– No, nunca.
– ¿Y con Landron Mobley?
– Me dijeron que andaba buscándome, pero no dio conmigo.
– ¿Sabes por qué te buscaba?
– Para darme una paliza de muerte. ¿Para qué crees que va a buscarme él perro de Earl Jr.?
– ¿Trabaja Mobley para Larousse?
– No trabaja para él, pero cuando necesita que alguien le haga un trabajo sucio recurre a Mobley. Mobley también tiene amigos, gente peor que él.
– ¿Como quiénes?
Le oí tragar saliva.
– Como ese tipo de la tele -me dijo-. El tipo del Klan. Bowen.
Aquella noche, muy al norte, el predicador Faulkner estaba tumbado despierto en la cama de su celda, con las manos cruzadas detrás de la cabeza, oyendo los ruidos nocturnos de la prisión: los ronquidos, los gritos de los durmientes que tienen problemas para conciliar el sueño, los pasos de los guardias, los sollozos. Ya no le impedían dormir, como le ocurría antes. Aprendió muy pronto a ignorarlos o a relegarlos, en el peor de los casos, a la categoría de ruido ambiental. En aquellos momentos podía dormir a voluntad, pero esa noche sus pensamientos estaban en otra parte, como lo habían estado desde que pusieron en libertad al hombre llamado Cyrus Nairn. Así que yacía inmóvil en la litera. Esperando.
– ¡Quitádmelas! ¡Quitádmelas!
Dwight Anson, el guardia de prisiones, se despertó en su cama dando patadas y tirones a las sábanas. La almohada estaba empapada de sudor. Saltó de la cama y se frotó el cuerpo desnudo, intentando quitarse las criaturas que notaba que le recorrían el pecho. A su lado, Aileen, su mujer, alargó la mano y encendió la lámpara de la mesilla de noche.
– ¡Por Dios! Otra vez estás soñando -le dijo-. Es sólo un sueño.
Anson tragó saliva e intentó aplacar los latidos de su corazón, pero se estremeció de nuevo y, sin motivo alguno, empezó a frotarse las manos y el pelo.
Era el mismo sueño de la noche anterior, en el que arañas corrían por su piel y le picaban mientras él estaba encerrado dentro de una bañera mugrienta en mitad de un bosque. A medida que las arañas le picaban, la piel se le pudría y la carne se le desprendía en pedacitos, dejándole agujeros grises en el cuerpo. Y, mientras tanto, un extraño le observaba desde la oscuridad, un hombre pelirrojo y demacrado que tenía unos dedos largos y pálidos. Pero el hombre estaba muerto: a la luz de la luna, Anson podía verle el cráneo destrozado y la cara ensangrentada. Por lo demás, los ojos se le colmaban de placer al presenciar cómo sus mascotas devoraban al hombre atrapado.
Anson se llevó las manos a las caderas y sacudió la cabeza.
– Dwight, vuelve a la cama -le dijo su mujer, pero él no se movió, y, después de unos segundos, Aileen, con la desilusión reflejada en los ojos, se dio la vuelta e intentó reconciliar el sueño. Anson casi llegó a tocarla, aunque al final se contuvo. No quería tocarla. La niña que él quería tocar había desaparecido.
Marie Blair se había esfumado la noche anterior, cuando volvía a casa después de terminar su trabajo en la heladería Dairy Queen, y desde entonces nadie la había visto ni sabía nada de ella. A veces, Anson esperaba que la policía fuese a buscarlo. Nadie estaba al tanto de lo suyo con Marie, o al menos eso pensaba, pero siempre quedaba la posibilidad de que ella se hubiese ido de la lengua con alguna de las burras de sus amigas y que, cuando la policía fuera a interrogarla, mencionara su nombre. Pero hasta el momento no había ocurrido nada. La mujer de Anson lo había notado inquieto y sabía que algo le preocupaba, pero no le había dicho nada al respecto, y eso a él le convenía. Estaba preocupado por la niña. Quería que regresara, tanto por razones egoístas como por la seguridad de ella.
Anson dejó a su mujer en la cama y bajó las escaleras para ir a la cocina. Cuando abrió la puerta del frigorífico para coger el tetrabrik de leche, notó una ráfaga de aire frío en la espalda y, casi al mismo tiempo, oyó batir la mosquitera contra el marco de la puerta.
