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Un hombre llamado Hubert ha estado viniendo aquí durante dos años. A veces, decide dormir entre los monumentos funerarios, provisto de un pan de centeno y de una botella para solazarse. Conoce las veredas del cementerio, así como los movimientos de los plañideros y del personal de mantenimiento. No sabe si toleran su presencia o si, por el contrario, la ignoran, pero eso a él le trae sin cuidado. Hubert guarda las distancias y procura molestar lo menos posible, con la esperanza de que nada altere su tranquila existencia. Los caimanes le han dado uno o dos sustos, pero nada más que eso, aunque se trata de animales lo suficientemente peligrosos como para andarse con mucho ojo con ellos, y si no que se lo pregunten a Hubert.

Hubert tuvo una vez un trabajo, una casa y una mujer, hasta que perdió el trabajo y luego, en un abrir y cerrar de ojos, perdió también la casa y la mujer. Durante un tiempo, incluso él mismo llegó a perderse, hasta que recobró el conocimiento en la cama de un hospital con las piernas escayoladas después de que un camión le diese de refilón y lo lanzara despedido de la Ruta 1, en algún lugar al norte de Killian. Desde entonces ha procurado tener más cuidado, aunque jamás volverá a su anterior forma de vida, a pesar de los intentos de los trabajadores sociales para que se establezca de manera permanente en algún sitio. Pero Hubert no quiere un domicilio estable, porque es lo suficiente inteligente como para comprender que la permanencia no existe. Al fin y al cabo, Hubert se dedica sólo a esperar, y no importa dónde espere un hombre mientras sepa qué está esperando. Lo que venga a buscar a Hubert lo encontrará, esté donde esté. Lo atraerá y lo envolverá en su manto frío y oscuro, y añadirá su nombre a la lista de pobres y de indigentes enterrados en algún terrenucho cercado por una tela metálica. Hubert lo sabe muy bien y es lo único de lo que está seguro.

Cuando arrecian el frío o la lluvia, Hubert va al refugio para hombres de Charleston Interfaith Crisis Ministry, en el número 573 de la calle Meeting, y si hay una cama disponible, rebusca en el monedero que tiene colgado del cuello y entrega tres arrugados billetes de un dólar para pasar allí la noche. A todo el mundo se le da algo cuando llega al refugio. Como poco se le da de cenar, algunos artículos de aseo, si lo necesitan, e incluso ropa. El refugio también se encarga de distribuir los recados que le llegan y de entregar el correo a los indigentes, aunque hace mucho que Hubert no recibe nada de eso.

Han pasado ya muchas semanas desde la última vez que Hubert durmió en el refugio. Desde entonces no ha parado de llover por las noches y la lluvia lo ha empapado y lo ha tenido estornudando durante días, pero no ha regresado a las camas del número 573 de la calle Meeting, no desde aquella noche en que vio al hombre de la piel aceitunada y de los ojos dañados, la extraña luz que bailaba ante él y la forma que esa luz adoptó.

La primera vez que se fijó en él fue en las duchas. Por regla general, Hubert no mira a nadie en las duchas, porque sería una manera de llamar la atención y también, quizá, de buscarse problemas, y eso es lo último que querría Hubert. No es muy alto ni muy fuerte, y en el pasado le han derrotado hombres más violentos que él. Ha aprendido a no cruzarse en su camino y a rehuirles la mirada, y ésa es la razón por la que siempre mira al suelo en las duchas y también la razón por la que se fijó por primera vez en aquel hombre.

