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Pero aquí, en el sur, en un lugar que me resultaba extraño, el pasado asumía formas raras. El pasado era un viejo envuelto en una bandera roja y azul que aullaba, desafiante, bajo el cartel de un cerdo. El pasado era una mano muerta sobre el rostro de los vivos. El pasado era un fantasma engalanado con sufrimientos.

El pasado, como sabría yo más tarde, era una mujer vestida de blanco que tenía escamas en vez de piel.

Tercera parte

Tengo la impresión de moverme en un mundo de

fantasmas

y me veo a mí mismo como la sombra de un sueño.

Alfred, Lord Tennyson. The Princess

10

Luego, en la tranquilidad de la habitación del hotel, abrí la carpeta de Marianne Larousse. La oscuridad que me rodeaba era menos una ausencia de luz que una presencia palpable: se trataba de sombras con corporeidad. Encendí la lámpara que había encima de la mesa y esparcí los documentos que Elliot me había dado.

Y, tan pronto como vi las fotografías, tuve que apartar la mirada, porque noté el peso de ella sobre mí, aunque no la había conocido y nunca llegaría a conocerla. Fui hacia la puerta e intenté expulsar las sombras inundando de luz la habitación, pero, en lugar de irse, retrocedieron y se escondieron debajo de las mesas y detrás del armario, esperando la desaparición inevitable de la luz.

Y me dio la impresión de que mi existencia, de alguna manera, se bifurcaba, de que estaba a la vez en la habitación del hotel, con las pruebas de la violenta erradicación de este mundo de Marianne Larousse, y de vuelta a la quietud del salón de los Blythe, viendo cómo Bear movía la boca y formulaba mentiras bienintencionadas y cómo Sundquist, igual que un ventrílocuo detrás de él, manipulaba y envenenaba la atmósfera de la habitación con avaricia, malicia y falsas esperanzas, mientras Cassie me miraba fijamente desde la fotografía que le hicieron el día de su graduación, con aquella sonrisa incierta que se insinuaba en su boca como un pájaro receloso de posarse en una rama. Intenté imaginármela viva, disfrutando de una nueva vida lejos de su casa, convencida de que la decisión de dejar atrás su existencia anterior era la acertada. Pero me veía incapaz de hacerlo, ya que, cuando intentaba imaginarla en cualquier escenario, sólo era una sombra sin rostro y una mano con heridas que le recorrerían paralelas de un extremo al otro.

Cassie Blythe no estaba viva. Toda la información que había recopilado en torno a ella me indicaba que no era la clase de jovencita que se deja llevar por la corriente y condena a sus padres a una vida de sufrimiento y de incertidumbre. Alguien la había arrebatado de este mundo, y yo no sabía si podría encontrar a esa persona y, aun en el caso de encontrarla, si podría descubrir al fin la verdad que se escondía detrás de su desaparición.

Entonces supe que Irving Blythe tenía razón, que lo que había dicho sobre mí era cierto: que invitarme a entrar en sus vidas equivalía a admitir el fracaso y asumir la victoria de la muerte, porque yo llegaba cuando todas las esperanzas habían desaparecido, sin ofrecer nada a cambio, salvo la posibilidad de descubrir algo que traería consigo más dolor y más tristeza, y una evidencia que tal vez haría parecer a la ignorancia una bendición. El único consuelo posible era que mi intervención hiciese un poco de justicia, que la vida pudiese continuar con un pequeño grado de certeza: la certeza de que el dolor físico de un ser querido había llegado a su fin, y el consuelo de que alguien se hubiera tomado el trabajo de intentar descubrir por qué le infligieron tal dolor.

Yo, cuando era más joven, me hice policía. Me uní al cuerpo porque creí que era mi deber. Mi padre había sido policía, como también lo había sido mi abuelo, pero mi padre terminó su carrera y su vida en la ignominia y la desesperación. Se llevó por delante dos vidas antes de quitarse la suya por motivos que tal vez nunca se conocerán, y yo, al ser tan joven, sentí la necesidad de echarme su carga a la espalda e intentar compensar lo que él hizo.

