Hubert sabía quién era. Oh, sí. Hubert la conocía. Ruby Blanton, ése era su nombre. La pequeña y bonita Ruby Blanton, que fue asesinada cuando un conductor distraído con el busca la atropello mientras ella cruzaba la calle para dirigirse a su casa, y la arrastró casi veinte metros. Hubert recordaba cómo en el último momento la niña giró la cabeza hacia el coche. Recordaba el impacto del cuerpo contra el capó y su mirada última, antes de desaparecer bajo las ruedas.
Oh, Hubert sabía quién era. Lo sabía con toda seguridad.
El hombre que estaba delante de ella no hacía ningún intento por tocarla ni por consolarla. Al contrario, empezó a canturrear la canción que Hubert había oído por primera vez aquel día.
Camina conmigo, hermano,
ven a pasear conmigo, hermana,
y caminaremos, y seguiremos caminando…
Se volvió, y, cuando aquellos ojos marchitos miraron a Hubert, algo brilló detrás de ellos.
– Hermano, ahora estás en el Camino Blanco -susurró-. Ven a ver lo que te espera en el Camino Blanco.
Se apartó, y la luz avanzó hacia Hubert. La niña sacudía la cabeza con los ojos cerrados y de sus labios manaban exclamaciones como un goteo constante de agua:
«Ay, ay, ay, ay».
Abrió los ojos y Hubert se quedó mirándolos con fijeza, con su sentimiento de culpa reflejado en ellos, y notó que caía, que caía sobre las baldosas limpias, que caía sobre su propio reflejo.
Descendía y descendía hacia el Camino Blanco.
Lo encontraron allí más tarde, rodeado de un charco de sangre que brotaba de la herida que se hizo en la cabeza al chocar con las baldosas. Llamaron a un médico, que le preguntó a Hubert si había tenido mareos o si había consumido alcohol, y le sugirió que debería aceptar la oferta de un hogar estable. Hubert le dio las gracias, recogió sus pertenencias y abandonó el refugio. El hombre de piel aceitunada ya se había ido y Hubert no volvió a verlo, aunque no paraba de mirar por encima de su hombro, y durante un tiempo no durmió en el Magnolia, sino que prefirió dormir en las calles y en los callejones, entre los vivos.
Pero ahora ha vuelto al cementerio. Es su lugar, y el recuerdo de lo que vio en las duchas casi se ha disipado: la sombra de su reminiscencia la achaca al alcohol, al agotamiento y a la fiebre que arrastraba antes de acudir aquella precisa noche al refugio.
A veces, Hubert duerme cerca de la tumba de Stolle, que se distingue por la escultura de una mujer que llora a los pies de una cruz. Está resguardada entre unos árboles, y desde allí puede divisar la vereda y el lago. Cerca hay una lápida lisa de granito que cubre la última morada de un hombre llamado Bennet Spree, una incorporación relativamente reciente al viejo cementerio. La parcela había sido propiedad de la familia Spree durante muchísimo tiempo, pero Bennet Spree fue el último de su linaje y el último en reivindicar la propiedad de la parcela cuando murió en julio de 1981.
A medida que Hubert se aproxima, ve un bulto en la lápida de Bennet Spree. Durante unos segundos, está a punto de desviarse, porque no quiere discutir con otro vagabundo sobre asuntos territoriales y porque no cree que ningún extraño quiera dormir a su lado en un cementerio, pero hay algo en aquel bulto que le obliga a aproximarse a él. A medida que se acerca, una brisa luminosa agita los árboles, moteando el bulto con la luz de la luna, y Hubert advierte que está desnudo y que las sombras que se reflejan en su cuerpo no se alteran por el movimiento de los árboles.
El hombre tiene una herida irregular en la garganta. Es un agujero extraño, como si le hubiesen metido algo en la boca por debajo de la barbilla. El torso y las piernas están casi negras de sangre.
Pero hay otras dos cosas que Hubert advierte antes de volverse y de echar a correr.
La primera cosa es que el hombre ha sido castrado.
La segunda es la herramienta en forma de T que tiene clavada en el pecho. Está oxidada y la traspasa una nota. La sangre que ha brotado del pecho ha manchado un poco el papel, sobre el que alguien ha escrito algo con una caligrafía muy esmerada.
Dice: CAVAD AQUÍ.
