Como empezaba a hacerse de noche, salí del hotel y me tomé un café con una magdalena en la cafetería Pinckney. Mientras esperaba a Elliot, le eché una ojeada a un ejemplar olvidado del Post and Courier. Una noticia en particular me llamó la atención: se había ordenado la detención de un antiguo guardia de prisiones llamado Landron Mobley, después de que hubiese faltado a una vista de la comisión de investigación constituida para aclarar las acusaciones de «relaciones deshonestas» mantenidas con algunas presas. La única razón por la que la noticia atrajo mi atención fue que Landron Mobley había contratado a Elliot para que le representara en la vista y en el consiguiente juicio por violación. Cuando Elliot llegó, quince minutos más tarde, le comenté el asunto.
– El viejo Landron es un pájaro de cuidado -dijo Elliot-. Al final aparecerá.
– No tiene pinta de ser un cliente de clase alta -le comenté.
Elliot le echó un vistazo a la noticia, después la apartó, aunque pareció darse cuenta de que aquel asunto requería algún tipo de explicación.
– Lo conocí cuando yo era joven, así que me imagino que por eso vino a verme. Además, oye, toda persona tiene derecho a que la representen, no importa si es culpable o no.
Levantó el dedo para llamar a la camarera y pedirle la cuenta. Hubo algo en aquel movimiento, algo demasiado apresurado, que me indicó que Landron Mobley había dejado de ser un tema de conversación entre nosotros.
– Vámonos -me dijo-. Al menos sé dónde está uno de mis clientes.
El Centro de Detención del Condado de Richland estaba al final de John Mark Dial Road, a unos ciento sesenta kilómetros al noroeste de Charleston, en cuyos alrededores abundaban las oficinas de prestamistas de fianzas y de abogados. Se trataba de un complejo de edificios bajos de ladrillo rojo rodeado por dos hileras de vallas rematadas por una alambrada. Las ventanas eran largas y estrechas y daban al aparcamiento y al bosque colindante. La valla interior estaba electrificada.
No había forma de impedir que los medios de comunicación se enterasen de que Atys fuera a salir de forma inminente, así que no me pilló por sorpresa encontrarme en el aparcamiento con un equipo de cámaras de televisión y con un puñado de fotógrafos y de periodistas bebiendo y fumando. Yo me había adelantado y los observé durante unos quince minutos, hasta que apareció el coche de Elliot. En el ínterin no había ocurrido nada emocionante, aparte de un numerito de teatro familiar protagonizado por una esposa infeliz, una mujer pequeña y delicada, que llevaba tacones altos y un traje azul. Había ido allí para recoger a su marido, que había pasado una buena temporada a la sombra. Él tenía sangre en la camisa y manchas de cerveza en los pantalones cuando apareció parpadeando bajo la luz desvaída de la tarde. De repente, su mujer le dio una bofetada y le obsequió con su amplio y obsceno vocabulario. El hombre daba la impresión de querer volver a la cárcel y encerrarse él mismo en la celda, sobre todo cuando vio todas las cámaras y pensó, por un instante, que estaban allí por él.
Los medios de comunicación se abalanzaron sobre Elliot en cuanto salió del coche y le bloquearon el paso, y volvieron a hacer lo mismo, veinte minutos más tarde, cuando salió y atravesó el túnel de alambre que conducía a la zona de recepción de la cárcel, con el brazo echado por encima de los hombros de un joven de piel mulata que mantenía la cabeza gacha y que llevaba una gorra de béisbol con la visera bajada hasta el puente de la nariz. Elliot ni siquiera les honró con un «Sin comentarios». Empujó al joven dentro del coche y salió a toda mecha. Los miembros más sensacionalistas del cuarto poder salieron corriendo hacia sus vehículos para seguirles.
Yo ya estaba preparado. Esperé hasta que Elliot me adelantara y me mantuve detrás de él hasta la carretera de salida, donde di un volantazo y me las ingenié para bloquear los dos carriles. Luego me bajé del coche. La furgoneta de la televisión frenó a un palmo de mi coche y un cámara, vestido con uniforme de camuflaje, se apeó y empezó a gritarme para que me apartase.
