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Pero a la cabeza de cada grupo se halla un núcleo formado por activistas de toda la vida, y, aunque cambie el nombre del movimiento o haya una pelea entre ellos y se dividan en células cada vez más pequeñas, esos líderes permanecen. Son misioneros, fanáticos y proselitistas de la causa, y expanden el evangelio de la intolerancia en ferias, en mítines y en conferencias, a través de boletines informativos, panfletos y programas de radio de madrugada.

Entre ellos se encontraba Roger Bowen, que era uno de los más veteranos y también uno de los más peligrosos. Nacido en el seno de una familia baptista de Gaffney, Carolina del Sur, en las estribaciones del Blue Ridge, había ocupado cargos en multitud de organizaciones reaccionarias, incluidas algunas de las más notorias agrupaciones neonazis de los últimos veinte años. En 1983, cuando tenía veinticuatro años, Bowen fue uno de los tres jóvenes interrogados, aunque salieron sin cargos, por su implicación en la Orden, la sociedad secreta fundada por el racista Robert Matthews y asociada a las Naciones Arias. Durante 1983 y 1984, la Orden llevó a cabo una serie de robos a furgones blindados y a entidades bancarias para financiar sus operaciones, entre las que se contaban atentados con explosivos, incendios premeditados y falsificaciones de diverso tipo. La Orden fue también la responsable del asesinato de Alan Berg, presentador de un programa de entrevistas en Denver, y del de un tipo llamado Walter West, un miembro de la Orden sospechoso de haber revelado secretos. Al final apresaron a todos los miembros de la Orden, con la excepción del propio Matthews, que fue asesinado en un tiroteo con los agentes del FBI en 1984. A partir de ese instante no había pruebas para relacionar a Bowen con aquellas actividades, de modo que no se le pudo juzgar, y la verdad sobre el verdadero alcance de la implicación de Bowen en la Orden murió con Matthews. A pesar del reducido número de activistas de la Orden, las operaciones que el FBI llevó a cabo contra ella ocuparon a una cuarta parte de todos los efectivos del departamento. El reducido número de miembros de la Orden había jugado a su favor, pues resultaba difícil infiltrar en ella a topos y confidentes, excepción hecha del desgraciado Walter West. Una lección que Bowen jamás olvidó.

Bowen anduvo durante un tiempo a la deriva, hasta que encontró un hogar en el Klan, aunque por aquel entonces la cofradía ya estaba bastante castigada a causa de las actividades del Programa de Contrainteligencia del FBI: los miembros del Ku Klux Klan habían fracasado, su prestigio había caído en picado y la edad media de sus miembros había empezado a disminuir a medida que los más viejos iban desertando o muñéndose. El resultado fue que las relaciones tradicionalmente conflictivas del Klan con todo el boato del neo-nazismo dejaron de ser tan ambiguas, y la nueva savia no era tan quisquillosa con respecto a tales asuntos como lo eran los miembros veteranos. Bowen se unió a los Caballeros del Ku Klux Klan del Imperio Invisible de Bill Wilkinson, pero cuando el Imperio Invisible se disolvió en 1993, tras un costoso proceso judicial, Bowen ya había fundado su propio Klan: el de los Confederados Blancos.

Con todo, Bowen no iba por ahí reclutando adeptos, como hacían en los otros clanes, e incluso el nombre del Klan no era mucho más que una bandera de conveniencia. Los Confederados Blancos nunca sobrepasaron la docena de individuos, pero tenían poder e influencia a pesar de lo reducido de su número y contribuyeron de manera decisiva en el proceso de nazificación que se desarrolló en el Klan a lo largo de la década de los ochenta, difuminando cada vez más las fronteras tradicionales que existían entre los miembros del Klan y los neonazis.