Y cavarán. Un juez solicitará y firmará una orden de exhumación, porque Bennet Spree no tiene parientes vivos que puedan autorizar la profanación de su última morada. Eso ocurrirá un día o dos antes de que suban el ataúd podrido, rodeado cuidadosamente con cuerdas y envuelto en plásticos para que no se deshagan y se esparzan los restos mortales de Bennet Spree sobre la tierra negra y removida.
Y allí donde el ataúd había descansado durante tanto tiempo encontrarán una pequeña y fina capa de tierra. Cuando la remuevan cuidadosamente, dejarán al descubierto los huesos: primero las costillas, después la cabeza, con la mandíbula hecha pedazos y el cráneo roto, resquebrajado por los golpes que le ocasionaron la muerte.
Es todo lo que queda de una chica que estaba a punto de convertirse en mujer.
Es todo lo que queda de Addy, la madre de Atys Jones.
Y su hijo morirá sin saber cuál fue la última morada de la mujer que lo trajo al mundo.
Cuarta parte
Cuando los ángeles descienden, visten los ropajes
propios de este mundo.
Si no se pusiesen los ropajes propios de este mundo,
no podrían soportar vivir en este mundo
y el mundo no podría soportarlos a ellos.
El Zohar
17
Casi había amanecido.
Cyrus Nairn se agazapaba, desnudo, en la matriz oscura del agujero. Pronto tendría que abandonar aquel lugar. No tardarían en ir a buscarlo, porque lo primero que sospecharían es que alguien se había vengado del guardia Anson, y la línea de investigación se centraría en todos aquellos que habían salido de Thomaston recientemente. Cyrus lamentaba mucho irse. Había pasado tanto tiempo soñando con volver allí, rodeado por el olor de la tierra húmeda y el roce de las raíces acariciando su espalda y sus hombros desnudos… De todas formas, tendría otras compensaciones. Le habían prometido mucho. A cambio, se vería obligado a ofrecer algunos sacrificios.
De fuera llegaban el canto de los primeros pájaros, el suave chapoteo del agua al chocar contra la orilla, el zumbido de los insectos nocturnos al huir de la luz inminente, pero Cyrus hacía oídos sordos a los sonidos de la vida que discurría fuera del agujero. Cyrus se mantenía inmóvil, atento sólo a los ruidos provenientes de la tierra que se agitaba bajo sus pies, observando y gozando de aquella leve agitación, mientras Aileen Anson forcejeaba por debajo del lodo, hasta que dejó de moverse.
Me despertó el teléfono de la habitación. Eran las ocho y cuarto de la mañana.
– ¿Charlie Parker? -preguntó una voz masculina que no reconocí.
– Sí. ¿Quién es?
– Tiene un desayuno de trabajo dentro de diez minutos. Supongo que no querrá hacer esperar al señor Wyman -y colgó.
El señor Wyman.
Willie Wyman.
El jefe de la mafia sureña de la fracción de Charleston quería desayunar conmigo.
No era una buena manera de empezar el día.
La mafia sureña había existido, de una u otra forma, desde los tiempos de la Ley Seca. Se trataba de una extensa asociación de criminales que tenía su base de operaciones en la mayoría de las grandes ciudades del sur, pero en particular en Atlanta, en el estado de Georgia, y en Biloxi, en el estado de Mississippi. Reclutaban a criminales de un estado para que cometieran crímenes en otro. De ese modo, un incendio intencionado en Mississippi podía ser obra de un pirómano de Georgia o un golpe en Carolina del Sur podía ser llevado a cabo por un asesino a sueldo de Maryland. La mafia sureña era bastante burda y estaba metida en asuntos relacionados con la droga, con el juego, con el asesinato, con la extorsión, con el robo y con los incendios intencionados. El único golpe de cuantos habían dado que podría considerarse como de guante blanco fue el robo en una lavandería, pero eso no significaba que fuese una organización que no hubiera que tener en cuenta. En septiembre de 1987, la mafia sureña asesinó a un juez, Vincent Sherry, y a su mujer, Margaret, en su casa de Biloxi. Nunca se llegó a esclarecer el motivo por el que Sherry y su mujer murieron a tiros. Se llegó a decir que Vincent Sherry había estado implicado en asuntos criminales a través de la firma de abogados Halat y Sherry, y al socio de Sherry, Peter Halat, se le condenó más tarde por los cargos de chantaje y asesinato en relación con la muerte de los Sherry. Pero los motivos que se escondían detrás de aquellos asesinatos no tenían mucho sentido. Los hombres que osan asesinar a jueces son peligrosos porque actúan antes de pensar. No son conscientes de las consecuencias hasta después de los hechos.