Fueron sus tobillos y las cicatrices que los circundaban. Hubert jamás había visto algo parecido. Era como si le hubieran cortado los pies y después se los hubiesen vuelto a unir de manera tosca, dejando las marcas de la sutura como recuerdo. Entonces Hubert quebrantó su propia regla y alzó la vista para observar al hombre que estaba a su lado. Vio su musculatura fibrosa, el pelo crespo y los angustiosos y extraños ojos, casi decolorados y velados por una especie de nube. Estaba canturreando, y Hubert pensó que podría tratarse de un himno o de alguna vieja canción espiritual negra. Era difícil captar la letra, pero entendió algo:

Camina conmigo, hermano,

ven a pasear conmigo, hermana,

y caminaremos, y seguiremos caminando

por el Camino Blanco…

El hombre sorprendió a Hubert mirándole y le clavó a su vez la mirada. -¿Estás preparado para caminar, hermano? -le preguntó.

Hubert se sorprendió a sí mismo contestándole. El eco de su propia voz, que le devolvían los azulejos, le sonó extraño:

– ¿Caminar por dónde?

– Por el Camino Blanco. ¿Estás preparado para caminar por el Camino Blanco? Ella te espera, hermano. Te está observando.

– No sé de qué me hablas -replicó Hubert.

– Seguro que sí, Hubert. Seguro que sí.

Hubert cerró el grifo, se apartó y agarró la toalla. No dijo nada más, incluso cuando el hombre comenzó a llamarlo y a reírse.

– Oye, hermano, mira por donde pisas, ¿te enteras? No vayas a tropezar. No vayas a caerte. No quieres ir a parar al Camino Blanco porque hay gente que te espera, gente que espera que aparezcas por allí. Y cuando lo hagas, van a echarte el guante. ¡Van a echarte el guante y te van a descuartizar!

Y en el momento en que Hubert salía a toda prisa de las duchas, aquel hombre empezó a cantar de nuevo:

Camina conmigo, hermano,

ven a pasear conmigo, hermana,

y caminaremos, y seguiremos caminando

por el Camino Blanco que…

Aquella noche, a Hubert le habían dado un catre cerca de los servicios. No le importó. Con frecuencia, su vejiga le daba la lata y tenía que levantarse dos o tres veces durante la noche para echar una meada. Pero aquella noche no fue la vejiga lo que le despertó.

Fue el sonido de una voz femenina que gritaba.

Hubert sabía que no podía ser. El refugio de acogida familiar se encontraba en el número 49 de la calle Walnut, y era allí donde dormían las mujeres y los niños. No había razón alguna para que hubiese una mujer en el refugio de los hombres, pero ya se sabe que entre los mendigos hay sujetos cuyas costumbres nadie conoce, y Hubert no quería ni imaginar siquiera que alguien estuviese haciéndole daño a una mujer o, peor aún, a un niño.

Se levantó del catre y siguió el rastro de los gritos. Le pareció que provenían de las duchas. Reconoció cómo resonaba la voz, y recordó el sonido de su propia voz y la canción que cantaba el hombre en las primeras horas de la noche. Hubert se dirigió a la entrada sin hacer ruido y se quedó allí paralizado. El hombre de la piel aceitunada estaba delante de las silenciosas duchas, de espaldas a la puerta, vestido con unos calzoncillos de algodón y una vieja camiseta negra. Delante de él brillaba una luz que bañaba su cara y su cuerpo, aunque las duchas estaban a oscuras y los fluorescentes apagados. Hubert, sin darse cuenta siquiera, empezó a acercarse para apreciar mejor la fuente de la luz, y se deslizó, con los pies desnudos, hacia la derecha, forzando la vista.

Delante del hombre había una columna de luz que medía casi metro y medio. Parpadeaba como la llama de una vela, y a Hubert le dio la impresión de que había una figura dentro o detrás de ella, envuelta en su resplandor.

Era la figura de una niñita rubia. Tenía el rostro retorcido de dolor y agitaba la cabeza de lado a lado muy rápido, más rápido de lo humanamente posible, y oía sus gritos, el firme «ay, ay, ay, ay», lleno de temor, de agonía y de ira. Tenía la ropa hecha jirones y estaba desnuda de cintura para abajo. Un cuerpo desgarrado y lleno de marcas allí donde las ruedas de un coche lo habían aplastado.