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– No estás mirando el espectáculo -me dijo.

– Tengo la tensión alta y el médico me ha aconsejado que procure no excitarme demasiado.

Sonrió y me pasó la uña por la mano. Me dejó una marca blanca. Levanté la vista al escenario y vi a una chica desde un ángulo que incluso a su ginecólogo era probable que le resultara inédito. La dejé con lo suyo.

– ¿Te gusta? -me preguntó Lorelei, y señaló a la bailarina.

– Parece una chica divertida.

– Yo también puedo ser una chica divertida. ¿Buscas diversión, encanto?

Apretó con más fuerza el dorso de su mano contra mi entrepierna. Tosí y le aparté discretamente la mano.

– No, yo soy un chico bueno.. -Vale, pero yo soy malaaaaa.

La situación me resultaba ya un poco monótona. Lorelei parecía empeñada en darle la vuelta a todo cuanto yo decía.

– La verdad es que no soy lo que se dice un tipo divertido. No sé si me entiendes.

Fue como si sus ojos la delataran de repente. Había inteligencia en ellos: no sólo revelaban esa astucia mezquina propia de una mujer que procura ligarse a los clientes en un garito de striptease de mala muerte, sino también ingenio y vivacidad. Me preguntaba cómo era capaz de mantener aislados los dos polos de su personalidad sin que uno invadiera al otro y lo envenenara para siempre.

– Te entiendo. ¿Qué eres? No eres un poli. ¿Un agente judicial quizás, o un cobrador de morosos? Tienes toda la pinta. Debería haberlo sabido, los he visto a patadas.

– ¿Qué pinta tengo?

– La pinta de ser un pájaro de mal agüero para los pobres. -Se calló y volvió a evaluarme durante un momento-. No, pensándolo bien, me parece que eres un pájaro de mal agüero para casi todo el mundo.

– Como te decía, busco a una persona.

– Vete a tomar por culo.

– Soy detective privado.

– ¡Oh! Mira al hombre malo. No puedo ayudarte, encanto.

Hizo ademán de levantarse, pero le rodeé con suavidad la cintura y puse dos billetes de diez dólares sobre la mesa. Se detuvo e hizo señas al camarero, que había empezado a olerse algún tipo de conflicto y que ya se disponía a avisar al gorila de la puerta. Continuó sacándole brillo a los vasos, pero no apartaba los ojos de nuestra mesa.

– Vaya, dos de diez -dijo Lorelei-. Con eso podré comprarme un conjunto nuevo.

– Dos, si se trata de la clase de modelito que llevas.

No lo dije con sarcasmo, y una pequeña sonrisa suya rompió el hielo. Le enseñé mi licencia. La cogió y la examinó con atención antes de dejarla sobre la mesa.

– De Maine. Parece auténtica. Felicidades. -Iba a hacerse con los billetes, pero mi mano fue más rápida que la suya.

– No, no. Primero habla, después el dinero.

Volvió a echar un vistazo a la barra y se retrepó con desgana en la silla. Sus ojos parecían taladrarme el dorso de la mano para ver los billetes que tenía debajo de ella.

– No he venido para causar problemas, sólo quiero hacer algunas preguntas. Estoy buscando a un tipo llamado Tereus. ¿Sabes si está ahora aquí?

– ¿Para qué lo buscas?

– Ayudó a un cliente mío y quiero darle las gracias.

Se rió sin ganas.

– Sí, claro. Si tienes una recompensa, puedes dármela a mí. Yo se la daré. Mira, tío, no me jodas. Puede que esté aquí sentada enseñando las tetas, pero no me tomes por tonta.

Me recliné en la silla.

– No creo que seas tonta, y te estoy diciendo la verdad: Tereus ayudó a mi cliente. Habló con él en la cárcel y sólo quiero saber por qué lo hizo.

– Porque ha encontrado al Señor, ésa es la razón. Incluso intentó convertir a algunos de los puteros que vienen por aquí, hasta que Handy Andy lo amenazó con abrirle la cabeza.

– ¿Handy Andy?

