– No. ¿Qué es eso?
Volvió a mirarse una vez más los pies y las marcas de los tobillos.
– El quinto día que me ataron al poste vi el Camino Blanco. El asfalto relucía y después era como si alguien hubiese vuelto el mundo del revés. La oscuridad se hizo luz, lo negro se volvió blanco. Y yo veía el camino ante mí, y a los hombres que seguían picando piedras, y a los carceleros armados que escupían el tabaco mascado.
Hablaba como un predicador del Antiguo Testamento, con la mente repleta de visiones y casi enloquecido por las horas pasadas bajo el sol abrasador, con el cuerpo desvanecido en el poste de madera y la piel desgarrada por las ataduras.
– … Y también vi a los otros -prosiguió-. Vi figuras que se movían entre ellos, figuras de mujeres y de niñas, de jóvenes y de ancianos, y figuras de hombres con sogas alrededor del cuello y con balazos en el cuerpo. Vi a soldados y a los jinetes de la noche, y a mujeres vestidas con trajes muy hermosos. Los vi a todos, señor, a los vivos y a los muertos, todos juntos por el Camino Blanco. Creemos que se han ido, pero aún esperan. Todo el tiempo están a nuestro lado, y no descansan hasta que se hace justicia. Señor, ése es el Camino Blanco. Es el lugar donde se hace justicia, donde los vivos y los muertos caminan juntos.
A continuación se quitó las gafas de cristales ahumados y me di cuenta de que algo se había transformado en sus ojos, debido tal vez a la exposición al sol. El azul brillante de las pupilas había perdido intensidad y el iris estaba recubierto de blanco, como si le hubieran tejido en ellos una tela de araña.
– Aún no lo conoce -susurró-, pero usted camina ahora por el Camino Blanco, y será mejor que no se salga de él, porque las cosas que le esperan a uno en el bosque son mucho peores de lo que pueda imaginar.
Todo aquello no me servía de nada. Quería saber más cosas acerca de las hermanas Jones, y también las razones que tenía Tereus para acercarse a Atys. Pero, por lo menos, Tereus estaba hablando.
– ¿También has visto esas cosas que hay en el bosque?
Por un momento pareció estudiarme. Supuse que estaría calibrando si intentaba mofarme de él, pero me equivoqué.
– Las he visto -me dijo-. Eran como ángeles negros.
No me diría nada más, al menos nada que pudiera resultarme útil. Había conocido a la familia Jones, había visto crecer a las niñas, cómo Addy se quedaba embarazada a los dieciséis años de un vagabundo que se tiraba también a su madre y cómo daba a luz a los nueve meses a Atys. El nombre del vagabundo era Davis Smoot. Sus amigos lo llamaban el Botas, por las botas vaqueras de piel que le gustaba llevar. Pero eso yo ya lo sabía, porque Randy Burris me había puesto al tanto cuando me dijo que Tereus había pasado casi veinte años en Limestone por asesinar a Davis Smoot en un bar de Gadsden.
Handy Andy venía ya de vuelta y esa vez no parecía que tuviese la intención de darse otro largo paseo. Tereus recogió la fregona y el cubo para volver al trabajo.
– Tereus, ¿por qué mataste a Davis Smoot?
Me preguntaba si mostraría una expresión de remordimiento, o si me diría que ya no era el mismo hombre que le quitó la vida a otro, pero no hizo el menor intento de justificar su crimen como un error del pasado.
– Le pedí ayuda y me la negó. Empezamos a discutir y me amenazó con un cuchillo. Entonces lo maté.
– ¿Qué tipo de ayuda le pediste?
Tereus levantó la mano y la movió en señal de negación.
– Eso queda entre él, yo y Dios. Pregúntele al señor Norton. Quizá le diga por qué andaba yo buscando al viejo Botas.
– ¿Le dijiste a Atys que tú mataste a su padre?
Negó con la cabeza.
– ¿Por qué iba a hacer semejante tontería?
Volvió a ponerse las gafas, que ocultaban aquellos ojos dañados, y me dejó solo bajo la lluvia.
15
Aquella tarde llamé a Elliot desde la habitación del hotel. Me dio la impresión de que estaba cansado, pero no me compadecía de él.