Me miré las uñas. Las tenía cortas y cuidadas. Intentaba mantenerlas pulcras. La pulcritud no es algo que se valore en su justa medida.
– ¿No me oyes? Quita el jodido coche del camino -chilló el Combatiente, con el rostro cada vez más rojo.
Detrás de la furgoneta se congregaron los demás periodistas para averiguar el motivo de todo aquel escándalo. Unos jóvenes negros que llevaban unos vaqueros fondones y camisetas Wu Wear salieron de la oficina de un prestamista de fianzas y se pusieron a deambular por allí para disfrutar del espectáculo.
El Combatiente, cansado de gritar en vano, se abalanzó hacia mí como un huracán. Estaba gordo y a punto de entrar en la cincuentena. Su vestimenta le daba un aire totalmente ridículo. Los chicos negros no tardaron en empezar a burlarse de él.
– Oye, GI Joe, ¿dónde está la guerra?
– Vietnam ya se acabó, capullo. Tienes que pasar de eso. No puedes seguir viviendo en el pasado.
El Combatiente les lanzó una mirada de odio puro y duro. Se detuvo a unos treinta centímetros de mí y se inclinó hasta que nuestras narices estuvieron a punto de tocarse.
– ¿Qué coño estás haciendo? -me preguntó.
– Bloquear la carretera.
– Ya lo veo, y se puede saber por qué.
– Para que no puedas pasar.
– No te hagas el listillo conmigo. O mueves el coche o te embisto con la furgoneta.
Por encima de sus hombros vi que algunos guardias salían de la cárcel, quizá con la intención de comprobar a qué venía todo aquel escándalo. Era el momento de irse. Cuando los periodistas enfilasen por la carretera principal ya sería demasiado tarde para que diesen con Elliot y Atys. Aunque localizaran el coche, la presa no estaría dentro.
– De acuerdo -le dije al Combatiente-. Tú ganas.
Se quedó un poco desconcertado.
– ¿Eso es todo?
– Claro.
Movió la cabeza con un gesto de frustración.
– Por cierto… Esos chavales están robando los cacharros que llevas en la furgoneta.
Dejé que el convoy de los medios de comunicación me adelantase y después circulé por Bluff Road, pasé ante la iglesia baptista de Zion Mill Creek y ante la de los United Methodist, hasta que llegué a Campbell's Country Corner, en la intersección de Bluff y Pineview. El bar tenía el tejado de chapa ondulada y rejas en las ventanas. En principio, no parecía muy distinto de la cárcel del condado, salvo por el detalle de que podías tomarte algo y marcharte cuando te diera la gana. Había un cartel que anunciaba CERVEZA FRÍA BARATA, los viernes y los sábados organizaban cacerías de pavos salvajes y era un establecimiento muy popular entre quienes disfrutaban de su primer encuentro en libertad con el alcohol. Un letrero escrito a mano advertía a los clientes de que estaba prohibido entrar con cervezas de la calle.
Giré hacia Pineview, bordeé el bar y una nave, que era un guardamuebles pintada de amarillo, y vi una choza que se levantaba en medio de un jardín cubierto de hierbajos. Detrás de la choza esperaba un GMC 4x4 blanco. Elliot y Atys se montaron en él. El coche de Elliot siguió su camino conducido por otro hombre. Cuando llegué, Elliot salió de donde estaba aparcado y yo lo seguí unos coches por detrás del suyo, mientras conducía por Bluff en dirección a la Interestatal 26. El plan consistía en ir directamente a Charleston para llevar a Jones al piso franco. Así que me llevé una sorpresa cuando vi que Elliot hacía una parada, incluso antes de llegar a la autopista, en el aparcamiento de Betty's Diner, abría la puerta del pasajero y dejaba que Jones se le adelantara y entrase en el restaurante. Aparqué detrás de su coche y entré, intentando parecer indiferente y relajado.