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Era algo tan fuerte que apenas se daba cuenta del miedo que sentía ante la presencia del aquel hombre.

La admiración de Bowen, traducida a hechos concretos con la llegada de Kittim, pareció halagar el ego de Faulkner, ya que, a través de sus abogados, el predicador se mostró de acuerdo en convertir a Bowen en paladín de su causa; incluso llegó a ofrecer dinero de unas cuentas bancarias secretas, imposibles de rastrear por sus perseguidores, si Bowen era capaz de urdirle un plan de fuga. Por encima de todo, el viejo no deseaba morir en la cárcel. Prefería ser un perseguido durante el resto de su vida antes que pudrirse tras unos barrotes a la espera de que lo juzgaran. Faulkner sólo había pedido un favor más. A Bowen le molestó un poco aquella petición, dado que ya se había ofrecido para librar a Faulkner del peso de la ley, pero, cuando Faulkner le dijo en qué consistía aquel favor, Bowen se tranquilizó. Después de todo, era un favor muy pequeño, y le proporcionaría el mismo placer a Bowen que a Faulkner.

Bowen creyó encontrar en Kittim al hombre más apropiado para aquel trabajo, pero se equivocaba.

En realidad, el hombre le había encontrado a él.

La furgoneta de Bowen entró en el pequeño claro que había delante de la cabaña, levantada justo a lo largo de la linde del estado de Carolina del Sur, al este de Tennessee. El refugio estaba hecho de madera oscura. Tenía cuatro peldaños de madera tosca que llevaban al porche y dos estrechas ventanas a cada lado. Parecía diseñado como fortín defensivo.

A la derecha de la puerta había un hombre sentado en una mecedora, fumando un cigarrillo. Era Carlyle. Tenía el pelo corto y rizado, con unas entradas que habían empezado a salirle a los veintipocos años, pero que misteriosamente se detuvieron al cumplir los treinta, dejándole una especie de peluca rubia de payaso en su cabeza de huevo. Se mantenía en buena forma física, como la mayoría de los hombres que Bowen tenía a su lado. Bebía poco, y Bowen no recordaba haberlo visto fumar antes. Parecía cansado y enfermo. A Bowen le llegó el olor de algo a medida que se acercaba: vómito.

– ¿Estás bien? -preguntó Bowen.

Carlyle se secó los labios con los dedos y se miró las yemas para ver si le quedaba algún detrito.

– ¿Por qué? ¿Estoy manchado de mierda?

– No, pero hueles mal.

Carlyle le dio una larga calada al cigarrillo y aplastó a conciencia la colilla en la suela de su bota. Cuando tuvo la certeza de que estaba apagada, la hizo trizas y dejó que la brisa esparciera las hebras de tabaco.

– ¿De dónde hemos sacado a ese tipo, Roger? -preguntó cuando acabó.

– ¿A quién? ¿A Kittim?

– Claro, a Kittim.

– Es una leyenda -respondió Bowen. Su voz sonaba como un mantra.

Carlyle se pasó la mano por la calva.

– Eso lo sé. Bueno, supongo que lo sé. -La incertidumbre que reflejaban sus gestos no tardó en transformarse en indignación-. De cualquier forma, venga de donde venga, es un monstruo.

– Lo necesitamos.

– Hasta ahora nos ha ido bien sin él.

– Esto es distinto. ¿Le habéis sacado algo al tipo ese?

Carlyle negó con la cabeza.

– No sabe nada. Es un pedazo de carne.

– ¿Seguro?

– Créeme. Si supiese algo, ya nos lo habría dicho. Pero ese gilipollas de los cojones sigue machacándolo.

Bowen apenas creía en las conspiraciones judías. Claro que había judíos ricos que tenían poder e influencia, pero resultaba evidente que se hallaban muy dispersos si uno se tomaba la molestia de analizar el panorama global. De todas formas, si había que creer a Faulkner, algunos viejos judíos de Nueva York habían intentado asesinarle. Contrataron a un hombre para que lo hiciera. Aquel hombre ya estaba muerto, pero Faulkner quería saber quiénes lo habían enviado, a fin de poder vengarse de ellos cuando llegase el momento, y Bowen era de la opinión de que no estaba de más saber contra qué se enfrentaban. Ése fue el motivo por el que atraparon al muchacho y lo sacaron de las calles de Greenville cuando empezó a llamar la atención por preguntar lo que no debía donde no debía. Después de eso, lo llevaron allí arriba, atado y amordazado, en el maletero de un coche, y se lo entregaron a Kittim.