Bowen no negaba el Holocausto: le gustaba la idea de la existencia del Holocausto, la posibilidad de que hubiese existido una fuerza capaz de asesinar a una escala antes inimaginable y con tal sentido del orden y de la planificación. Fue esto, más que cualquier tipo de escrúpulo moral, lo que llevó a Bowen a distanciarse de los escándalos fortuitos y de los estallidos esporádicos de violencia, que eran endémicos en el movimiento. En el mitin anual de Stone Mountain, en Georgia, incluso llegó a condenar en público un incidente que había tenido lugar en Carolina del Norte, donde un grupo de borrachos marginales del Ku Klux Klan golpeó hasta matarlo a un hombre blanco de mediana edad llamado Bill Perce, y lo único que oyó fue un abucheo para que abandonase la tribuna. Desde entonces, Bowen evitó volver a Stone Mountain. No le comprendían y él no los necesitaba, aunque siguió trabajando entre bambalinas y financiando marchas ocasionales del Klan a pequeñas poblaciones situadas entre las fronteras de Georgia y Carolina del Sur. Incluso si, como ocurría con frecuencia, sólo tomaban parte un puñado de hombres, la amenaza que implicaba una marcha aún tenía repercusión en los periódicos, originaba quejas indignadas por parte de los borregos liberales y contribuía a la atmósfera de intimidación y desconfianza que Bowen necesitaba para que su obra siguiera funcionando. Los Confederados Blancos eran en gran parte una fachada, una mera representación teatral parecida a los movimientos que hace un mago con su varita antes de realizar un truco. El verdadero truco se llevaba a cabo a escondidas, y el movimiento de la varita no sólo no tenía nada que ver con el ilusionismo, sino que resultaba irrelevante del todo para el truco en sí.

Porque era Bowen el que estaba intentando reconciliar las viejas enemistades. Era él quien establecía puentes entre los Patriotas Cristianos y los Arios, entre los cabezas rapadas y los del Klan. Era Bowen el que tendía la mano a los miembros más ruidosos y radicales de la derecha cristiana. Era Bowen el que era consciente de la importancia de la unidad, de la intercomunicación, del aumento de los fondos. Y fue Bowen quien se dio cuenta de que, al tomar a Faulkner bajo su protección, podría convencer a aquellos que creían en la historia del predicador para que le diesen a él el dinero. La Hermandad había recaudado más de quinientos mil dólares el año antes de la detención de Faulkner. Eran migajas en comparación con lo que sacaban los telepredicadores más famosos, pero para Bowen y los suyos representaba una ganancia sustanciosa. Bowen había visto cómo el dinero entraba a raudales en el fondo creado para la apelación de Faulkner. Ya había suficiente como para reunir el diez por ciento de una fianza de siete cifras y algo más de propina, y seguía creciendo. Pero ningún avalista estaría lo suficientemente loco como para cubrir la fianza de Faulkner en caso de que la revisión le fuese favorable. Bowen tenía otros planes y otros asuntos entre manos. Si jugaban bien sus cartas, Faulkner podría salir y desaparecer antes de que finalizase el mes, y si circulaban rumores de que Bowen lo había quitado de en medio para ponerlo a salvo, tanto mejor para Bowen. De hecho, mucho después de eso poco importaría que el predicador estuviese vivo o muerto. Sería suficiente con que se mantuviera oculto, y eso podría hacerlo con la misma facilidad bajo tierra que encima de ella.

Pero Bowen admiraba los logros alcanzados por el viejo predicador y su Hermandad. Sin recurrir a aquellos asaltos bancarios que habían minado la Orden, y con una soldadesca que nunca ascendía a más de cuatro o cinco individuos, Faulkner llevó a cabo una campaña de asesinatos y de intimidación contra blancos fáciles durante casi tres décadas y había borrado con éxito las pistas. Incluso el FBI y la ATF aún tenían problemas a la hora de vincular la Hermandad con la muerte de médicos abortistas, de homosexuales declarados, de líderes judíos y de las demás pesadillas de la extrema derecha. Se sospechaba que Faulkner había autorizado aquella aniquilación.

Era extraño, pero Bowen apenas había considerado la posibilidad de aliarse con la causa de Faulkner hasta que reapareció Kittim. Kittim era una leyenda entre la extrema derecha y un héroe del pueblo. Se había aproximado a Bowen poco antes del arresto de Faulkner y, a partir de ahí, la idea de involucrarse en el caso acabó llegándole a Bowen de forma natural. Y si no podía recordar a qué se debía la fama de Kittim, o incluso de dónde venía, bueno, qué más daba. Siempre les pasa lo mismo a los héroes del pueblo, ¿no es verdad? Ellos son reales sólo en parte, pero, con Kittim a su lado, Bowen se sintió de nuevo motivado, casi invencible.