Выбрать главу

Esperé.

– Sus abogados han confirmado que en los próximos diez días van a elevar una petición al Tribunal Supremo para que se revise la decisión relativa a la fianza. Creemos que el juez encargado del asunto puede ser Wilton Cooper, y eso no es una buena noticia.

A Wilton Cooper le faltaban sólo unos meses para jubilarse, pero continuaría siendo una espina para la oficina del fiscal general hasta entonces. Era obstinado, imprevisible, y sentía por el fiscal general una animosidad personal cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. En el pasado, se había manifestado en contra de la fianza preventiva, pero también era muy capaz de defender los derechos del acusado a costa de los derechos de la sociedad en general.

– Si Cooper se hace cargo de la revisión, puede obrar de una manera o de otra -explicó Ornstead-. Los argumentos de Faulkner son una mierda, pero necesitamos tiempo para reunir las evidencias y poder minarlas, y quizá pasen años antes del juicio. Y ya has visto su celda: podríamos ponerlo en el fondo de un volcán y aun así haría frío. Sus abogados han contratado a especialistas independientes que denunciarán que el continuado encarcelamiento de Faulkner está poniendo en peligro su salud, y que morirá si permanece detenido. Si lo trasladamos a Augusta, podríamos cavar nuestra propia tumba sin darnos cuenta, en caso de encontrarnos ante un alegato de locura. La supermáxima no cuenta con las instalaciones adecuadas para él. ¿Y dónde lo metemos si se le traslada dé Thomaston? ¿En la prisión del condado? Creo que no. Así que lo que tenemos ahora mismo es un juicio a la vuelta de la esquina sin testigos fiables, con unas pruebas insuficientes para hacer el caso irrefutable y un acusado que incluso puede morir antes de que podamos llevarlo al estrado. Cooper puede ser la guinda que corone la tarta.

En ese momento fui consciente de que había estado apretando el asa de la taza de café con tanta fuerza que me dejó una marca en la palma de la mano. Cuando la solté, vi que el asa por dentro estaba manchada de sangre.

– Si paga la fianza, se dará a la fuga -dije-. No se quedará esperando el juicio.

– Eso no lo sabemos.

– Sí lo sabemos.

Los dos estábamos inclinados sobre la mesa, y al parecer lo hicimos simultáneamente. Los dos viejos que se encontraban sentados cerca de la ventana se volvieron para mirarnos, atraídos por la tensión que se mascaba entre nosotros. Me eché hacia atrás y los miré. Se pusieron a observar el tráfico de nuevo.

– De cualquier forma -dijo Ornstead-, incluso Cooper no fijará la fianza por debajo de siete cifras, y no creemos que Faulkner tenga acceso a semejantes fondos.

Todo el activo de la Hermandad había sido bloqueado y la oficina del fiscal general estaba intentando seguir las pruebas documentales que pudieran llevar a otras cuentas ocultas. Pero alguien pagaba a los abogados de Faulkner, y se había abierto un fondo para su defensa en el que estaban vertiendo dinero a raudales unos desalentados fanáticos de derechas y algunos chiflados religiosos.

– ¿Sabemos quién está organizando ese fondo para la defensa? -pregunté.

Oficialmente, el fondo era responsabilidad de una firma de abogados, Muren & Associates, en Savannah, Georgia, pero era una operación de tres al cuarto. Allí tenía que haber mucho más que una pandilla de picapleitos sureños ideando algo desde una oficina con sillas de plástico. El propio equipo legal de Faulkner, dirigido por Grim Jim Grimes, se mantenía al margen de aquello. Aparte de su semblante pétreo, Jim Grimes era uno de los mejores abogados de Nueva Inglaterra. Era capaz de librarse con su labia hasta de un cáncer, y no resultaba un abogado nada barato.

Ornstead dio un largo suspiro. El aliento le olía a café y a nicotina.

– Y aquí viene el resto de las malas noticias. Muren recibió una visita hace un par de días, un tipo llamado Edward Carlyle. Las grabaciones de teléfono han demostrado que los dos han estado en contacto diario desde que esto empezó, y Carlyle es consignatario de la cuenta corriente con que se financia todo.

