En vez de irse, Bowen desenfundó la pistola. Volvió a concentrar sus pensamientos en aquel extraño hombre deforme, en su naturaleza fantasmal y en su pasado. Era como si le hubiesen invocado, pensó; como si fuese una personificación de los temores y de los odios de todos ellos, una abstracción hecha carne. Fue él quien acudió a Bowen y le ofreció sus servicios. Bowen fue conociéndolo poco a poco, como una fuga de gas que se filtrara lentamente en una habitación; algunas de las difusas historias que se contaron en torno a él fueron adquiriendo un nuevo sentido con su presencia, y Bowen se veía incapaz de quitárselo de encima. ¿Qué fue lo que dijo Carlyle? Que era una leyenda, pero ¿por qué? ¿Qué había hecho para serlo?
Además, no parecían interesarle ni la causa, ni los negros, ni los maricones, ni los putos judíos, cuya mera existencia proporcionaba a la mayoría de los de su clase el combustible necesario para poner en marcha todos sus odios. Pero Kittim daba la impresión de estar por encima de tales asuntos, incluso cuando martirizaba a una víctima desnuda. Ahora Kittim intentaba decirle lo que tenía que hacer y le ordenaba que se alejase de su presencia, como si Bowen fuese un mayordomo negro con una bandeja. Ya era hora de que Bowen recobrara el control de la situación y demostrara a todo el mundo quién era el jefe. Se acercó sigilosamente a Kittim, levantó la pistola y apuntó al joven que estaba tendido en el suelo.
– No -dijo Kittim en voz baja.
Bowen lo miró y…
Y Kittim comenzó a brillar.
Fue como si una ola repentina de intenso calor lo traspasara, haciéndole retorcerse, y, por un instante, era Kittim y era a la vez otro, alguien sombrío y alado, con ojos de pájaro muerto que reflejasen el mundo sin tener vida dentro de sí. Su carne estaba flácida y marchita, y los huesos se le transparentaban bajo ella. Tenía las piernas un poco torcidas y los pies alargados.
El olor a petróleo se hizo más intenso y, de repente, Bowen comprendió. Por dudar de él, por dejar que su ira se desbordase, había permitido de alguna manera que su mente descubriese un aspecto de Kittim que hasta entonces había permanecido oculto: la verdad de su naturaleza.
Es viejo, pensó Bowen, mayor de lo que aparenta, mayor de lo que cualquiera de nosotros pueda imaginar. Tiene que concentrarse para mantener sus dos naturalezas. Por eso su piel es como es, por eso anda tan despacio, por eso se mantiene alejado. Tiene que luchar para seguir siendo lo que es. No es humano. Es…
Bowen dio un paso atrás cuando la figura empezó a recomponerse hasta que se halló de nuevo contemplando a aquel hombre vestido con un mono y con los guantes manchados de sangre.
– ¿Te pasa algo? -preguntó Kittim.
A pesar de la confusión y del miedo, Bowen comprendió que no debía revelarle la verdad. De hecho, no podría haber dicho la verdad aunque quisiera, porque su mente se estaba esforzando por apuntalar rápidamente su cordura amenazada, y en aquel momento no estaba seguro de cuál era la verdad. Kittim no podía haber brillado. No podía haberse transformado. No podía ser lo que Bowen, por un instante, había creído que era: una cosa sombría y alada, un pájaro terrible y mutante.
– Nada -contestó Bowen. Miró atontado la pistola que tenía en la mano y la guardó.
– Entonces, déjame volver a la faena -dijo Kittim, y lo último que Bowen vio fue la desvanecida esperanza en los ojos del joven, antes de que el cuerpo delgado de Kittim se cerniera sobre él.
De vuelta al coche, Bowen pasó junto a Carlyle.
– ¡Oye! -Carlyle alargó la mano para detenerlo, pero se echó atrás y la apartó cuando vio la cara de Bowen.
– Tus ojos -dijo-. ¿Qué les ha pasado a tus ojos?
Pero Bowen no contestó. Más tarde, le contó a Carlyle lo que había visto, o lo que creía haber visto, y luego, cuando las cosas tomaron el rumbo que tomaron, Carlyle se lo contó a los investigadores. Pero, de momento, Bowen se guardó aquello para sí y su cara no reflejó emoción alguna mientras se alejaba en el coche, ni siquiera cuando se miró en el espejo retrovisor y vio que los capilares del globo ocular se le habían reventado. Sus pupilas eran agujeros negros en mitad de unos charcos de sangre.
