A la mañana siguiente, cuando Deber se marchó y las mujeres estaban ocupadas en sus quehaceres domésticos, el muchacho vio la sangre en las sábanas revueltas y tomó una decisión. Tenía quince años, pero sabía que la ley no estaba hecha para proteger a las negras pobres. Había en él una inteligencia que estaba por encima de su experiencia y de su edad, pero también había algo más, algo que Deber había comenzado a presentir, porque él tenía dentro de sí algo similar, aunque menos intenso y sofisticado. Se trataba de un potencial para la violencia, de unas aptitudes letales que, muchos años después, harían que un viejo temiese por su vida en una gasolinera. El muchacho, a pesar de su delicada belleza, representaba para Deber una amenaza creciente que con el tiempo tendría que resolver. A veces, cuando Deber regresaba del trabajo y se sentaba en la escalera del porche a repujar con su navaja un trozo de madera, el muchacho se daba cuenta de cómo lo miraba y, con la insensatez propia de la juventud, le mantenía la mirada, hasta que Deber sonreía y miraba para otro lado, con la navaja en la mano y los nudillos blancos de ejercer presión sobre el arma.
Un día, el muchacho observaba a Deber, que se encontraba en el límite de la arboleda, cuando le ordenó por señas que se acercase. Tenía un cuchillo curvo en la mano y los dedos manchados de sangre. Le dijo que había pescado unos peces para él y que necesitaba que el muchacho le echase una mano para destriparlos. Pero el muchacho no se acercó y notó cómo se endurecía el gesto de Deber al comprobar que se alejaba. Agarró el silbato que le colgaba del cuello, se lo llevó a la boca y sopló. Era la llamada. Todos la oyeron y acudieron de inmediato, pero en aquella ocasión el muchacho adivinó la intención de aquella llamada y no acudió. En vez de eso, echó a correr.
Aquella noche el muchacho no regresó a casa, sino que se quedó a dormir entre los árboles y dejó que los mosquitos le picasen, aunque Deber se mantuvo de pie en el porche y sopló el silbato inútilmente, una vez y otra vez y otra, rompiendo la tranquilidad de la noche con aquel anuncio de castigo inexorable.
Al día siguiente, el muchacho no acudió a la escuela porque estaba convencido de que Deber iría a buscarlo y se lo llevaría, de la misma manera que se había llevado a su madre, aunque esa vez no habría que enterrar ningún cuerpo, ni himnos al lado de la tumba, sólo un manto de hierba y lodo, y un revoloteo de pájaros, y bestias removiendo el terreno en busca de alimento. De modo que se quedó escondido en el bosque y esperó.
Deber había estado bebiendo. El muchacho lo olió en cuanto entró en la casa. La puerta del dormitorio estaba abierta y oyó cómo roncaba. Pensó que en ese momento podría matarlo, cortándole la garganta mientras dormía. Pero lo detendrían y lo declararían culpable, y era posible que también acusaran a las mujeres. No, pensó el muchacho, era mejor continuar con el plan que había trazado.
Unos ojos blancos surgieron de la oscuridad y su tía, con sus pequeños pechos al aire, se quedó mirándolo fijamente y en silencio. Él se llevó el dedo a los labios y le señaló el silbato que estaba sobre la mesilla de noche. Con mucho sigilo, para no despertar al durmiente, ella pasó el brazo por encima de Deber y alcanzó la cadena del silbato, que hizo un leve ruido al resbalar por la madera, pero Deber, hundido en su sueño alcohólico, no se inmutó. El muchacho alargó la mano y la mujer dejó caer en ella el silbato. Luego el muchacho se fue.
