– ¿Me cuentas la historia? -le pregunté.
Elliot movió la cabeza y se restregó los ojos con los dedos sucios.
– La historia es que él y Marianne Larousse se entendían.
– ¿Eran novios?
– Novios ocasionales. Atys cree que lo utilizó para vengarse de su hermano y de su papi, y él estaba encantado de seguirle el juego. -Chasqueó la lengua con los dientes-. Debo decirte, Charlie, que mi cliente no es lo que se dice encantador por naturaleza, no sé si me sigues. Sesenta kilos de hostilidad andante, con la boca en un extremo y el ojo del culo en el otro, y la mayoría de las veces no sabría decirte cuál es una cosa y cuál es la otra. Según Atys, la noche en que Marianne murió habían echado un casquete en el asiento delantero de su Pontiac Grand Am. Se pelearon y ella salió corriendo hacia los árboles. Él la siguió, y pensó que la había perdido en el bosque, pero después se la encontró con la cabeza hecha papilla.
– ¿Y el arma?
– Lo que había a mano: una piedra de cuatro kilos. La policía detuvo a Atys con manchas de sangre en las manos y en la ropa, y con restos de piedra y de polvo que coinciden con el arma homicida. Admite que le tocó la cabeza y el cuerpo cuando intentaba retirar la piedra. También tenía manchada de sangre la cara, pero no concordaba con la clase de salpicadura que te queda cuando golpeas a alguien con una piedra. Ella no tenía restos de semen, aunque sí de lubricante: el de un condón Trojan, la misma marca de condones que Atys llevaba en la cartera. Parece ser que hubo sexo consentido, pero un buen fiscal podría ser muy capaz de alegar violación. Ya sabes: se excitaron, ella se arrepintió de pronto y eso a él no le gustó nada. No creo que un argumento de ese tipo pueda tenerse en pie, pero intentarán reforzar el caso de todas las maneras posibles.
– ¿Crees que será suficiente para sembrar la semilla de la duda en un jurado?
– Es posible. Estoy buscando a un experto para que testifique sobre las manchas de sangre. La acusación encontrará con toda probabilidad a otro que diga exactamente lo contrario. Nos hallamos ante un hombre negro acusado de asesinar a una chica blanca del clan de los Larousse. Lo tiene todo en contra. El fiscal procurará que el jurado esté atiborrado de blancos de clase media y que oscilen entre los cuarenta y los sesenta años, así verán a Jones como al negro del saco. Nuestra única esperanza es lograr que sean menos, pero… -Esperé. Siempre hay un «pero». Aquélla no podía ser una historia sin algún «pero»-. Detrás de todo esto hay una historia local, y de las peores.
Hojeó con rapidez la pila de carpetas que había encima de la mesa de la cocina. Pude vislumbrar informes de la policía, declaraciones de testigos, las transcripciones de los interrogatorios a Atys llevados a cabo por la policía, e incluso fotografías de la escena del crimen. Pero también vi páginas fotocopiadas de libros de historia, recortes de periódicos antiguos y libros sobre la esclavitud y el cultivo de arroz.
– Esto que tienes aquí -dijo Elliot- es la típica historia de un odio heredado.
9
Las primeras carpetas eran de color azul y contenían declaraciones de testigos y más material recopilado por la policía a raíz de la muerte de Marianne Larousse. Las carpetas de los documentos históricos eran verdes. Había además una carpeta blanca muy delgada. La abrí, vi las fotografías que había dentro y la cerré con cuidado. Aún no estaba preparado para ocuparme de los informes relativos al cadáver de Marianne Larousse.