– El encargado de este sitio. -Hizo un gesto con la mano que simulaba una colleja-. ¿Me entiendes?

– Te entiendo.

– ¿Vas a causarle más problemas a ese hombre? Ha sufrido lo suyo. No necesita más.

– No habrá más problemas. Sólo quiero charlar.

– Entonces dame los veinte dólares. Sal afuera y espera detrás. Enseguida se reunirá contigo.

Por un momento, le mantuve la mirada e intenté averiguar si mentía, y, aunque no estaba del todo seguro, solté los billetes. Los agarró, se los metió dentro del sujetador y se fue. Vi que intercambiaba unas palabras con el camarero. Después salió por una puerta que tenía un rótulo que rezaba SÓLO BAILARINAS E INVITADOS. Sabía lo que había detrás: un camerino sucio, un cuarto de baño con la cerradura rota y un par de habitaciones equipadas sólo con sillas, con algunos condones y con una caja de pañuelos de papel. Después de todo, quizá no fuese tan inteligente.

La bailarina que estaba en el escenario terminó su número, recogió la ropa interior y se dirigió a la barra. El camarero anunció a la siguiente bailarina y apareció una niña bajita que tenía el pelo moreno y la piel cetrina. Aparentaba dieciséis años. Uno de los borrachos dio alaridos de placer en el mismo momento en que Britney Spears cantaba que la golpearan una vez más.

Había empezado a llover. La lluvia distorsionaba la silueta de los coches y la gama de colores del cielo se reflejaba en los charcos. Di la vuelta al local hasta llegar a un contenedor de escombros que estaba medio lleno de basura y rodeado de barriles de cerveza vacíos y montones de cajas de botellas también vacías. Oí pasos a mi espalda y, cuando me volví, me topé con un hombre que desde luego no era Tereus. El tipo medía más de metro noventa y era fornido como un jugador de rugby. Tenía la cabeza rapada y en forma de huevo, y los ojos pequeños. Estaría a punto de cumplir los treinta. Un pendiente de oro brillaba en su oreja izquierda y lucía una alianza en uno de sus grandes dedos. El resto quedaba oculto bajo una ancha sudadera azul y un pantalón de chándal gris.

– Quienquiera que seas, te doy diez segundos para sacar el culo de mi propiedad -me amenazó.

Suspiré. Estaba lloviendo y no llevaba paraguas. Ni siquiera llevaba chaqueta. Me encontraba en el aparcamiento de un garito de striptease de tercera categoría, amenazado por un maltratador de mujeres. Dadas las circunstancias, sólo podía hacer una cosa.

– Andy -le dije-. ¿No te acuerdas de mí?

Frunció el ceño. Di un paso adelante con las manos abiertas y le propiné una patada, todo lo fuerte que pude, en la entrepierna. No emitió ningún sonido, aparte de la ráfaga de aire y saliva que salió de su boca mientras se desplomaba. Acabó apoyando la cabeza en la grava y le vinieron arcadas.

– Ahora sí que no volverás a olvidarme.

Se le notaba el bulto de una pistola en la espalda y se la quité. Era una Beretta de acero inoxidable. Daba la impresión de que nunca la había usado. La arrojé al contenedor de escombros, ayudé a Handy Andy a ponerse de pie y lo dejé apoyado contra la pared, con la cabeza calva moteada de gotas de lluvia y los pantalones del chándal empapados de agua sucia desde la rodilla hasta el tobillo. Cuando se hubo recuperado un poco, apoyó las manos en las rodillas y me miró.

– ¿Quieres intentarlo de nuevo? -me susurró.

– Ni loco -le respondí-. Sólo funciona la primera vez.

– ¿Qué haces cuando te piden un bis?

Saqué la gran Smith 10 de la funda y dejé que le echase un buen vistazo.

– Un bis. Cae el telón. El teatro se cierra.

– Un gran hombre con una pistola.

– Lo sé. Mírame.

Intentó erguirse, pero se lo pensó mejor y continuó con la cabeza gacha.

– Mira -le dije-, esto no tiene por qué resultar difícil. Hablo y me voy. Fin de la historia.