Aquella noche se coló de manera furtiva en la escuela. Era una buena escuela para lo que había en la zona, una escuela excepcionalmente bien equipada, ya que contaba con un gimnasio, con un campo de fútbol y con un pequeño laboratorio científico. Estaba subvencionada por un vecino que se dedicaba a realizar obras benéficas en la ciudad. El muchacho se dirigió con cautela al laboratorio y, una vez allí, se dispuso a tomar los ingredientes que necesitaba: cristales de yodo sólido, hidróxido de amoniaco concentrado, alcohol y éter, todos ellos ingredientes básicos que se hallan en cualquier laboratorio escolar. Había aprendido a usarlos a fuerza de aciertos y a veces de errores lamentables, gracias a pequeños hurtos y al apoyo de la voraz lectura de ciertos textos. Con mucho cuidado, mezcló los cristales de yodo y el hidróxido de amoniaco para conseguir un pardusco bióxido de mercurio, luego lo filtró a través de un papel y lo aclaró, primero con alcohol y luego con éter. Por último, envolvió escrupulosamente la sustancia y la vertió en un vaso de precipitación. Era nitruro de yodo, un sencillo compuesto que había encontrado en uno de los viejos libros de química que se hallaban en la biblioteca pública.
Empleó una olla de vapor para desgajar en dos el silbato de metal. Luego, con las manos húmedas, rellenó de nitruro de yodo aproximadamente la cuarta parte de cada una de las dos piezas del silbato. Sustituyó la bolita del silbato por una bolita compacta de papel de lija. Luego, con mucho esmero, pegó las dos mitades del silbato antes de regresar a casa. Su tía aún estaba despierta. Intentó quitarle el silbato, pero él negó con la cabeza, y al ponerlo sobre la mesilla le llegó el aliento de Deber. Cuando el muchacho salió, iba riéndose para sus adentros. «Esto es sólo el principio», pensó.
A la mañana siguiente, Deber se levantó temprano, según era su costumbre, y salió de la casa con la bolsa de papel de estraza en la que llevaba la comida que las mujeres le dejaban preparada. Aquel día tuvo que recorrer unos ciento treinta kilómetros para emprender un nuevo trabajo y el nitruro de yodo estaba seco como el polvo cuando se llevó el silbato a la boca por última vez y sopló. La bolita de papel de lija produjo la fricción necesaria para activar la rudimentaria carga explosiva.
Interrogaron al muchacho, por supuesto, pero él había limpiado el laboratorio y se había lavado las manos con lejía y agua para borrar el rastro de todas las sustancias que había manipulado. El muchacho tenía una coartada: aquellas mujeres temerosas de Dios juraron que el chico había estado con ellas el día antes, que no había salido de casa durante toda la noche, porque, de ser así, lo hubieran oído; que, de hecho, Deber había perdido el silbato unos días atrás y que estaba desesperado por encontrarlo, ya que para él era una especie de tótem, su amuleto de la suerte. La policía lo tuvo retenido durante todo un día. Le pegaron, aunque sin emplearse demasiado a fondo, para ver si se venía abajo, y al final lo dejaron libre, ya que había trabajadores descontentos, maridos celosos y enemigos humillados que esperaban su turno.
Después de todo, se trataba de una bomba en miniatura que le había destrozado la cara a Deber. Una bomba diseñada para que Deber, y sólo Deber, fuese víctima de la explosión. Aquello no podía ser obra de un muchacho.
Deber murió dos días más tarde.
Y, según la gente, fue una bendición que muriera.
En su habitación, Louis veía impasible en el programa de televisión por cable las últimas noticias en torno al descubrimiento de los cuerpos y a un perplejo Virgil Gossard disfrutando de sus quince minutos de fama, con la cabeza vendada y con los dedos aún manchados de orina. Una portavoz de la policía comunicó que estaban siguiendo unas pistas inequívocas y ofreció una descripción del viejo Ford. Louis frunció levemente el ceño. Le pegaron fuego al coche en un campo que se encontraba al oeste de Allendale y luego se dirigieron al norte en un Lumina del que nadie sospecharía antes de separarse en las afueras de la ciudad. Si descubrían el Ford y lo relacionaban con los asesinatos, eso no proporcionaría ninguna pista, puesto que estaba montado con las piezas desguazadas de media docena de vehículos, hecho para usar y tirar. Lo que le preocupaba era que alguien los hubiera visto abandonar el coche, y que diera una descripción de ellos. Aquellos temores se disiparon en parte, aunque no se libró del todo de ellos, cuando la portavoz policial informó de que seguían el rastro de un negro y de al menos otra persona más en relación con los hechos.