciona.

– ¿Y saldrá sin cargos?

Ornstead se encogió de hombros.

– Ya sabes a lo que se agarra: asegura que en realidad estuvo preso durante décadas y que no participó ni tuvo conocimiento de ninguno de los crímenes cometidos por la Hermandad o por aquellos que estaban relacionados con ella. No hay nada que le relacione directamente con ninguno de los asesinatos, y aquel nido subterráneo de habitaciones en que vivía estaba sellado por fuera con varios cerrojos.

– Estaba en mi casa cuando intentaron matarme.

– Eso dices tú, pero estabas totalmente aturdido. Tú mismo me dijiste que no veías con claridad.

– Rachel lo vio.

– Sí, ella lo vio, pero acababan de golpearle la cabeza y tenía los ojos cubiertos de sangre. Ella misma admite que no puede recordar muchas de las cosas que se dijeron, y él no estaba allí para presenciar lo que pasó después.

– Hay un agujero en Eagle Lake en el que se encontraron diecisiete cuerpos, los restos de la gente de su congregación.

– Dice que se debió a los enfrentamientos entre las distintas familias. Se volvieron unos contra otros, y después contra su propia familia. Asegura que mataron a su mujer y que sus hijos pagaron con la misma moneda. Incluso asegura que estaba en Presque Isle el día en que los mataron. -Agredió a Ángel.

– Faulkner lo niega, asegura que lo hicieron sus hijos y que le obligaron a presenciarlo. De todas formas, tu amigo se niega a testificar, e incluso si lo citásemos, cualquier abogaducho de mala muerte le haría pedazos. No es un testigo muy creíble que digamos. Y, con el debido respeto, tú tampoco eres precisamente un testigo ideal.

– ¿Y eso por qué?

– Te has tomado demasiadas libertades con tu pistola, pero el hecho de que los cargos contra ti se hayan venido abajo no significa que hayan desaparecido del radar de la gente. Puedes estar jodidamente seguro de que el equipo legal de Faulkner lo sabe todo sobre ti. Le darán la vuelta a la tortilla y dirán que entraste allí hecho una furia, que barriste a tiros el lugar y que el viejo tuvo suerte de salir con vida de aquello.

Aparté de un empujón la taza de café.

– ¿Para esto me has traído aquí, para hacer trizas mi historia?

– Da lo mismo hacerlo aquí que en un tribunal. Tenemos problemas. Y es posible que tengamos más.