– Menos mal que estamos en uno de estos reactores y no en uno de esos viejos avioncitos -dijo.
Asentí mientras él abarcaba con la mirada los aviones y el edificio de la terminal principal.
– Me acuerdo de cuando en Charlie había sólo dos pequeñas pistas -continuó-. Demonios, aún estaban construyéndolo. Le hablo de los tiempos en que yo estaba en el ejército…
Cerré los ojos.
Fue el vuelo corto más largo de mi vida.
El aeropuerto internacional de Charleston estaba casi vacío cuando aterrizamos. Apenas se veía gente por los pasillos o en las tiendas. Al noroeste, en la Base de las Fuerzas Aéreas de Charleston, había un avión militar verde grisáceo parado bajo el sol de la tarde, tenso como una langosta que se dispone a emprender el vuelo.
Me localizaron en la zona de recogida de equipajes, cerca de las oficinas de alquiler de coches. Había dos hombres, uno gordo que llevaba una chillona camisa de cáñamo y otro, más viejo, con el pelo negro engominado y peinado hacia atrás y con una camiseta y un chaleco debajo de una chaqueta negra de lino. Me observaron con disimulo el rato que me pasé ante el mostrador de Hertz. Luego esperaron en la puerta lateral de la terminal mientras me encaminaba hacia el calor del aparcamiento, en dirección a la marquesina debajo de la que se encontraba mi Mustang. Yo aún tenía las llaves en la mano, cuando ellos ya estaban dentro de un gran Chevy Tahoe en el cruce con la carretera principal de salida. Me siguieron, dejando dos coches entre el suyo y el mío, hasta que llegamos a la Interestatal. Pude haberlos despistado, pero no tenía mucho sentido hacerlo. Sabía que estaban allí, y eso era lo único importante.
El Mustang nuevo que alquilé no iba igual que mi Boss 302. Cuando pisé el acelerador hasta el fondo, el motor tardó casi un segundo en reaccionar, se despertó, se desperezó y hasta se rascó antes de iniciar finalmente la aceleración. Con todo, tenía un reproductor de CD, de manera que pude escuchar a los Jayhawks mientras conducía por el tramo de edificios de estilo neobrutalista de la Interestatal 26, con I'd Run Away sonando a todo volumen cuando me desvié por la salida de North Meeting Street en dirección a Charleston, hasta que la ambigüedad de la letra de la canción hizo que la quitase y que pusiera la radio, aunque aquella estrofa aún resonaba dentro de mi cabeza:
Así que tuvimos un pequeñín.
Supe que aquello no iba a durar mucho.
Era algo que tenía en mente.
Pero lo que tenía en mente era muy fuerte.
Meeting Street es una de las principales arterias de entrada a Charleston y lleva en línea recta a la zona turística y comercial, pero la parte alta de la calle es espantosa. Debajo de un cartel que anunciaba el Diamond Gentleman's Club, un negro vendía sandías en la carretera, apostado en la parte trasera de una camioneta. Las sandías estaban apiladas cuidadosamente. El Mustang traqueteó sobre las vías del tren, pasó por delante de unos almacenes sellados con tablones y de unos centros comerciales abandonados, y atrajo la mirada de unos niños que jugaban a baloncesto en solares de hierba muy crecida y también de unos viejos que estaban sentados en los porches. La fachada de las casas tenía la pintura descascarillada y en las grietas de los escalones brotaban hierbajos, como una burla al bienestar. El único edificio que parecía limpio y nuevo era una oficina moderna de cristal y de ladrillo rojo que era la sede del organismo de gestión de las viviendas sociales. Daba la impresión de ser un edificio que invitaba a aquellos que vivían gratis gracias a él a que lo asaltaran y robaran el mobiliario y todo cuanto había allí dentro. El Chevy me siguió durante todo el trayecto. Reduje la velocidad una o dos veces y di una vuelta completa a Meeting, pasé por Calhoun y Hutson y volví a Meeting, sólo para fastidiar a aquellos dos tipos. Mantuvieron la distancia todo el tiempo, hasta que llegué al patio del hotel Charleston Place y se alejaron despacio.
En el vestíbulo del hotel, blancos y negros acaudalados, vestidos con sus mejores galas de domingo, hablaban y reían a gusto después de oír misa. De vez en cuando, llamaban a grupos de personas para que se dirigieran al comedor, donde podrían disfrutar del tradicional brunch que preparan en el Charleston Place. Yo, por mi parte, enfilé la escalera hacia mi habitación. Tenía dos camas de matrimonio y desde la ventana se veía el cajero automático del banco que se encontraba al otro extremo de la calle. Me senté en la cama, lo más cerca posible de la ventana, y telefoneé a Elliot Norton para avisarle de que había llegado. Soltó un largo suspiro de alivio.