La puerta de la cocina estaba abierta de par en par. Supuso que el viento la había abierto, aunque pensó que era poco probable. Aileen se había ido a la cama después que él y siempre se aseguraba de que todas las puertas estuviesen cerradas con llave. Jamás se olvidaba de hacerlo. También se preguntaba cómo es que no había oído el batir de la mosquitera, ya que el ruido más insignificante lo despertaba. Con cautela, dejó el tetrabrik de leche y aguzó el oído, pero no oyó nada. Le llegaba de fuera el susurro del viento soplando en los árboles y el ruido distante de los coches.
Anson tenía una Smith & Wesson 60 en el cajón de la mesilla de noche. Por un momento barajó la opción de subir por ella, pero al final decidió que no. En vez de eso, se hizo con un cuchillo de trinchar carne y se dirigió a la puerta sin hacer ruido. Echó un vistazo primero a la derecha y después a la izquierda para asegurarse de que no había nadie fuera, y de un empujón abrió la puerta. Salió al porche y comprobó que en el jardín no había nadie, sólo la extensión de césped y, al fondo, la hilera de árboles que había plantado para aislar la casa de la carretera. La luna brillaba detrás de él, reflejando la silueta de la casa.
Anson bajó al jardín y echó a andar por el césped.
Una figura, oculta bajo la escalera del porche, salió de su escondite. Debido al viento, no se oían sus pasos y la sombra negra de la casa hacía imperceptible su presencia. Anson no se percató de nada hasta que le agarró el brazo y notó una presión en torno al cuello. Luego sintió un raudal de dolor y vio cómo la sangre estallaba en la noche. El cuchillo se le cayó. Se dio la vuelta presionando inútilmente la herida del cuello con la mano izquierda. Las piernas se le debilitaron y cayó de rodillas. La sangre era menos abundante a medida que se acercaba el momento de su muerte.
Anson levantó los ojos hacia los de Cyrus Nairn, y luego vio el anillo que tenía en la palma de la mano. Era el anillo de granates que le había regalado a Marie cuando cumplió quince años. Lo habría reconocido en cualquier sitio, pensó, incluso si no hubiese estado, como era el caso, en el mutilado dedo índice de Marie. A continuación, las piernas de Anson empezaron a sacudirse de forma descontrolada y Cyrus Nairn se dio la vuelta. La luz de la luna brillaba en el cuchillo del asesino mientras se encaminaba a la casa. Anson se convulsionó y, por fin, murió en el mismo instante en que Nairn concentraba sus pensamientos en la entonces dormida Aileen Anson y en el lugar que le tenía reservado.
Y, en su celda de la prisión de Thomaston, Faulkner cerraba los ojos y caía en un sueño profundo en el que no había sueños.
16
El cementerio Magnolia está al final de Cunnington Street, al oeste de Meeting. Cunnington Street es en realidad una sucesión de cementerios: allí están los cementerios de la Old Methodist, la Friendly Union Society, la Brown Fellowship, la Humane and Friendly y la Unity and Friendship. Unos están mejor conservados que otros, pero todos sirven para lo mismo: para preservar a los muertos. Allí acaban tanto los ricos como los pobres, y todos engordando a los gusanos.
Los muertos están esparcidos por todo Charleston y sus restos descansan bajo los pies de los turistas y de los juerguistas. Los cuerpos de los esclavos los recubren ahora los aparcamientos y las tiendas de alimentación, y el cruce de Meeting con Water señala la ubicación del viejo cementerio, donde sepultaban a los piratas de Carolina después de ser ejecutados. Antes era la zona que marcaba la línea de la bajamar de los pantanos, pero la ciudad se ha expandido tanto que ya nadie se acuerda de los ahorcados, cuyos huesos están triturados por los cimientos de las mansiones y por las calles colindantes.
Pero en los cementerios que hay en Cunnigton Street a los muertos se les recuerda, aunque sea de manera ocasional, y, entre ellos, el cementerio más grande es el Magnolia. Los peces saltan en las aguas del lago, observados desde los juncos por las perezosas garzas reales y los tántalos americanos de plumaje blanco y gris, y un cartel advierte de que se multará con doscientos dólares a quien dé de comer a los caimanes. Manadas de gansos curiosos atestan la estrecha calzada que conduce a las oficinas de la Magnolia Cemetery Trust. Árboles de hoja perenne y arrayanes sombrean las lápidas, y entre los encinos laurel, invadidos de líquenes sanguinolentos, los chillidos de los pájaros.