– ¿Has tenido un mal día en el bufete?
– Estoy deprimido. ¿Y tú qué tal?
– Sólo un mal día.
No le comenté a Elliot nada acerca de Tereus, sobre todo porque no le había sonsacado nada de utilidad. Pero había comprobado las declaraciones de dos testigos más después de irme del LapLand. Una era la de un primo segundo de Atys, un hombre temeroso de Dios que no aprobaba el estilo de vida de Atys, como tampoco el de su madre ni el de su tía desaparecidas, pero al que le gustaba rondar por los garitos para regalarse algo con lo que poder sentirse ofendido. Un vecino me dijo que lo más probable era que hubiese vuelto al Swamp Rat, y allí lo encontré. Recordaba que Atys y Marianne salieron del bar y que él se encontraba todavía allí, rezando por todos los pecadores, sentado frente a una bebida doble, cuando Atys volvió a aparecer con las manos y la cara manchadas de sangre y de polvo.
El Swamp Rat estaba al final de Cedar Creek Road, cerca del límite del Congaree. Era un bar horroroso tanto por dentro como por fuera. Una monstruosidad de ladrillo de cenizas y de hierro ondulado, aunque tenía una buena gramola y era el tipo de local donde a los niños ricos les gustaba parar cuando querían flirtear con el peligro. Me dirigí a la arboleda y encontré el pequeño claro del bosque donde Marianne había muerto. Aún colgaban de los árboles las cintas con que se precintó la escena del crimen, pero no había ninguna otra señal que indicase que había muerto allí. Oía cómo fluían las cercanas aguas del Cedar Creek. Durante un rato, seguí el curso de aquellas aguas hacia el oeste. Luego volví hacia el norte con la intención de retomar el camino de vuelta al bar. Pero, en lugar de eso, me encontré ante una alambrada oxidada que, de tramo en tramo, tenía colgado el letrero de PROPIEDAD PRIVADA y anunciaba que la finca pertenecía a «Minas Larousse Sociedad Anónima». A través de la alambrada vi árboles caídos, socavones y vetas que parecían ser de piedra caliza. Ese tramo de la llanura costera estaba plagado de yacimientos de piedra caliza. En algunas zonas, las aguas ácidas del subsuelo se habían filtrado a través de la piedra caliza, habían provocado una reacción química, y la habían disuelto. El resultado era el característico paisaje kárstico, con hundimientos, pequeñas cuevas y ríos subterráneos.
Seguí el trazado de la alambrada durante un trecho, pero no encontré ningún hueco por el que colarme. Empezó a llover de nuevo, y cuando regresé al bar estaba empapado. El camarero no sabía mucho sobre aquella finca de los Larousse, excepto que creía recordar que iban a convertirla en una cantera y que, como ese proyecto nunca se llevó a cabo, el Gobierno había hecho varias ofertas a los Larousse para que la vendiesen, pues tenía intención de ampliar el parque estatal, aunque la familia Larousse nunca las habían tenido en cuenta.
El otro testigo era una mujer llamada Euna Schillega, que estaba jugando al billar en el Swamp Rat cuando entraron Atys y Marianne. Recordaba el insulto racista dirigido a Atys y confirmó la hora a la que llegaron y la hora a la que se fueron. Lo sabía porque, bueno, con el hombre con el que jugaba al billar era con el que se veía a espaldas de su marido, ya sabes a lo que me refiero, cariño, y no paraba de mirar el reloj para estar segura de la hora que era, ya que quería llegar a casa antes de que su marido terminase su turno de trabajo. Euna tenía el cabello largo y teñido del color de la mermelada de fresa, y sobre la cintura del vaquero desteñido le colgaba un michelín. Estaba despidiéndose de la cuarentena, pero se veía a sí misma con la mitad de años y el doble de guapa de lo que era.
Euna trabajaba a tiempo parcial de camarera en un bar cerca de Horrel Hill. En una esquina había sentados un par de militares de Fort Jackson, bebiendo cerveza y sudando un poco a causa del calor. Estaban sentados lo más cerca posible del aire acondicionado, pero éste era casi tan viejo como Euna. A los chicos del ejército les hubiera traído más cuenta soplar la boca de las botellas frías para refrescarse entre sí.