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Jones le dijo a la policía que luego había mantenido relaciones sexuales con Marianne Larousse en el asiento del copiloto de su coche, ella arriba y él abajo. Después del coito, tuvieron una discusión, causada en parte por la disputa que se originó a causa de los insultos de J.D. Herrín y centrada en si Marianne Larousse se avergonzaba de dejarse ver a su lado. Marianne salió furiosa del coche, pero, en vez de dirigirse al suyo, se adentró corriendo en el bosque. Jones declaró que ella empezó a reírse y a llamarlo para que la siguiese al riachuelo, pero que él estaba demasiado enfadado con ella para hacer tal cosa. Apenas diez minutos más tarde, al ver que no volvía, Jones salió en su busca. La encontró a unos treinta metros camino abajo. Ya estaba muerta. Declaró no haber oído nada en ese margen de tiempo: ni gritos ni ruido alguno de agresión. No recordaba haber tocado su cuerpo, pero daba por sentado que sin duda lo hizo, ya que tenía las manos ensangrentadas. También admitió que debió de coger la piedra, porque más tarde recordó que estaba al lado de la cabeza de Marianne. Luego regresó al bar y desde allí avisaron a la policía. Fue interrogado por agentes de la SLED, la División Estatal de Seguridad, en principio sin la asistencia de un abogado, ya que no se le arrestó ni imputó. Tras el interrogatorio, lo arrestaron como sospechoso del asesinato de Marianne Larousse. Se le asignó un abogado de oficio, que más tarde dimitió en favor de Elliot Norton.

Y ahí era donde yo salía a escena.

Pasé los dedos con suavidad por su cara, y los poros del papel fotográfico parecían los poros de su piel. Lo siento, pensé. No te conocí. No puedo saber si fuiste o no una buena chica. Si hubiese coincidido contigo en un bar o si me hubiese sentado a tu vera en una cafetería, ¿habríamos congeniado, aunque sólo de ese modo intrascendente y transitorio en que dos vidas pueden cruzarse antes de proseguir cada cual su camino, un poco alterados pero inalterables; habríamos compartido uno de esos fugaces contactos entre dos extraños que hacen la vida más llevadera? Me temo que no. Creo que éramos muy diferentes. Pero no merecías acabar de ese modo, y, de haber estado en mi mano, hubiese hecho lo posible para evitarlo, incluso a riesgo de mi vida, porque no hubiese podido quedarme cruzado de brazos ante el daño que se te hacía; a ti, para mí una extraña. Ahora procuraré seguir tus pasos, para comprender de ese modo qué te llevó a aquel lugar, a encontrar tu final entre lirios aplastados, con los insectos nocturnos ahogándose en tu sangre.

Lamento tener que hacerlo. Habrá gente que se sienta incómoda por mi investigación, y puede que salgan a la luz algunos aspectos de tu pasado que hubieses preferido que siguieran ocultos. Todo lo que puedo prometerte es que, en la medida de mis fuerzas, quienquiera que sea el que hizo aquello no quedará impune.

Por todo eso, siempre te recordaré.

Por todo eso, nunca serás olvidada.

11

A la mañana siguiente, llamé por teléfono al número del Upper West Side. Contestó Louis.

– ¿Todavía pensáis bajaros por aquí?

– Ajá. Llegaremos dentro de un par de días.

– ¿Cómo está Ángel?

– Tranquilo. ¿Y tú?

– Como siempre.

– ¿Tan mal van las cosas?

Acababa de hablar con Rachel. El hecho de oír su voz hizo que me sintiese solo y que volviese a preocuparme por ella, ahora que se encontraba tan lejos.

– Tengo que pedirte un favor -le dije.

– Desembucha. Pedir sale gratis.

– ¿Sabes de alguien que pudiera acompañar a Rachel durante un tiempo, hasta que yo vuelva?

– A ella no va a gustarle eso.

– Quizá podrías buscar a alguien que pase de lo que ella opine.

Se hizo un silencio mientras sopesaba el asunto. Cuando finalmente habló, casi pude ver cómo sonreía.

– ¿Sabes? Tengo al tipo adecuado.

