Pero lo fue.
Cuatro hombres violaron a Missy, pues si no podían castigar a su marido directamente, lo harían a través de su mujer. Según ella, la violación no revistió ninguna violencia física, más allá de la violación en sí, e incluso le pareció que no proporcionó placer a los hombres que la llevaron a cabo. Fue algo tan sencillo como marcar a hierro a una vaca o como estrangular a una gallina. El último que la violó incluso la ayudó a cubrirse y le ofreció su brazo mientras la acompañaba hasta una silla de cocina para que se sentase.
«Dile que se porte bien, ¿me oyes?», dijo un hombre. Era joven y guapo, y Missy reconoció en él algunos rasgos de su padre y de su abuelo. Tenía la barbilla de los Larousse y el pelo rubio característico de aquella familia. Se llamaba William Larousse. «No nos gustaría tener que volver», le advirtió.
Dos semanas más tarde, William Larousse y otros dos hombres cayeron en una emboscada a las afueras de Delphia llevada a cabo por un grupo de asaltantes enmascarados y armados con porras. Los compañeros de William huyeron, pero él se quedó hecho un ovillo mientras le llovían los golpes. La paliza lo dejó paralítico. Sólo podía mover la mano derecha y era incapaz de ingerir cualquier alimento que no estuviese previamente triturado.
Pero Missy Jones prefirió ignorar lo que le hicieron a ella. Apenas si le habló a su marido cuando éste regresó de su escondite, y rara vez volvió a hablar después de lo ocurrido. Ni siquiera regresó a la cama de su esposo, sino que dormía en el pequeño granero, entre los animales, reducida también su mente a un nivel animal por culpa de los hombres que la violaron para castigar a su marido, y lenta e irreparablemente fue enloqueciendo.
Elliot se levantó y tiró el resto de su café en el fregadero.
– Como te dije, hubo algunos que quisieron olvidar el pasado y otros que nunca lo olvidaron, incluso hasta el día de hoy…
Dejó que las últimas palabras quedaran en el aire.
– ¿Crees que Atys Jones podría ser uno de esos?
Elliot se encogió de hombros.
– Creo que a una parte de él le gustaba la idea de estar follándose a la hija de Earl Larousse, y por extensión estar jodiendo a Earl. Ni siquiera sé si Marianne conocía la historia de las dos familias. Supongo que significaba más para los Jones que para los Larousse, no sé si me explico.
– Pero todo el mundo conoce la historia, ¿o no?
– Los periódicos han informado sobre la historia de las dos familias con la intención de indagar en ella, aunque tampoco mucho. De todas formas, me sorprendería que algún miembro del jurado no la conociese, y puede que se mencione a lo largo del juicio. Los Larousse protegen religiosamente su nombre y su historia. Su reputación lo es todo para ellos. Hicieran lo que hicieran en el pasado, ahora lo resarcen mediante obras sociales. Apoyan causas benéficas a favor de los negros. Apoyaron la integración en las escuelas. En su casa no ondea la bandera de la Confederación. Han compensado los pecados de las generaciones anteriores, pero puede que el fiscal utilice viejos fantasmas para alegar que Atys Jones se propuso castigarles arrebatándoles a Marianne.
Se puso de pie y se desperezó.
– A menos, desde luego, que encontremos a la persona que mató a Marianne Larousse. Entonces las tornas cambiarían por completo.
Aparté la copia de la fotografía de Missy Jones, muerta en torno a los cuarenta años y metida en un ataúd barato. Después volví a examinar meticulosamente los documentos que estaban encima de la mesa, hasta que llegué al último recorte. Era la noticia publicada en un periódico el 12 de julio de 1981, donde se detallaba la desaparición de dos jóvenes negras que habían vivido cerca del Congaree. Se llamaban Addy y Melia Jones. No se sabía nada de ellas desde que se las vio tomando juntas una copa en un bar del pueblo.
Addy Jones era la madre de Atys Jones.
Le mostré el recorte a Elliot.
– ¿Qué es esto?
Alargó la mano y lo cogió.
– Esto -dijo- es el último rompecabezas para ti. La madre y la tía de nuestro cliente desaparecieron hace diecinueve años, y ni él ni nadie las ha vuelto a ver desde entonces.
Aquella noche, conduje de vuelta a Charleston con la radio sintonizada en un programa de entrevistas que se emitía desde Columbia, hasta que la señal empezó a debilitarse entre silbidos y distorsiones. El malogrado candidato gubernamental Maurice Bessinger, propietario de una cadena de asadores de carne llamada Piggie Park, se había aficionado a izar la bandera confederada en sus locales. Sostenía que era un símbolo de la tradición sureña, y quizá lo fuese, aunque había que tener en cuenta algunos detalles: tiempo atrás, Bessinger había trabajado en dos ocasiones en la campaña presidencial de George Wallace; aparte de eso, había encabezado un grupo denominado Asociación Nacional para la Conservación del Pueblo Blanco y, por último, había acabado en la corte federal por violar el Acta de Derechos Civiles de 1964 al negarse a servir a los negros en sus restaurantes. Incluso se las arregló para ganar el caso en un juicio, aunque después un tribunal federal le obligó a aplicar la ley de integración. Desde entonces había aparentado gozar de una especie de conversión religiosa y se había reincorporado al Partido Democrático, pero él era de esos de genio y figura hasta la sepultura.
Mientras conducía en la oscuridad, me acordé de la bandera, de las familias Jones y Larousse y del peso de la historia, que era como un cinturón de plomo amarrado a sus cuerpos, tirando siempre de ellos hacia el fondo. En algún punto de esa historia, en el pasado aún vivo, estaba la respuesta a la muerte de Marianne Larousse.