– Mek you duh worry so? -me dijo-. Dat po'creetuh, 'e rest. [«¿Por qué te preocupa tanto? Esa pobre criatura está durmiendo.»]
Le di las gracias. Estaba a punto de colgar cuando volvió a hablar.
– Do boy suh'e yent kill de gel, 'e meet de gel so. [«Estoy seguro de que el chico no mató a la chica, que se la encontró así.»]
Tuve que pedirle que lo repitiera dos veces antes de lograr entenderlo.
– ¿Le dijo que no la mató? ¿Ha hablado con él del asunto?
– Uh-huh ax, 'en 'e mek ansuh suh 'e yent do'um. [«Sí, sí, yo le pregunté, seguro que no lo hizo.»]
– ¿Le dijo algo más?
– 'E skay'd. 'E ska-to-det. [«Tiene miedo. Está muerto de miedo.»]
– ¿Miedo de qué?
– De po-lice. De 'ooman. [«De la policía y de la mujer.»]
– ¿Qué mujer?
– De ole people b'leebe sperit walk de nighttime up de Congaree. Dat 'ooman alltime duh fluddub-fedduh. [«La gente mayor cree que hay un espíritu que por las noches recorre el Congaree. Esa mujer a la que todas las noches se la ve a lo lejos vestida de plumas.»]
De nuevo tuve que pedirle que lo repitiera. Al final comprendí que me hablaba de espíritus.
– ¿Está diciéndome que hay una mujer fantasma en el Congaree?
– Ajá -dijo el anciano.
– ¿Y ésa es la mujer que vio Atys?
– Uh yent know puhzac'ly, but uh t'ink so. [«No lo sé exactamente, pero creo que sí.»]
– ¿Sabe quién es?
– No, suh, I cahn spessify, bud'e duh sleep tuh Gawd-acre. [«No podría especificarlo, pero duerme en el acre de Dios.»]
El acre de Dios: el cementerio.
Le pedí que intentase sacarle más información a Atys, porque aún me daba la impresión de que sabía más de lo que contaba. El viejo me prometió intentarlo, pero me dijo que él no era ningún tarrygater.
En ese momento me encontraba en el Barrio Francés, entre East Bay y Meeting. Oía el tráfico a lo lejos, y a veces las voces exaltadas de los juerguistas que se adentraban en la noche, pero en torno a mí no había signo alguno de vida.
Y entonces, cuando pasaba por Unity Alley, oí que alguien cantaba. Era la voz de una niña, y era una voz muy bonita. Cantaba una versión de una vieja canción infantil de la cantante de country Roba Stanley, Devilish Mary, pero parecía como si la niña no supiese la letra entera o como si sólo hubiese decidido cantar su parte favorita, que era el estribillo que se repetía al final de cada estrofa:
A ring-tuma-ding-tuma dairy.
A ring-tuma-ding-tuma dairy.
La niña más bonita que jamás he visto
y su nombre es la Traviesa Mary.
La niña dejó de cantar y salió de la oscuridad del callejón, iluminada en ese momento por los faroles de las casas colindantes.
– ¡Eh! -me dijo-. ¿Tienes fuego?
Me detuve. No pasaría de los trece o catorce años. Llevaba una minifalda negra muy ceñida, sin medias, y una camiseta negra cortada que le dejaba al descubierto la barriga. Tenía las piernas muy blancas, y muy pálida era también su cara. Los ojos emborronados de sombra de ojos y los labios manchados de un carmín rojísimo. Llevaba tacones altos, pero aun así no medía más de metro y medio cuando se apoyó contra la pared. El pelo castaño y despeinado le ocultaba parte de la cara. Daba la impresión de que la oscuridad se movía a su alrededor, como si estuviese debajo de un árbol iluminado por la luna que balanceara con lentitud las ramas al ritmo de la brisa nocturna. Me resultaba extrañamente familiar, en la medida en que una fotografía de infancia puede encerrar los rasgos de la mujer en que acabará convirtiéndose una niña. Presentía que había visto antes a la mujer y que en ese momento veía a la niña que una vez fue.
– No fumo, lo siento -le dije.
Durante unos segundos la observé con detenimiento. Luego seguí mi camino.
– ¿Adónde vas? -me preguntó-. ¿Te gustaría divertirte? Sé de un sitio al que podemos ir.
