Ángel tragó saliva. De repente, le dio la impresión de que el televisor pesaba el doble.
– ¿Te gusta la música country? -le preguntó el tipo mientras alcanzaba el mando a distancia para encender el reproductor de discos compactos.
– Ni pizca -le contestó Ángel.
De los altavoces salió la voz de Gram Parsons, cantando We'll Sweep Out the Ashes in the Morning.
– Entonces vas de culo.
– Dímelo a mí -susurró Ángel.
El hombre medio desnudo se acomodó en un sillón de piel, se ajustó cuidadosamente la toalla y apuntó al desventurado ladrón con la pistola.
– No -le dijo-. Dímelo tú…
El hombre llamado Ángel, sentado en la penumbra, pensaba en todas esas cosas, en los acontecimientos aparentemente azarosos que le habían llevado a aquel lugar.
En su memoria resonaron las últimas palabras de Clyde Benson, las que pronunció poco antes de que Ángel lo matara.
«-He hecho las paces con el Señor.
»-Entonces no tienes que preocuparte de nada.»
Había pedido clemencia, pero no la obtuvo.
Porque, durante la mayor parte de su vida, Ángel había estado a merced de los demás: su padre, los hombres que lo llevaban a escondites y a apartamentos que apestaban a sudor, el guardia Hyde en Attica y el preso Vance en Rikers, que había decidido que la existencia de Ángel era un insulto intolerable, hasta que alguien intervino y se aseguró de que Vance dejara de ser un peligro para Ángel y para cualquiera.
Y entonces se encontró con ese hombre, el hombre que en aquel momento estaba sentado en una habitación debajo de la suya, y podría decirse que para él comenzó una vida nueva, una vida en la que nunca más sería una víctima, una vida en la que nunca más estaría a merced de nadie, y casi empezó a olvidar los acontecimientos que le habían hecho ser lo que era.
Hasta el momento en que Faulkner lo encadenó a la barra de la ducha y empezó a cortarle la piel de la espalda, con la ayuda de su hijo y de su hija, que mantenían inmovilizada a la víctima, ella lamiéndole a Ángel el sudor de la frente y él ordenándole silencio en voz baja cuando Ángel gritaba bajo la mordaza. Recordaba el roce de la cuchilla, su frialdad, la presión que hacía sobre la piel antes de penetrar en la carne y desgarrarla. Todos los viejos fantasmas regresaron aullando, todos los recuerdos, todo el sufrimiento, y sintió en su paladar el sabor de una chocolatina.
Sangre y chocolatinas.
En cierto modo, era un superviviente.
Pero Faulkner también estaba vivo todavía, y aquello le resultaba insoportable.
Para que Ángel pudiese vivir, Faulkner tenía que morir.
¿Y qué hay de ese otro hombre, el tranquilo y pausado varón negro que tiene ojos de asesino?
Cada vez que miraba a su compañero, ya fuese vestido o desnudo, la cara de Louis permanecía estudiadamente impasible, pero se le revolvían las tripas cuando las enmarañadas cicatrices de la espalda y de los muslos quedaban al descubierto y cuando el otro hombre se detenía durante un instante para dosificar el dolor que le causaba el simple hecho de ponerse una camisa o unos pantalones, con la frente cubierta de sudor. Al principio, durante las primeras semanas después de que saliera del hospital, Ángel simplemente se negaba a quitarse la ropa y se quedaba tumbado boca abajo, vestido del todo, hasta que había que cambiarle el vendaje. Casi nunca hablaba de lo que le sucedió en el refugio del predicador, aunque aquello le amargaba las horas diurnas y le eternizaba las nocturnas.
Louis sabía mucho más del pasado de Ángel que lo que su compañero había logrado averiguar del suyo, ya que Louis mostraba una reticencia a revelar aspectos de su vida que iba más allá de la mera preservación de la intimidad. Pero Louis entendía hasta cierto punto el sentimiento de violación que en aquel momento invadía a Ángel. La violación, el dolor infligido por alguien más viejo y más fuerte que él, era algo que Ángel había dejado atrás hacía tiempo, sellado en un cofre lleno de manos poderosas y de chocolatinas. Pero parecía como si el precinto se hubiese roto y el pasado se estuviese escapando como un gas tóxico que envenenaba el presente y el futuro.