– ¿Está bien el hotel?
– Sí -dije, por decir algo.
El Charleston Place era en verdad lujoso, pero, cuanto más grande es un hotel, más fácil les resulta a los extraños tener acceso a las habitaciones. No había visto a nadie con pinta de pertenecer al cuerpo de seguridad del hotel, aunque era probable que allí los dispositivos de seguridad fuesen deliberadamente discretos, y el pasillo estaba vacío, al margen de una camarera que empujaba un carro con toallas y artículos de tocador. Ni siquiera me miró.
– Es el mejor hotel de Charleston -dijo Elliot-. Tiene gimnasio y piscina. Pero si lo prefieres, puedo hacerte una reserva en algún otro sitio en que te hagan compañía las cucarachas.
– Ya he tenido compañía desde que llegué al aeropuerto -le dije.
– Vaya.
No parecía sorprendido.
– ¿Crees que han estado escuchando tus conversaciones telefónicas?
– Me temo que sí. Nunca me he tomado la molestia de comprobarlo. No me pareció que fuese necesario. Pero en esta ciudad resulta muy difícil mantener en secreto cualquier cosa. También está el detalle, como ya te conté, de que mi secretaria se largó esta misma semana y dejó bien claro que no aprobaba en absoluto a algunos de mis clientes. Lo último que hizo fue reservarte hotel. Puede que se le haya escapado algo.
No me preocupaba mucho que me hubieran seguido. De todas formas, la gente involucrada en el caso iba a enterarse enseguida de que yo estaba allí. Me preocupaba más la posibilidad de que alguien descubriese lo que teníamos planeado para Atys Jones y tomase medidas contra él.
– Vale, por si acaso, no volveremos a llamarnos desde un teléfono fijo. Lo que necesitamos son móviles seguros para hablar de lo que tenemos entre manos. Los compraré esta tarde. Cualquier asunto confidencial puede esperar hasta que nos veamos.
Los teléfonos móviles no eran la solución ideal, pero si no firmábamos ningún contrato, si lográbamos mantener los números ocultos y los utilizábamos con discreción, seguramente no nos pillarían. Elliot volvió a darme la dirección de su casa, que se encontraba a unos ciento treinta kilómetros al noroeste de Charleston, y le dije que llegaría por la tarde. Antes de colgar añadió:
– Te alojé en el Charleston Place porque, aparte de tu comodidad, tenía otro motivo.
Esperé.
– Los Larousse van allí casi todos los domingos para el brunch y para ponerse al día en cuestiones de cotilleos y de negocios. Si bajas ahora, es posible que los veas. Earl, Earl Jr., quizás algunos primos y socios empresariales… Pensé que a lo mejor te gustaría echarles un discreto vistazo para hacerte una idea de cómo son, aunque si te han seguido desde el aeropuerto, me imagino que te examinarán tanto como tú a ellos. Lo siento, tío. Lo he jodido todo.
Pasé aquello por alto.
Antes de bajar al vestíbulo consulté las páginas amarillas y llamé a una compañía de alquiler de coches llamada Loomis. Quedé en que me llevaran un Neon sin ninguna señal de identidad al garaje del hotel al cabo de una hora. Suponía que cualquiera que estuviese vigilándome buscaría el Mustang, y no tenía intención de facilitar mucho las cosas a quien decidiera seguirme.
Vi al clan Larousse salir del comedor. Reconocí en el acto a Earl Larousse por las fotos que había visto de él en los periódicos. Llevaba un traje blanco de marca y una corbata de seda negra, como los plañideros en los entierros chinos. No llegaba al metro ochenta. Era calvo y fornido. A su lado iba su hijo, una versión juvenil y más delgada de él, aunque con un ligero toque de afeminamiento del que carecía el padre. El espigado Earl Jr. llevaba una camisa blanca de tejido vaporoso y unos pantalones negros demasiado ajustados en el culo y en los muslos, lo que le daba la apariencia de un bailaor flamenco en su día libre. Tenía el pelo muy rubio y las cejas apenas se perfilaban de lo claras que eran. Calculé que debía de afeitarse una vez al mes como mucho. Los acompañaban tres hombres y dos mujeres. No tardó en unirse al grupo el hombre del pelo engominado y peinado hacia atrás, que se acercó a Earl Jr., le susurró algo discretamente al oído y se fue. De inmediato, Earl Jr. me miró. Le dijo algo a su padre y se separó del grupo para dirigirse hacia mí. Yo no sabía con lo que iba a encontrarme, pero desde luego no me esperaba aquello: se me acercó con la mano extendida y con una sonrisa pesarosa.