«Oye, sé de un sitio al que podemos ir.»
Y, cuando intenté abrir la puerta, resultó que tenía en la mano el tirador cromado de un Coupe de Ville. Percibí un hedor de carne putrefacta, cuando oí abrirse la cerradura con un golpe seco.
Y dentro todo eran tinieblas.
13
Habían llegado al motel por separado. El negro alto fue hasta allí en un Lumina de tres años, el blanco bajito llegó más tarde en taxi. Cada uno reservó una habitación doble en plantas distintas. El negro en la planta baja, el blanco en la primera. No se comunicaron entre sí hasta que se marcharon a la mañana siguiente.
En su habitación, el blanco revisó con cuidado su ropa, buscando rastros de sangre, pero no encontró nada. Cuando se convenció de que las prendas estaban limpias, las arrojó encima de la cama y se quedó de pie, desnudo, delante del espejo del pequeño cuarto de baño. Se dio la vuelta despacio, con una leve mueca de dolor, para verse las cicatrices que tenía en la espalda y en los muslos, y escrutó durante un buen rato el recorrido que trazaban en su piel. Se observaba en el espejo sin comprender nada, como si no estuviese mirando su propio reflejo, sino una entidad distinta, algo que había sufrido de un modo terrible y que estaba marcado tanto psíquica como físicamente. Aquel hombre reflejado en el espejo no era él. Él estaba intacto, ileso, y tan pronto como apagó la luz y la habitación quedó a oscuras, pudo huir del espejo y dejar tras de sí al hombre de las cicatrices, de quien ya sólo recordaba su mirada. Se permitió el lujo de fantasear durante unos segundos más y después se envolvió rápidamente en una toalla limpia delante del resplandor del televisor.
El hombre llamado Ángel había sufrido durante toda su vida muchas desgracias. Algunas de ellas, y él lo sabía, podían atribuirse a su propensión natural al robo, a su firme convencimiento de que si un artículo era vendible, movible y susceptible de ser robado, lo normal era que se produjese un traspaso de propiedad en el que él jugaría un papel significativo, aunque efímero. Ángel había sido un buen ladrón, pero no uno de los grandes. Los grandes ladrones no terminan en la cárcel, y Ángel había pasado demasiado tiempo entre rejas como para darse cuenta de que los defectos de su carácter le impidieron convertirse en uno de los hitos legendarios de la profesión que había elegido. Por desgracia, en el fondo también era un optimista, y fue necesario el esfuerzo conjunto de las autoridades carcelarias de dos estados diferentes para ensombrecer su risueña predisposición natural al crimen. Con todo, aquél era el camino que había elegido y aceptó el castigo, dentro de lo que cabe, con bastante ecuanimidad.
Pero había otros aspectos de su vida sobre los que Ángel no tuvo control. No pudo elegir a su madre, que desapareció de su vida cuando él aún gateaba. Una mujer cuyo nombre no aparecía en ninguna licencia de matrimonio y cuyo pasado era tan vacío e impenetrable como los muros de una prisión. Se hacía llamar Marta. Eso era todo lo que sabía de ella.
Y algo aún peor: no había podido elegir a su padre, y su padre había sido un hombre malo, un borracho y un criminal mezquino, de carácter indolente y huraño, que había criado a su único hijo de mala manera, alimentándolo a fuerza de cereales y de comida rápida cuando se encontraba en condiciones de acordarse de hacerlo o bien cuando simplemente estaba de humor. El Hombre Malo. Nunca lo recordaba como padre o papá.
Sólo como el Hombre Malo.