Me encogí de hombros.

– El nombre no me suena de nada.

Ornstead golpeó la mesa con suavidad, marcando un ritmo delicado.

– Edward Carlyle es la mano derecha de Roger Bowen. Y Roger Bowen es…

– Un tonto de mierda -terminé la frase-. Y un racista.

– Y un neonazi -añadió Ornstead-. Pues sí, a Bowen se le paró el reloj en torno a 1939. Es todo un tipejo. Seguro que tiene acciones en los hornos de gas, a la espera de que las cosas vuelvan a arreglarse algún día gracias al viejo lema de «la solución final». Hasta donde sabemos, Bowen es quien se halla detrás de la recaudación de fondos para pagar la defensa. Ha tratado de pasar inadvertido a lo largo de estos últimos años, pero algo le ha sacado de su agujero, y ahora pronuncia discursos, aparece en mítines y pasa el cepillo. Me da la impresión de que tienen muchas ganas de que Faulkner vuelva a las calles.

– ¿Por qué?

– Bueno, eso es lo que intentamos averiguar.

– La sede de Bowen se encuentra en Carolina del Sur, ¿verdad?

– Él se mueve entre Carolina del Sur y Georgia, pero pasa la mayor parte del tiempo en algún lugar de la parte alta del río Chattooga. ¿Por qué?, ¿planeas bajar a visitarlo?

– Es posible.

– ¿Puedo preguntar por qué?

– Tengo un amigo en apuros.

– La peor clase de amigo. Bueno, cuando estés allí podrías preguntarle a Bowen por qué Faulkner es tan importante para él, aunque no te lo recomiendo. No creo que seas el primero de la lista de sus amigos con los que desee encontrarse.

– No soy el primero de la lista de nadie.

Ornstead se levantó y me dio una palmadita en el hombro.

– Me estás partiendo el corazón.

Lo acompañé a la puerta. Tenía el coche aparcado justo delante de la entrada.

– Has oído algo, ¿verdad? -le pregunté. Di por hecho que Stan había oído todo lo que había pasado entre Faulkner y yo.

– Sí. ¿Te refieres al guardia?

– Anson.

– No me concierne, ¿y a ti?

– Es una menor. No creo que Anson sea una buena influencia para ella.

– No, supongo que no. Haremos que alguien lo investigue.

– Te lo agradecería.

– Dalo por hecho. Ahora debo preguntarte algo. ¿Qué pasó allí? Sonaba como si hubiese habido una refriega.

A pesar del café, aún tenía el sabor del elixir.

– Faulkner me escupió en la boca.

– Mierda. ¿Vas a necesitar un análisis?

– Lo dudo, pero me siento igual que si me hubiese tragado el ácido de una pila y estuviera quemándome la boca y las tripas.

– ¿Por qué lo hizo? ¿Para que te cabrearas con él?

Negué con la cabeza.

– No, me dijo que era un regalo que me ayudaría a ver con más claridad.

– ¿Ver qué?

No respondí, pero lo sabía.

Quería que viese lo que le esperaba a él y lo que se me venía encima.

Quería que viese las cosas como las veía él.

6

El movimiento racista militante nunca ha sido demasiado numeroso. El ala dura cuenta con veinticinco mil miembros como mucho. A esta cifra deben sumarse los, quizá, más de ciento cincuenta mil simpatizantes activos y, con toda probabilidad, otros cuatrocientos mil miembros informales que no aportan ni dinero ni mano de obra efectiva, pero que, si les aflojas la lengua con bebida suficiente, salen con el cuento de la amenaza que representan los de color y los judíos para la raza blanca. Los miembros del Klan constituyen más de la mitad del ala dura. El resto lo componen cabezas rapadas y un surtido de nazis. El nivel de cooperación entre ambos grupos es mínimo, y en ocasiones han llegado a un nivel de competitividad que linda con la agresión abierta. Rara vez los miembros son fijos: van y vienen de un grupo a otro con frecuencia, dependiendo de las necesidades de los jefes, de los enemigos o de los tribunales.