Me pasé la mañana haciendo llamadas y después subí en coche a Wateree para hablar con uno de los sheriffs del condado de Richland que había estado en la escena del crimen la noche en que mataron a Marianne Larousse. Tuvimos una conversación muy breve. Confirmó los detalles de su informe, pero estaba claro que creía que Atys Jones era culpable y que yo estaba intentando torcer el curso de la justicia por el mero hecho de hablarle del caso.

Más tarde me dirigí a Columbia y estuve charlando durante un rato con un agente especial llamado Richard Brewer en el cuartel general de la División Estatal de Seguridad. Fueron los agentes de ese departamento quienes investigaron el asesinato, como todos los homicidios que se cometen en el estado de Carolina del Sur, con la excepción de aquellos que ocurren dentro de la jurisdicción del Departamento de Policía de Charleston.

– A ellos les gusta pensar que allí abajo son independientes -dijo Brewer-. La llamamos la República de Charleston.

Brewer tenía más o menos mi edad, el pelo pajizo y fisonomía de deportista. Llevaba el uniforme estándar de la División Estatal de Seguridad: pantalones verdes de faena, una camiseta con las siglas de la agencia serigrafiada en verde en la espalda y una Glock 40 al cinto. Era uno de los agentes que habían trabajado en el caso. Se mostró un poco más comunicativo que el sheriff, aunque no añadió mucho a lo que yo ya sabía. Atys Jones estaba prácticamente solo en este mundo, me dijo, y apenas le quedaban vivos algunos parientes lejanos. Trabajaba en Piggly Wiggly rellenando estanterías y vivía en un piso pequeño de una sola habitación en un edificio alto sin ascensor que ahora ocupaba una familia de inmigrantes ucranianos.

– Ese chico… -dijo cabeceando-. Antes de lo ocurrido había poca gente en el mundo que se interesase por él. A partir de ahora hay mucha menos.

– ¿Cree que lo hizo?

– Eso lo decidirá el jurado. Extraoficialmente, le diré que no creo que haya otros candidatos posibles.

– ¿Fue usted quien habló con los Larousse? Sus declaraciones estaban entre los documentos que me pasó Elliot.

– Con el padre y con el hijo, y también con el personal de la casa. Todos tenían una coartada. Señor Parker, somos bastante profesionales. Abarcamos todos los ángulos y no creo que encuentre muchos errores en nuestros informes.

Le di las gracias y él me dio su tarjeta, por si acaso tenía alguna pregunta más que hacerle.

– Señor Parker, lo va a tener difícil -me dijo cuando me levantaba de la silla para irme-. Me parece que está a punto de ser tan popular como una mierda en verano.

– Para mí será una experiencia nueva.

Enarcó las cejas con escepticismo.

– ¿Sabe? Me cuesta creerlo

De vuelta al hotel, hablé por teléfono con los de la cooperativa de Pine Point acerca de Bear. Me confirmaron que había llegado con puntualidad el día anterior y que había trabajado a pleno rendimiento. Como parecían un poco nerviosos, les pedí que me pusieran con Bear.

– ¿Cómo estás, Bear?

– Bien. Muy bien -recapacitó-, lo estoy haciendo bien. Me gusta estar aquí. Trabajo en barcos.

– Me alegra saberlo. Escucha, Bear, tengo que decirte algo: si la cagas, o si le causas algún problema a esa, gente, yo en persona te buscaré y te llevaré a rastras hasta los polis, ¿queda claro?

– Desde luego. -No parecía ni ofendido ni dolido. Supuse que Bear estaba acostumbrado a que la gente le advirtiese de que no la cagara. Sólo era cuestión de saber si lo había comprendido o no.

– Entonces, vale -le dije.

– No la cagaré -me ratificó-. Me gusta esta gente.

Después de colgar el teléfono me pasé una hora en el gimnasio del hotel y luego hice en la piscina tantos largos como pude sin que me dieran calambres o me ahogara. Tras darme una ducha, me dediqué a releer aquellas partes del expediente del caso que Elliot y yo habíamos comentado la noche anterior. Volví sobre dos asuntos: la historia, fotocopiada de un texto de historia local, de la muerte de Henry, el encargado de la presa, y la desaparición de la madre y de la tía de Atys, ocurrida hacía dos décadas. Sus fotografías me miraban desde los recortes del periódico: las dos mujeres congeladas para siempre al final de su adolescencia, borradas de un mundo que, en buena medida, las había olvidado ya, al menos hasta ese momento.