Una vez, me hice cargo de un trabajillo para un abogado defensor de Maine, así que tenía una idea muy clara de lo que me quedaba por delante. Atys Jones sería el elemento primordial, desde luego, como mínimo al comienzo. A menudo, los acusados dicen a los investigadores privados cosas que no cuentan a los abogados, a veces porque las olvidan por completo, o bien por toda la tensión nerviosa que se genera en torno a la detención, y otras veces porque confían más en los investigadores que en sus abogados, sobre todo si se trata de unos abogados de oficio agobiados por la cantidad de casos que llevan. La norma es que cualquier información adicional se comunique al abogado, tanto si resulta favorable como si resulta perjudicial para el caso. Elliot ya había obtenido algunas declaraciones y testimonios de gente que conocía a Atys, incluyendo las de sus profesores y las de sus antiguos jefes, en un intento por formar un perfil favorable de su cliente ante el jurado, así que podía desentenderme de la pesadez que suponía esa tarea.
Tendría que revisar todos los informes policiales relacionados con Jones, ya que me permitirían saber en qué se habían basado para formular los cargos contra él, pero también comprobaría si él había cometido algún error en su declaración o si había testigos con los que no se había contactado. Los informes de la policía también me serían de gran ayuda para comprobar las declaraciones, ya que en ellas constaban la dirección y el número de teléfono de los testigos interrogados. Después de eso, empezaría el verdadero trabajo de campo: tendría que volver a interrogar a todos los testigos. Los primeros informes policiales rara vez son exhaustivos, ya que los polis prefieren dejar los interrogatorios más detallados a los investigadores del fiscal o al detective encargado del caso. Tendría que conseguir declaraciones firmadas, y aunque casi todos los testigos estarían encantados de hablar, sólo unos cuantos lo estarían por estampar su firma en un resumen de sus propias declaraciones sin mostrar reticencia. Además, era probable que los investigadores del fiscal ya hubiesen hablado con ellos, y a menudo intimidan de tal forma a los testigos, que éstos prefieren no hablar con el investigador de la defensa, lo que supone un nuevo obstáculo. Pensándolo bien, me quedaba por delante un buen ajetreo, y no podía conformarme simplemente con remover la superficie del caso antes de regresar a Maine.
Alcancé la carpeta verde y la abrí de golpe. Algunos de los documentos que había dentro se remontaban al siglo XVII y a los orígenes más remotos de Charleston. El recorte de periódico más reciente era de 1981.
– En medio de todo eso puede estar la razón de la muerte de Marianne Larousse y la razón por la que quieren que Atys Jones sea condenado por asesinarla -dijo Elliot-. Ésa era la carga que llevaban a sus espaldas, lo supieran o no. Eso es lo que ha destruido sus vidas.
Mientras hablaba, buscaba algo en los muebles de la cocina. Volvió a la mesa con el puño derecho fuertemente cerrado.
– Pero en cierta manera -dijo Elliot en voz baja-, esto es por lo que de verdad estamos hoy aquí.
Y abrió el puño para dejar caer una cascada de arroz amarillo sobre la mesa.
AMY JONES
A la edad de 98 años, cuando fue entrevistada por Henry Calder en Red Bank, S.C.
Del libro La época de la esclavitud: entrevistas con antiguos esclavos de Carolina del Norte y del Sur, ed. Judy y Nancy Buckingham (New Era, 1989).
«Nací esclava en el condado de Colleton. Mi papá se llamaba Andrew y mi mamá Violet. Eran propiedad de la familia Larousse. El Amo Adgar era un buen amo para sus esclavos. Era propietario de unas sesenta familias de esclavos, antes de que los yanquis llegasen y le arruinasen la vida.
» La Vieja Señora dice a toda la gente de color que corra. Ella viene hasta nosotros con una bolsa llena de plata envuelta en una manta, porque los yanquis quieren hacerse con todas las cosas de valor. Nos dice que ya no puede protegernos. Echan abajo el granero de arroz y dividen el arroz, pero no hay suficiente arroz para alimentar a toda la gente de color. Los peores negros y negras siguieron al ejército, pero nosotros nos quedamos y vemos morir a los otros niñitos.