Pero yo no era un buen policía. No tenía ni disposición ni disciplina. Es verdad que poseía otras virtudes, como por ejemplo la tenacidad y el afán por descubrir y por comprender, pero ninguna de ellas era suficiente para permitirme sobrevivir en aquel entorno. También carecía de otro elemento cruciaclass="underline" el distanciamiento. No disponía de los mecanismos de defensa apropiados que les permitían a mis compañeros mirar un cadáver y verlo sólo como lo que era: no un ser humano ni una persona, sino la ausencia del ser y la negación de la vida. De forma superficial, pero en el fondo necesaria, los policías necesitan llevar a cabo un proceso de deshumanización para realizar su trabajo. El humor negro es propio de ellos, y una aparente indiferencia que les permite referirse a un cadáver como «fiambre» o «basura» (excepto cuando cae un compañero, porque entonces se trata de algo tan próximo que resulta imposible verlo con distancia), y pueden examinar heridas y mutilaciones sin precipitarse, entre lágrimas, a un vacío en el que la vida y la muerte resultan imposibles de soportar. Son responsables de los vivos, de los que siguen aquí y del mantenimiento de la ley.

Yo no tenía eso. Nunca lo tuve. Por el contrario, he aprendido a abrazar a los muertos, y ellos, a su vez, han encontrado un modo de llegar a mí. De repente, en aquella habitación de hotel, lejos de casa, me enfrentaba a la muerte de otra joven, y la desaparición de Cassie Blythe me atormentaba de nuevo. Tuve la tentación de llamar a los Blythe, pero ¿qué podía decirles? Aquí, en el sur, no podía hacer nada por ellos, y el hecho de que yo estuviese pensando en su hija les proporcionaría un escaso consuelo. Quería acabar con lo que me había traído a Carolina del Sur, revisar las declaraciones de los testigos y garantizar la seguridad de Atys, aunque fuese de forma provisional, y luego volver a casa. Era lo único en que podía ayudar a Elliot.

Pero el cuerpo de Marianne Larousse me atraía hacia sí con una intimidad extraña, pidiéndome que demostrase algo, que me hiciera cargo de la naturaleza del asunto en que estaba involucrándome y de las posibles consecuencias de mi actuación.

No quería mirar. Estaba cansado de mirar.

Aun así, miré.

La pena que produce. La terrible y abrumadora pena que produce verlos.

A veces es una fotografía la que provoca esa pena. En realidad, nunca los olvidas. Siempre permanecen contigo. Doblas una esquina, pasas conduciendo por delante de un ventanal entablado, quizás ante un jardín que está cubriéndose de hierbajos y ves la casa que se pudre detrás igual que una muela picada, porque nadie quiere vivir allí, porque el olor de la muerte aún permanece dentro de ella, porque el propietario contrató a unos inmigrantes y les pagó cincuenta dólares a cada uno por limpiar la casa a fondo, y ellos utilizaron la mierda de materiales que tenían a mano: unos desinfectantes asquerosos y fregonas sucias que extendieron el hedor en lugar de quitarlo, que transformaron la trayectoria lógica de las manchas de sangre en el boceto caótico de una huella de violencia semiborrada, una ringlera de oscuridad en las paredes blancas que luego cubrieron con pinturas baratas y aguadas, y pasaron el rodillo dos o tres veces por los tramos manchados, pero, cuando la pintura se secó, aún estaba allí: una mano ensangrentada restregada en los blancos, cremas y amarillos de las paredes, y que había dejado el recuerdo de su paso incrustado en la madera y en la escayola.

De manera que el propietario cierra la puerta con llave, atranca las ventanas y espera a que la gente olvide o a que alguien muy desesperado o muy tonto esté de acuerdo con la renta rebajada y la acepte, aunque sólo sea para intentar borrar el recuerdo de lo que ocurrió allí con los problemas y las preocupaciones de una nueva familia, como una especie de limpieza psíquica que pudiera triunfar donde los inmigrantes fracasaron.