– Estábamos tonteando dentro de mi coche, fuera del Swamp Rat, junto al Congaree. Allí a la gente le trae al fresco lo que hagas, siempre y cuando tengas dinero y no seas un poli.
– ¿Hubo sexo?
– Sí, hubo sexo.
– ¿Con protección?
– Ella tomaba la píldora, y como me hicieron un análisis y… Pero sí, aún quería que me pusiera una goma.
– ¿Te molestaba?
– Tío, ¿tú qué eres, tonto? ¿Has follado alguna vez con una goma? No es lo mismo, es como… -Y fingió un forcejeo con un condón.
– Como meterte en la bañera con los zapatos puestos.
Se rió por primera vez y rompió un poco el hielo.
– Sí, salvo que nunca me pegué un baño tan bueno.
– Sigue.
– Empezamos a discutir.
– ¿Por qué?
– Porque yo creía que se avergonzaba de mí. No quería que la viesen conmigo. ¿Sabes? Siempre follábamos en coches o en mi catre si estaba lo suficientemente borracha como para no importarle. El resto del tiempo pasaba de mí, como si no existiera.
– ¿Llegasteis a las manos?
– No, nunca le pegué. Nunca. Pero ella comenzó a gritar y a insultarme, y lo siguiente que sé es que salió corriendo. Iba a dejar que se fuera, y entonces me dije: «Deja que se relaje». Después la seguí, gritando su nombre… Y la encontré.
Tragó saliva y puso las manos detrás de la cabeza. Estaba a punto de llorar.
– ¿Qué viste?
– Su cara, tío, estaba hecha pedazos. La nariz… Sólo había sangre. Intenté levantarla, intenté quitarle el pelo de la cara, pero estaba muerta. No pude hacer nada por ella. Estaba muerta.
Y entonces empezó a llorar, bombeando la rodilla derecha arriba y abajo como si fuese un pistón, con la pena y la furia que aún reprimía.
– Ya casi hemos acabado -le dije.
Asintió con la cabeza y se secó las lágrimas con un brusco y nervioso tirón del brazo.
– ¿Viste a alguien, a alguien que pudiera habérselo hecho? -No, tío, a nadie.
Y por primera vez mentía. Le miré a los ojos y, un instante antes de responderme, alzó y apartó la mirada.
– ¿Estás seguro?
– Sí, estoy seguro.
– No te creo.
Iba a comenzar a insultarme, pero alargué la mano y levanté un dedo en señal de advertencia.
– ¿Qué viste?
Abrió la boca dos veces y dos veces la cerró sin decir nada. Luego dijo:
– Creo que vi algo, pero no estoy seguro.
– Cuéntame.
Asintió con la cabeza, más para sí mismo que para mí.
– Creí ver a una mujer. Iba vestida toda de blanco y se alejaba entre los árboles. Pero cuando me acerqué y miré, allí no había nada. Pudo ser el río, supongo. El reflejo de la luna…
– ¿Se lo contaste a la policía? En los informes no se menciona nada acerca de una mujer.
– Dijeron que mentía.
Y seguía mintiendo. Me ocultaba algo, pero sabía que no iba a sacarle nada más de momento. Me recosté en el sillón y le pasé los informes policiales. Estuvimos repasándolos durante un rato, pero no vio nada que objetar en ellos, aparte de la culpabilidad implícita que le atribuían.
Se levantó mientras yo volvía a meter los informes en las carpetas. -¿Hemos terminado? -Por ahora.
Antes de llegar a la puerta se detuvo.
– Me llevaron al corredor de la muerte -dijo en voz baja.
– ¿Qué dices?
– Cuando me trasladaban a Richland, fuimos a Broad River y me enseñaron el corredor de la muerte.
El centro estatal en que se realizaban las ejecuciones estaba ubicado en la Institución Penitenciaria de Broad River, en Columbia, muy cerca del centro de recepción y de evaluación. Antes de 1995, en una jugada que combinaba la tortura psicológica con la democracia, a los presos condenados por crímenes capitales les permitían elegir entre la inyección letal o la electrocución. A partir de esa fecha, a todos los demás los ejecutaban con la inyección, como le ocurriría a Atys Jones si el Estado se salía con la suya y le declaraba culpable del asesinato de Marianne Larousse.
– Me dijeron que me amarrarían con correas, tío, y que después me inyectarían veneno y que eso me mataría, pero que no podría moverme ni chillar. Que sería como una asfixia lenta, tío.
