»Nosotros no estábamos preparados para lo que venía. No teníamos educación, ni tierras, ni vacas, ni gallinas. Los yanquis llegan y nos quitan todo lo que tenemos. Nos dejan libres. Intentan hacernos comprender que somos tan libres como nuestros amos. No sabíamos escribir, así que sólo tuvimos que tocar la pluma y decir qué nombre queríamos que se pusiera. Después de la guerra, el Amo Adgar nos da una tercera parte de lo que producimos, ahora que somos libres. Papá muere justo antes que mi mamá. Ellos se quedan en la plantación y mueren allí, después de que son libres.
»Pero me lo contaron. Me hablaron del Viejo Amo, del padre del Amo Adgar. Me contaron lo que hizo…»
Comprender lo que significa ese cultivo es comprender la historia, porque la historia es el Oro de Carolina.
El cultivo de arroz comenzó aquí en 1680, cuando desde Madagascar llegó la semilla a Carolina. Lo llamaban el Oro de Carolina por su calidad y por el color de su cáscara, y durante generaciones enriqueció a las familias vinculadas a su producción. Había familias de ingleses, entre ellas los Heyward, los Drayton, los Middleton y los Alston, y familias de hugonotes, como los Ravenel, los Manigault y los Larousse.
Los Larousse eran vástagos de la aristocracia de Charleston y pertenecían al escaso puñado de familias que controlaban prácticamente todos los aspectos de la vida en la ciudad, desde los miembros que ingresaban o no en la St. Cecilia Society hasta la organización de la temporada social, que duraba desde noviembre hasta mayo. Valoraban su apellido y su reputación por encima de todo, y protegían ambas cosas con dinero y con las influencias que el dinero puede comprar. No sospechaban siquiera que las acciones de un solo esclavo socavarían su gran fortuna y su seguridad.
Los esclavos trabajaban de sol a sol seis días a la semana, pero descansaban los domingos. Para llamar a los braceros se utilizaba una caracola, y las notas que ésta emitía recorrían aquellos campos de arroz que parecían arder bajo los rayos del sol declinante, aquellos rayos que recortaban las siluetas negras como si fuesen espantapájaros en medio del incendio. Las espaldas se enderezaban, las cabezas se erguían y, poco a poco, emprendían el largo camino de vuelta al granero y a las chozas, donde se alimentaban de melaza, guisantes, pan de maíz y, de tarde en tarde, de alguna de las aves que ellos mismos criaban. Al final de la larga jornada se sentaban para comer y para hablar, vestidos con ropa hecha de paja cobriza y de paño blanco. Cuando llegaba un nuevo reparto de zapatos de suela de madera, las mujeres remojaban el cuero de vacuno en agua caliente y lo engrasaban con sebo o con pellejos para que el calzado se adaptase a sus pies, y aquel olor seguía pegado a sus dedos cuando hacían el amor con sus hombres: el hedor de unos animales muertos mezclado con el sudor de su pasión.
Los hombres no aprendían a leer ni a escribir. El Viejo Amo era muy estricto en ese particular. Se les azotaba por robar, por decir mentiras o por ojear un libro. Había una cabaña de adobe cerca de los pantanos a la que se trasladaba a los que enfermaban de viruela. La mayoría de los esclavos que iban allí no regresaba nunca. Guardaban el Potro en el granero, y cuando llegaba la hora de imponer castigos más severos, tendían al hombre o a la mujer sobre él, lo amarraban y lo azotaban. Cuando los yanquis incendiaron el granero de arroz, en el suelo que quedaba debajo del Potro había manchas de sangre, como si el mismísimo terreno hubiese empezado a oxidarse.
Algunos de los esclavos procedentes del este de África Oriental trajeron consigo unos conocimientos de la técnica del cultivo de arroz que permitieron a los propietarios de las plantaciones superar los problemas afrontados por los primeros colonos ingleses, a quienes les había resultado muy dificultoso su cultivo. En muchas plantaciones introdujeron un régimen de aparcería que permitía a los esclavos mejor cualificados trabajar con un poco más de independencia y disponer de tiempo libre para cazar, para trabajar en el huerto o para mejorar la situación de su familia. Los esclavos podían negociar los productos recolectados con el propietario, y de ese modo le aliviaban de su obligación de abastecerlos.
Aquel régimen de aparcería originó diferencias jerárquicas entre los esclavos. El siervo más importante era el capataz, que actuaba como mediador entre el hacendado y la mano de obra. Por debajo de él estaban los artesanos cualificados: los herreros, los carpinteros y los albañiles. Resultaba lógico que aquellos trabajadores especializados fuesen los líderes de la comunidad de esclavos, y por lo tanto tenían que ser vigilados de cerca, por temor a que fomentasen disturbios o decidieran escapar.
Pero la tarea más importante de todas recaía en el encargado de la presa, ya que el destino del cultivo de arroz estaba en sus manos. Cuando era necesario, los campos de arroz se inundaban con el agua dulce que se acumulaba en unos embalses que había encima de los campos, en un terreno más elevado. El agua salada fluía tierra adentro con la marea y forzaba al agua dulce a emerger a la superficie de los ríos costeros. Sólo entonces las bajas y anchas esclusas se abrían para permitir la entrada de agua dulce, a fin de que se expandiera por los campos. Un sistema de esclusas subsidiarias permitía que el agua desembocara en los campos colindantes, una técnica de drenaje cuya correcta aplicación era resultado directo de los conocimientos que los esclavos africanos habían aportado. Cualquier brecha o rotura en las esclusas significaría la entrada de agua salada en los campos, lo que arruinaría la cosecha de arroz. Por ese motivo, el encargado de la presa unía a su tarea de abrir y cerrar las esclusas la de mantener en buen estado los troncos, los fosos de drenaje y los canales.