Mientras conducía por King Street, los autobuses turísticos circulaban por mi lado y las explicaciones de los guías se alzaban sobre el ruido del tráfico. King Street siempre ha sido el centro comercial de Charleston y, calle abajo del Charleston Place, hay varias tiendas bastante buenas destinadas casi exclusivamente a turistas. Pero cuando uno se dirige hacia el norte, las tiendas ofrecen artículos más útiles y los restaurantes son un poco más caseros. Se ven más caras negras y más hierbajos en las aceras. Pasé Wha Cha Like y Honest John's, una tienda de discos que es a la vez taller de reparación de televisores. Tres jóvenes blancos con uniforme gris, cadetes de la Academia Militar de Citadel, marchaban en silencio por la acera. Su existencia misma era un vestigio del pasado de la ciudad, porque Citadel debía su origen a la revuelta fallida de esclavos alentada por un joven liberto llamado Denmark Vesey para abolir la esclavitud en Charleston, así como al convencimiento de la ciudad de que era necesario proveerse de un buen arsenal para protegerse de futuras sublevaciones. Me detuve para dejarles cruzar, después giré a la izquierda en Morris Street y aparqué enfrente de una iglesia baptista. Un negro, sentado en los escalones que conducían al portal de la pensión de Tereus, me miraba mientras comía algo que parecían cacahuetes y que sacaba de una bolsa de papel de estraza. Me ofreció la bolsa mientras me acercaba a la escalera.
– ¿Quieres un goober?
– No, gracias.
El goober resultó ser una especie de cacahuete hervido con la cáscara. Lo chupas durante un tiempo y después lo cascas para abrirlo y te comes lo de dentro, que está blando y picante a causa de la cocción.
– ¿Eres alérgico?
– No.
– ¿Cuidas la línea?
– No.
– Entonces toma un maldito goober.
Hice lo que me dijo, aunque no me gustan mucho los cacahuetes. Estaba tan picante que se me saltaron las lágrimas y tuve que aspirar aire para enfriarme la boca.
– Pica -comenté.
– ¿Qué creías? Te dije que era un goober.
Me escudriñó como si yo fuera bobo. Puede que estuviera en lo cierto.
– Busco a un hombre llamado Tereus.
– No está.
– ¿Sabes dónde podría encontrarlo?
– ¿Por qué lo buscas?
Le enseñé mi identificación.
– Vienes de muy lejos -me dijo-. Muy lejos.
Aún no me había dicho dónde podría encontrar a Tereus.
– No tengo intención de perjudicarle, ni tampoco quiero causarle problemas. Él ayudó a un joven que es cliente mío. Cualquier cosa que Tereus pueda decirme significaría la vida o la muerte para ese chico.
El viejo me estudió detenidamente. No tenía dientes y se tragaba los goobers haciendo un chasquido salivoso con los labios.
– Bueno, la vida o la muerte. Eso es algo muy serio -comentó con un ligero deje burlesco. Quizá tenía motivos para reírse de mí. Pues todo lo que yo decía parecía sacado de una telenovela de sobremesa.
– ¿Crees que exagero?
– Más o menos -dijo y asintió con la cabeza.
– Bueno, aun así, se trata de un asunto bastante grave. Es importante que hable con Tereus.
El goober se ablandó lo suficiente como para morder el fruto y escupió escrupulosamente la cáscara en su mano.
– Tereus trabaja cerca de Meeting, en uno de esos bares en que las tías enseñan las tetas -me dijo con una sonrisa burlona en los labios-. Pero no se quita la ropa.
– Eso me tranquiliza.
– Limpia el local -continuó-. Es el que limpia la leche que echan los tíos.
Soltó una carcajada y se dio una palmada en el muslo, después me dijo el nombre del club: LapLand. Le di las gracias.
– No es asunto mío, pero veo que aún sigues chupando el goober -me dijo cuando estaba a punto de irme.
– Si te soy sincero, no me gustan los cacahuetes -confesé.
– Ya lo sabía. Sólo quería comprobar si eres educado y aceptas lo que te ofrecen.