Lejos, en el norte, Cyrus Nairn retrocedió a la oscuridad de su celda. Allí era más feliz que fuera, porque no tenía que mezclarse con la gente. No le comprendían y no podían comprenderle. Tonto: ésa era la palabra que todo el mundo había utilizado para referirse a Cyrus durante toda su vida. Tonto. Capullo. Mudo. Esquizo. A Cyrus no le importaba en absoluto lo que le dijeran. Él sabía que era listo. También sospechaba, en lo más hondo de su ser, que estaba loco.
A Cyrus lo abandonó su madre cuando tenía nueve años, y vivió atormentado por su padrastro hasta que por fin lo encarcelaron por primera vez cuando tenía diecisiete años. Aún era capaz de recordar algunos aspectos de su madre: no el amor o la ternura -no, eso nunca-, aunque sí aquella mirada suya cuando empezó a despreciar lo que había traído al mundo tras un parto difícil. El niño nació jorobado, incapaz de mantenerse del todo erguido, con las rodillas dobladas, como si siempre estuviese esforzándose por levantar un peso invisible. Tenía la frente muy ancha, los ojos muy oscuros, con el iris casi negro; la nariz achatada, con los orificios muy anchos; la barbilla pequeña y redonda y la boca muy grande. El labio superior le colgaba sobre el inferior. Incluso cuando tenía la boca quieta, se le quedaba entreabierta, y por eso parecía que Cyrus estaba siempre a punto de dar un mordisco.
Y era fuerte. Tenía los músculos de los brazos, de los hombros y del pecho muy voluminosos. Bajo su estrecha cintura, la musculatura volvía a abultarse en las nalgas y en los muslos. Su fuerza le había salvado. De no haber sido por ella, la cárcel le habría vencido desde hacía mucho.
La primera condena le fue impuesta por allanamiento de morada, después de haber entrado en la casa de una mujer, en Houlton, armado con un cuchillo de cocina. La mujer se encerró en su dormitorio y llamó a la policía. Detuvieron a Cyrus cuando trataba de escapar por la ventana del cuarto de baño. Comunicándose por señas, les dijo que sólo estaba buscando dinero para cerveza, y le creyeron. Aun así, le cayeron tres años de condena, aunque sólo cumplió dieciocho meses.
Tras un reconocimiento practicado por el psiquiatra de la cárcel le diagnosticaron por primera vez que era esquizofrénico, y el psiquiatra aseguró que presentaba los clásicos síntomas «de manual»: alucinaciones, delirios, patrones anómalos de pensamiento y de expresión, audición de voces inexistentes… Cyrus asentía con la cabeza mientras le explicaban todo lo que le ocurría por medio de un intérprete, aunque él podía oír sin ningún problema. Sencillamente, prefirió no decir que no era sordo ni revelar el hecho de que una noche, hacía ya muchísimo tiempo, decidió no volver a hablar.
O puede que alguien hubiese tomado aquella decisión por él. Cyrus nunca estuvo del todo seguro.
Le recetaron una medicación, los llamados antipsicóticos de primera generación, pero Cyrus odiaba los efectos secundarios, que le provocaban modorra, y no tardó en ingeniárselas para no tomarlos. Pero, aún más que los efectos secundarios, Cyrus odiaba el sentimiento de soledad que le producían aquellas drogas. Despreciaba el silencio. Cuando volvió a oír las voces, se abrazó a ellas y les dio la bienvenida, como se hace con los viejos amigos que regresan desde algún lugar remoto con nuevas y raras historias que contar. Cuando al fin salió de la cárcel, apenas oyó el típico discursito del guardia que le hablaba por encima del clamor de las voces, debido a lo excitado que estaba Cyrus ante la perspectiva de recobrar la libertad y de reanudar los planes que las voces le habían detallado tan minuciosamente durante tanto tiempo.
Porque para Cyrus el asunto de Houlton había sido un fracaso por dos motivos. En primer lugar, porque le habían pillado. En segundo lugar, porque no había entrado en la casa para robar dinero.