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– ¿El señor Parker? Permítame que me presente. Mi nombre es Earl Jr.

Le estreché la mano.

– ¿Acostumbra usted a vigilar a la gente desde que llega al aeropuerto?

La sonrisa se le difuminó. La recuperó enseguida, aunque más pesarosa que antes.

– Lo siento -dijo-. Teníamos curiosidad por saber qué aspecto tenía.

– No entiendo.

– Sabemos por qué está aquí, señor Parker. No lo aprobamos del todo, pero lo entendemos. No queremos que haya problemas entre nosotros. Comprendemos que usted debe hacer su trabajo. Sólo estamos interesados en que, sea quien sea el responsable de la muerte de mi hermana, caiga sobre él todo el peso de la ley. De momento, creemos que esa persona es Atys Jones. Si se probase que no fue él, lo aceptaríamos. La policía nos interrogó y le dijimos todo cuanto sabíamos. Lo único que le pedimos es que respete nuestra intimidad y que nos deje en paz. No tenemos nada más que añadir a lo que ya se ha dicho.

Tenía toda la pinta de haber ensayado el discurso. Incluso más que eso: advertí en Earl Jr. un aire de indiferencia. Lo que decía sonaba sincero, aunque mecánico, pero la expresión de sus ojos era burlona y a la vez un poco temerosa. Llevaba una máscara, aunque aún desconocía lo que se ocultaba tras ella. Por detrás de él, su padre nos observaba, y percibí hostilidad en la expresión de su cara. Por alguna razón para mí desconocida, daba la impresión de que aquella hostilidad iba dirigida tanto a su hijo como a mí. Earl Jr. se dio la vuelta y se unió al grupo. Una losa de silencio cayó sobre la ira del padre mientras abandonaban el vestíbulo y entraban en los coches que les esperaban fuera.

Como no tenía nada mejor que hacer, volví a la habitación, me duché, me comí un sándwich y esperé a que llegase el tipo de la agencia de alquiler de coches. Cuando me avisaron de recepción, bajé, firmé los documentos y entré en el garaje del hotel. Me puse unas gafas de sol y salí. La luz destellaba en el parabrisas. No había rastro del Chevy ni de nadie que pareciera interesado en mí ni en el coche. Al salir de la ciudad, paré en un gran centro comercial y compré dos teléfonos móviles.

Elliot Norton vivía en las afueras, a unos tres kilómetros de Grace Falls, en una modesta casa blanca de estilo colonial, con dos columnas a ambos lados de la puerta de entrada y un gran porche que rodeaba toda la planta baja. Parecía el típico sitio donde aún se preparaban julepes de menta. La gran plancha de plástico que recubría el agujero del techo le quitaba todo aire de autenticidad. Encontré a Elliot en la parte de atrás hablando con dos hombres que llevaban monos de trabajo y que fumaban apoyados contra una furgoneta. El rótulo del vehículo indicaba que eran albañiles de Tejados y Construcciones Dave's, con sede en las afueras de Martínez, en Georgia. (¿Le gustaría ahorrar? ¡Llame a Dave!) A la derecha de donde se encontraban había un montón de tubos de andamiaje listos para ser montados, a fin de empezar el trabajo a la mañana siguiente. Uno de los hombres jugueteaba distraídamente con un trozo de pizarra quemada, pasándoselo de una mano a otra. Cuando me acerqué, dejó de hacerlo y me señaló con la barbilla. Elliot se volvió enseguida y dejó a los dos hombres para estrecharme la mano.

– ¡Tío, qué alegría verte! -sonrió. En la parte izquierda de la cabeza el pelo se le había chamuscado y, para disimularlo, se había rapado el resto. Una gasa le tapaba la oreja izquierda, y a lo largo de la mejilla, de la barbilla y del cuello las marcas de las quemaduras le brillaban. Tenía ampollas en la mano izquierda, en la parte que dejaba a la vista la venda elástica.

– No te lo tomes a mal, Elliot, pero no tienes muy buen aspecto -le dije.

– Lo sé. El fuego acabó con la mayor parte de mi vestuario. Vamos. -Me echó el brazo por la espalda y me llevó dentro de la casa-. He comprado té helado para ti.

La casa apestaba a humedad y a humo. El agua se había filtrado por el suelo del piso de arriba y había dañado la escayola de los techos de la planta baja. Unas nubes marrones recorrían los cielos blancos de los techos. Parte del papel pintado de las paredes había empezado a caerse y consideré que era muy probable que Elliot se viera obligado a reemplazar la mayor parte de las vigas del pasillo. En el salón había un sofá cama sin hacer y ropa colgada de una barra de cortina y del respaldo de las sillas.

– ¿Aún sigues viviendo aquí? -le pregunté.

– Sí -contestó mientras limpiaba de ceniza un par de vasos.

– Estarías más seguro en un hotel.

– Tal vez. Pero, en ese caso, la gente que le hizo esto a mi casa podría volver y acabar el trabajo.

– Puede que vuelvan de todas formas.

Negó con la cabeza.

– Por ahora no. Están contentos. El asesinato no va con su estilo. Si quisieran matarme, habrían hecho un trabajo mejor la primera vez.

Sacó una jarra de té helado de la nevera y llenó los vasos. Me quedé junto a la ventana mirando el jardín de Elliot y las tierras colindantes. No se veían pájaros en el cielo y apenas si llegaba un rumor de los bosques que rodeaban la propiedad de Elliot. A lo largo de la costa, las aves migratorias se iban yendo. Los patos Carolina se unían a las golondrinas de mar, y los halcones, las currucas y los gorriones no tardarían en seguirlos. Tierra adentro, donde nos encontrábamos, resultaba menos evidente su partida, e incluso la presencia de los pájaros que pasaban allí todo el año no se notaba tanto como tiempo atrás. Habían dejado de oírse los cantos primaverales de apareamiento, y el brillante plumaje del verano iba transformándose poco a poco en un manto de luto invernal. Pero, para compensar la ausencia de pájaros y el recuerdo de sus colores, las flores silvestres habían empezado a brotar, ya que lo peor de la flama veraniega había pasado. Había ásteres, varas de oro y girasoles, y mariposas atraídas en tropel por el predominio de tonalidades amarillas y purpúreas. Agazapadas debajo de las hojas, las arañas estarían esperándolas.

– ¿Cuándo podré verme con Atys Jones? -le pregunté.

– Será más fácil que hables con él después de que lo hayamos sacado del condado. Lo recogeremos en el Centro de Detención del Condado de Richland mañana por la tarde, después lo cambiaremos de coche en Campbell's Country Corner para despistar a los que puedan interesarse en saber adónde nos dirigimos. Desde allí lo trasladaré a un piso franco en Charleston.

– ¿Quién es el otro conductor?

– Un hijo del viejo que cuidará a Atys. Es legal. Sabe lo que se trae entre manos.

– ¿Por qué no lo escondes más cerca de Columbia?

– Estará más seguro en Charleston, créeme. Lo llevaremos a la parte este, en pleno centro de un barrio negro. Nadie irá allí a hacer preguntas. Y si alguien las hiciera, nos enteraríamos enseguida y nos daría tiempo de sobra de cambiarlo a otro sitio. De todas formas, es un arreglo provisional. Es probable que tengamos que esconderlo en otro sitio más seguro. Y es posible que debamos contratar a unos guardias jurados. Ya veremos.