Vivían en un edificio sin ascensor en Degraw Street, en el barrio portuario de Columbia Street, en Brooklyn. A finales del siglo XIX, aquel barrio estuvo habitado por los irlandeses que trabajaban en los muelles cercanos. En la segunda década del siglo XX se les unieron los puertorriqueños y, desde entonces hasta la segunda guerra mundial, Columbia Street se había mantenido más o menos inalterada, pero, cuando el niño nació, la zona había entrado ya en decadencia. La apertura de la autopista Brooklyn-Queens, en 1957, aisló a la clase trabajadora de Columbia de los barrios más ricos de Cobble Hill y Carroll Gardens, y el proyecto de construir en el barrio un puerto comercial para el transporte de contenedores tuvo como consecuencia que muchos residentes lo vendieran todo y se mudasen a otro sitio. Pero el puerto para contenedores no se hizo realidad, ya que la industria naviera se trasladó a Port Elizabeth, en Nueva Jersey, lo que provocó una ola de desempleo en Columbia Street. Las panaderías y las tiendas de comestibles italianas empezaron a cerrar al mismo tiempo que surgían casitas puertorriqueñas por los solares. El niño solitario deambulaba por esa zona, reivindicando los edificios entablados y las casas sin tejado como si fuesen suyas e intentando permanecer fuera del alcance del Hombre Malo y de sus cambios de humor, cada vez más acusados. Tenía muy pocos amigos y atrajo la atención de los chicos más violentos de su edad, de la misma manera que algunos perros peleones se ven atraídos por los de su misma condición, hasta que se quedan para siempre con el rabo entre las patas y las orejas caídas y resulta imposible discernir si su comportamiento es una consecuencia de todos los sufrimientos que han padecido o la razón misma de tales sufrimientos.
El Hombre Malo perdió su trabajo de repartidor en 1964, después de agredir a un activista sindical durante una pelea de borrachos, y se vio de pronto en la lista negra. Unos días más tarde, unos hombres aparecieron por el piso y le golpearon con palos y cadenas. Tuvo suerte de salir sólo con algunos huesos rotos, porque el hombre al que había agredido resultó ser un dirigente sindical sólo nominalmente, y apenas acudía a la oficina que estaba a su cargo. Una mujer, una de las pocas que pasaron por la vida del niño como temporales inesperados, una mujer que dejaba una estela de perfume barato y de humo de cigarrillos, lo cuidó de la peor manera posible y lo alimentó a fuerza de beicon y de huevos fritos en grasa de vaca. Se largó después de una bronca que tuvo una noche con el Hombre Malo, una bronca que congregó a los vecinos en las ventanas y que requirió la presencia de la policía. No hubo ninguna otra mujer después de aquélla, y el Hombre Malo fue hundiéndose en la desesperación y el sufrimiento, arrastrando consigo a su hijo.
El Hombre Malo vendió por primera vez a Ángel cuando éste tenía ocho años. A cambio de su hijo, recibió una caja de whisky Wild Turkey. Cinco horas más tarde, el comprador devolvió a casa al niño envuelto en una manta. Cuando Ángel regresó, el Hombre Malo le dio de comer un plato de cereales Froot Loops y una chocolatina Baby Ruth, como un obsequio muy especial.
Aquel niño, que con el tiempo se convertiría en Ángel, estuvo despierto toda la noche, con la mirada fija en la pared, temeroso dé parpadear por si acaso en ese instante de ceguera volvía el hombre. Temeroso de moverse por el dolor que sentía en aquella zona baja de su cuerpo.
Incluso en ese instante, mirando hacia atrás en el tiempo, Ángel no podía recordar con exactitud cuántas veces tuvo que soportar aquello, salvo que las transacciones tenían lugar cada vez con mayor frecuencia, que el número de botellas era progresivamente menor y que el montoncito de billetes también iba disminuyendo. Cuando tenía catorce años, después de que el Hombre Malo le hubiese infligido diversos castigos severos por varios intentos de fuga, se coló en una confitería que había en Union Street, sólo a un par de manzanas del distrito policial Setenta y Seis, y robó dos cajas de chocolatinas Baby Ruth. Las fue devorando en un solar de Hicks Street, hasta que vomitó. Cuando la policía lo encontró, tenía tantos retortijones que apenas podía andar. Lo condenaron a dos meses en un correccional de menores por los desperfectos causados al colarse en la tienda y también porque el juez quería dar un castigo ejemplar a alguien en vista del incremento de la delincuencia juvenil que se estaba produciendo en aquel barrio deprimido. Al salir, el Hombre Malo lo esperaba en la puerta. Cuando llegó al sucio apartamento de piedra caliza roja que compartía con su padre, había dos hombres que fumaban sentados.