Dio un paso al frente y comprobé que era incluso más joven de lo que yo había supuesto. La niña apenas parecía tener más de diez años y además había algo en su voz que me desconcertaba. Una voz que sonaba como si fuese más vieja de lo que debiera ser, mucho más vieja.
Abrió la boca y se lamió los labios. Tenía verdosa la raíz de los dientes.
– ¿Cuántos años tienes? -le pregunté.
– ¿Cuántos años te gustaría que tuviese? -Movió los labios con una lascivia paródica, y el tono áspero de su voz se hizo más evidente. Señaló con la mano derecha hacia el callejón-. Vamos ahí abajo. Sé de un sitio al que podemos ir. -Y empezó a subirse lentamente la falda-. Voy a enseñarte…
Me acerqué a ella y exageró la sonrisa, pero se le heló en cuanto la agarré por el brazo.
– Lo mejor será que vayamos a la policía -le dije-. Allí encontrarán a alguien que te ayude.
Había algo raro en su brazo: no era sólido, sino líquido, como un cuerpo pudriéndose. Irradiaba calor, pero ese calor era extremo, y me trajo a la memoria el calor que desprendía el predicador allá en su celda.
La niña siseó, y, con una fuerza y agilidad sorprendentes, se liberó de mi mano.
– ¡No me toques! -farfulló-. Yo no soy tu hija.
Durante unos segundos me quedé paralizado, incapaz de articular palabra. La niña echó a correr callejón abajo y la seguí. Pensé que la alcanzaría con facilidad, pero, de repente, se había alejado unos tres metros, después seis. Avanzaba en una especie de visto y no visto, como si a una película le cortasen fotogramas decisivos a intervalos regulares. Pasó por delante del restaurante McCrady's de manera borrosa, y, cuando estaba cerca de East Bay, se detuvo.
Entonces apareció el coche detrás de ella. Era un Cadillac Coupe de Ville negro, con el parachoques delantero abollado y una grieta en forma de estrella en una esquina del parabrisas oscuro. Una de las puertas de atrás se abrió y una especie de luz oscura se derramó a través de ella y se expandió por el asfalto como si fuera aceite.
– No -le grité-. Aléjate de ese coche.
Volvió la cabeza y miró dentro del Cadillac. Después me miró de nuevo. Sonrió, con los gestos ya borrosos. Las encías difuminándose, los dientes como piedras amarillentas.
– ¡Ven! -me dijo-. Sé de un sitio al que podemos ir.
Se subió al coche, que se puso en marcha con las luces de freno encendidas y se perdió en la oscuridad de la noche.
Pero, antes de que volviese a cerrarse la puerta, vi cómo unas siluetas descendían del coche y caían a la acera como pequeños terrones. Mientras las observaba, se dirigieron a una cucaracha y empezaron a asediarla por todos los flancos, tratando de morderle la cabeza y el vientre, intentando detenerla para así poder empezar a devorarla. Me puse de rodillas y vi la marca característica en forma de violín en el lomo de una de las arañas.
Arañas reclusas marrones. La cucaracha estaba cubierta de arañas reclusas marrones.
Sentí que todo mi organismo se estremecía y una fuerte punzada me asestó en el estómago. Caí de espaldas contra la pared y me abracé a mí mismo, envuelto en una sensación de náusea. El sabor del pato y del arroz me inundaba la boca con cada arcada. Respiré profundamente y mantuve la cabeza gacha. Cuando pude volver a caminar, paré un taxi en East Bay y regresé al hotel.
Ya en la habitación, bebí un poco de agua para refrescarme, pero la fiebre me había subido. Me notaba febril y enfermo. Intenté distraerme viendo la televisión, pero me dolían los ojos por la intensidad de los colores, así que la apagué antes de que las últimas noticias de la noche avanzaran los primeros detalles del asesinato de tres hombres en un bar cerca de Caina, allá en Georgia. Me acosté e intenté dormir, pero el calor me resultaba sofocante incluso con el aire acondicionado funcionando a toda potencia. Vagaba dentro y fuera de la conciencia, sin saber muy bien si estaba despierto o soñando, cuando oí que llamaban a la puerta y vi, a través de la mirilla, la figura de la niñita vestida de negro con los labios pintados.