– ¿Dónde está?

– Fuera, en la parte de atrás.

Cuando Bowen iba a pasar por delante de él, Carlyle alargó el brazo y le cortó el camino.

– ¿Has comido ya?

– No mucho.

– Suerte que tienes.

Retiró el brazo y Bowen bordeó la cabaña hasta que llegó a un corral cercado que tiempo atrás se usaba para guardar cerdos. Bowen pensó que el hedor de los cerdos aún persistía, hasta que vio lo que estaba tendido en el centro del corral y se dio cuenta de que no se trataba de un olor animal, sino humano.

El joven estaba desnudo y atado a una estaca bajo el sol. Tenía la barba corta y muy bien arreglada y el pelo negro pegado al cráneo a causa del sudor y del lodo. Le habían sujetado la cabeza con un cinturón de piel. Se veía cómo apretaba los dientes cada vez que le abrían y le palpaban las heridas. El hombre que estaba encima de él, torturándolo, llevaba un mono y guantes. Examinaba con los dedos las nuevas cavidades y aberturas que iba haciéndole con un cuchillo. Cuando el muchacho atado a la estaca se ponía tenso y gimoteaba débilmente a través de la mordaza, su torturador se detenía por un instante, y luego proseguía la tarea. Bowen no podía ni imaginarse siquiera cómo había logrado mantener al muchacho con vida, ni mucho menos consciente, pero Kittim era en verdad un hombre muy habilidoso. Se puso en pie cuando oyó que Bowen se acercaba, desplegó el cuerpo igual que lo haría un insecto cuando se le molesta y se volvió hacia él.

Kittim era alto, mediría casi un metro noventa. La gorra y las gafas que siempre llevaba puestas ocultaban casi por completo sus facciones, pero lo hacía a propósito, ya que algo le pasaba en la piel. Bowen no sabía con exactitud de qué se trataba, y nunca había tenido el valor suficiente para preguntárselo, pero la cara de Kittim era de un color púrpura rosáceo y sólo tenía unas matas ralas de pelo repartidas por el escamoso cráneo. A Bowen le recordaba a un marabú, nacido para alimentarse de los muertos y de los moribundos. Los ojos, cuando dejaba que se los vieran, eran de un verde muy oscuro, como los de un gato. Debajo del mono se apreciaba un cuerpo delgado, casi cadavérico, y fuerte. Llevaba las uñas muy cuidadas e iba muy bien afeitado. Desprendía un leve olor a carne animal y a loción de afeitar Polo.

Y a veces a petróleo quemado.

Bowen bajó la mirada para ver al muchacho, y después la centró en Kittim. Desde luego, Carlyle tenía razón: Kittim era un monstruo. Del pequeño séquito de Bowen, sólo Landron Mobley, que era sólo un poco mejor que un perro rabioso, daba la impresión de sentir cierta simpatía por él. A Bowen no sólo le molestaban los tormentos que le estaba infligiendo al judío, sino también la sensación de carnalidad que los acompañaba: Kittim estaba excitado sexualmente. Bowen le notaba la erección por debajo del mono. Por un momento, le irritó el hecho de tener que dominar el miedo subyacente que aquel hombre le provocaba.

– ¿Te estás divirtiendo? -le preguntó Bowen.

Kittim se encogió de hombros.

– Me pediste que averiguara lo que sabía -y su voz sonó como una escoba que barre un suelo de piedra polvoriento.

– Carlyle dice que no sabe nada.

– Carlyle no manda aquí.

– Exacto. Mando yo, y te pregunto si le has sacado algo que pueda sernos útil.

Kittim miró con fijeza a Bowen a través de las gafas de sol y le volvió la espalda.

– Déjame -dijo mientras se hincaba de rodillas para seguir martirizando al joven-. Aún no he terminado.