Yo no sabía qué decir.
– No maté a Marianne.
– Sé que no lo hiciste.
– Pero, de todos modos, van a matarme.
Su resignación hizo que me estremeciera.
– Podemos evitar que eso ocurra si nos ayudas.
No contestó, sólo negó con la cabeza y regresó a la cocina dando zancadas. Unos segundos más tarde entró Elliot en la habitación.
– ¿Qué opinas? -me preguntó en un susurro.
– Está ocultando algo -le contesté-. Nos lo dirá a su debido tiempo.
– No disponemos de ese tiempo -bramó Elliot.
Mientras le seguía a la cocina, aprecié a través de su camisa cómo contraía los músculos de la espalda y cómo abría y cerraba las manos. Se dirigió a Albert.
– ¿Necesitáis algo?
– Us hab' nuff bittle -dijo Albert. [«Tenemos suficiente comida.»]
– No me refiero sólo a comida. ¿Necesitáis dinero? ¿Una pistola?
La mujer dejó de golpe su vaso en la mesa y señaló a Elliot agitando el dedo índice.
– Don'pit mout on us -le dijo con firmeza. [«Eso trae mal fario.»]
– Creen que tener un arma en casa puede traerles mala suerte -me dijo Elliot.
– Puede que tengan razón. ¿Qué van a hacer si se lía?
– Samuel vive con ellos, y sospecho que a él las armas no le asustan tanto. Les he dado nuestros números de teléfono. Si algo sale mal, nos llamarán a uno de nosotros. Asegúrate de llevar siempre el móvil.
Les di las gracias por la limonada y seguí a Elliot hacia la puerta.
– ¿Me vais a dejar aquí? -gritó Atys~. ¿Con estos dos?
– Dat boy ent hab no mannus -le regañó la vieja-. Dat boy gwi'fuh'e wickitty. -Y empujó a Atys con un dedo-. Debblement weh dat chile lib. [«Este chico no tiene modales. Este chico va a ser castigado. Y más de donde viene la niña.»]
– Déjame en paz -replicó, pero parecía bastante preocupado.
– Pórtate bien, Atys -le dijo Elliot-. Ve la tele y duerme un poco. El señor Parker vendrá a verte mañana.
Atys alzó los ojos para dirigirme una última y desesperada súplica.
– Mierda -dijo-, es posible que de aquí a mañana estos dos me hayan comido.
Cuando le dejamos, la vieja había comenzado a regañarle de nuevo. Fuera nos cruzamos con su hijo, Samuel, que iba de camino a la casa. Era un hombre alto y guapo, de mi edad o un poco más joven, con grandes ojos castaños. Elliot nos presentó y nos estrechamos la mano.
– ¿Algún problema? -le preguntó Elliot.
– Ninguno -confirmó Samuel-. Aparqué fuera de tu oficina. Las llaves están encima de la rueda derecha trasera.
Elliot le dio las gracias y Samuel se dirigió a la casa.
– ¿Seguro que estará a salvo con ellos? -le pregunté a Elliot.
– Son listos, como su hijo, y los vecinos velarán por ellos. Si algún extraño se atreviese a husmear en esta calle, se encontraría con la mitad de los chavales siguiéndole antes de que tuviese oportunidad de dar el primer paso. Mientras esté aquí y nadie lo sepa, se hallará a salvo.
Los mismos rostros nos observaban cuando dejábamos sus calles y pensé que a lo mejor Elliot tenía razón. Quizás estaban al tanto de los extraños que entraban en su barrio.
Sólo que no tenía muy claro que eso bastase para mantener a Atys Jones fuera de peligro.
12
Elliot y yo intercambiamos unas palabras fuera de la casa y después nos fuimos. Pero antes me pasó un periódico que tenía en el asiento trasero del coche.
– Ya que lees los periódicos con tanta minuciosidad, ¿has visto esto?
La noticia estaba camuflada en la sección de sociedad y tenía el siguiente titular: EN MEDIO DE LA TRAGEDIA, CARIDAD. Los Larousse serían los anfitriones de un almuerzo benéfico que iba a celebrarse al final de aquella semana en una de las dos mansiones que poseían, la que se levantaba en los terrenos de una antigua plantación ubicada en la orilla occidental del lago Marion. Con arreglo a la lista de invitados, la mitad de los peces gordos del Estado estarían allí.