Con discreción, escupí el cacahuete en mi mano y lo tiré en la papelera más cercana. Lo dejé riéndose para sus adentros.
La peña deportiva de la ciudad de Charleston había estado de celebraciones desde el día en que llegué a la ciudad. Aquel fin de semana, los Gamecocks de Carolina del Sur pusieron fin a una racha de mala suerte, que duraba ya veintiún partidos consecutivos, tras ganar al New Mexico State por 31 a 0 ante ochenta y un mil aficionados hambrientos de victoria, ya que habían pasado más de dos años desde la última vez que los Gamecocks ganaran a Ball State por 38 a 20. Incluso el quarterback del equipo, Phil Petty, que durante toda la temporada anterior no parecía capaz de capitanear ni siquiera a un grupo de ancianos en el baile de la conga, lanzó dos tiros que acabaron en ensayo, completó diez pases de un total de dieciocho intentos y avanzó ochenta y siete yardas. Los tristes garitos de striptease y los clubes para hombres de Pittsburg Avenue seguro que habían hecho su agosto durante los últimos días. Uno de los clubes ofrecía que te lavaran el coche chicas desnudas (Oye, práctico y divertido), mientras que otro intentaba captar a clientes distinguidos por el método de denegar el acceso a todo aquel que llevase vaqueros o zapatillas de deporte. No daba la impresión de que LapLand tuviese tantos escrúpulos. El aparcamiento estaba lleno de socavones cubiertos de agua. Bastantes coches se las habrían tenido que apañar para salir de allí sin dejarse una rueda en el fango. El club mismo era una mole de hormigón de una sola planta pintada con diversos tonos de azuclass="underline" azul pornográfico, azul de stripper triste y azul violáceo, y en el centro tenía una puerta de acero pintada de negro. Del interior salía el sonido amortiguado de You Aint't Seen Nothin' Yet, de Bachman-Turner Overdrive. El hecho de que un grupo como ése sonara en un local de striptease había que entenderlo como un síntoma de que el negocio no iba bien.
El interior era tan oscuro como las intenciones de un donante del Partido Republicano, excepción hecha de una franja de luz rosa que alumbraba la barra y de unos focos parpadeantes que iluminaban el pequeño escenario central, donde una chica con piernas de gallina y muslos de piel de naranja agitaba sus pequeños pechos delante de un puñado de borrachos embelesados. Uno de ellos metió un dólar en una media de la bailarina y aprovechó la oportunidad para echarle mano a la entrepierna. La chica se apartó, pero nadie hizo por echarlo del local ni por darle una patada en la cabeza. Estaba claro que el LapLand alentaba más de lo debido a los clientes a mantener relaciones con las bailarinas.
Sentadas a la barra, bebiéndose un refresco con pajita, había dos mujeres que sólo llevaban un sujetador y un tanga de encaje. Mientras yo intentaba no tropezar con las mesas en la oscuridad, la mayor de ellas, una negra de pechos grandes y de piernas largas, se me acercó.
– Soy Lorelei. ¿Quieres algo, encanto?
– Un refresco y lo que tú tomes.
Le di un billete de diez dólares y se fue moviendo las caderas en atención a mí.
– Ahora mismo vuelvo -me aseguró.
Fiel a su promesa, se materializó un minuto más tarde con un refresco caliente, su copa y nada de cambio.
– Sí que es caro esto -comenté-. Quién lo hubiera imaginado.
Lorelei alargó la mano y me la puso en la cara interior del muslo. Luego deslizó los dedos a través de él, hasta que el dorso de su mano me rozó la entrepierna.
– Tienes lo que pagas -me dijo-. Después habrá más.
– Busco a una persona -le dije.
– Encanto, la has encontrado.
Lo dijo con un susurro que podría pasar por sensual tratándose de un erotismo de pago, sobre todo si te sale barato. Me dio la impresión de que el LapLand jugueteaba peligrosamente con la prostitución. Se inclinó sobre mí para que apreciara sus pechos a capricho. Pero yo, como buen boy scout, aparté la mirada y me puse a contar las botellas de licor barato y aguado que había alineadas por encima de la barra.