Ángel tenía razón: Parker debió haber quemado al predicador cuando tuvo la oportunidad. En vez de eso, había elegido un camino alternativo y menos seguro al manifestar su fe en la fuerza de la ley, mientras que una pequeña parte de él, la parte que había matado en el pasado y -Louis estaba seguro de eso- que volvería a matar en el futuro, reconocía que la ley nunca condenaría a un hombre como Faulkner, porque sus actos iban mucho más allá de la lógica de la ley, ya que afectaban a mundos pretéritos y a mundos por venir.
Louis creía saber por qué Parker había actuado de la manera en que actuó, sabía que le había perdonado la vida al predicador inerme porque de lo contrario se hubiera rebajado al nivel del viejo. Había optado por dar unos primeros pasos vacilantes hacia una forma inconcreta de salvación, más allá de los deseos y quizás incluso de las necesidades de su amigo Ángel, y Louis no se sentía con derecho a culparle por ello. Ni siquiera Ángel le culpaba: sólo deseaba que las cosas hubiesen sido de otra manera.
Pero Louis no creía en la salvación, o si creía en ella, vivía con la certeza de que su luz no resplandecería para él. Si Parker era un hombre atormentado por su pasado, Louis era un hombre resignado con respecto al suyo, un hombre que aceptaba la realidad, si no la necesidad, de todo lo que había hecho, y que aceptaba el requisito de que inevitablemente tendría que rendir cuentas por ello. De vez en cuando recordaba su vida pasada e intentaba delimitar el momento en que el camino se bifurcó, el momento preciso en que eligió abrazar la belleza incandescente de la crueldad. Se veía a sí mismo como un muchacho delgado en una casa llena de mujeres, con sus risas, con sus bromas en torno a cuestiones sexuales, con sus rezos, con sus momentos de recogimiento y de paz. Y después caía la sombra, y aparecía Deber, y sobre nosotros descendía el silencio.
No sabía cómo su madre había dado con un hombre como Deber, y, menos aún, cómo había soportado, durante tanto tiempo, su presencia, aunque se tratase de una presencia intermitente. Deber era un hombre bajo y pobre, con la piel oscura picada alrededor de las mejillas, un vestigio de los perdigones que le habían disparado cerca de la cara cuando era niño. Al cuello llevaba colgado de una cadena un silbato de metal que utilizaba para avisar a la cuadrilla de trabajadores negros de la que era capataz de que había acabado el descanso. También lo utilizaba para imponer disciplina en la casa, para convocar a la familia a la hora de la cena, para exigir que el niño hiciese trabajos domésticos o para castigarle y para reclamar que la madre del niño se fuese a la cama con él. Y ella dejaba lo que estaba haciendo y atendía, sumisa, el toque del silbato, y el muchacho se tapaba los oídos para no oír los sonidos que atravesaban las paredes. Un día, después de que Deber hubiese estado ausente durante muchas semanas y de que una placentera paz se instalara en la casa, llegó, se llevó a la madre del muchacho y nunca más volvieron a verla con vida. La última vez que el hijo vio la cara de su madre fue cuando cerraron el ataúd. El maquillaje mortuorio era espeso en torno a los ojos y detrás de las orejas, allí donde se apreciaban las señales de violencia. Se dijo que un extraño la había asesinado. Los amigos de Deber le proporcionaron a éste una coartada irrefutable. Deber estuvo todo el tiempo junto al ataúd y aceptó el pésame de aquellos que tenían demasiado miedo de no dar la cara en aquel trance.
Pero el muchacho lo sabía y las mujeres también. Con todo, Deber regresó un mes más tarde y, aquella misma noche, se llevó consigo a la tía del niño al dormitorio. El muchacho se mantuvo despierto, oyendo los gemidos y las palabrotas, el lloriqueo de la mujer y aquel grito de dolor que Deber sofocó tapándole la boca con la almohada. Y cuando la luna llena todavía brillaba débilmente sobre las aguas del lago que había detrás de la casa, oyó abrirse una puerta, se asomó a la ventana y vio cómo su tía se dirigía al lago para borrar de su piel el rastro del hombre que en aquel momento dormía en la habitación. Luego se hundió en el lago manso y empezó a llorar.