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Me dejó y se marchó, con su camisa azul ondulante, con sus cuatro matones a remolque, como niños grandes que siguen un pedacito de cielo.

Aquella mañana había quedado en reunirme con Elliot, pero no apareció. Tanto en su oficina como en su casa saltaba el contestador automático y tenía apagados los dos teléfonos móviles. Mientras tanto, los periódicos llenaban páginas con la noticia del descubrimiento del cuerpo de Landron Mobley en el cementerio Magnolia, aunque sin entrar en demasiados detalles. Según se informaba, había sido imposible contactar con Elliot Norton para que hiciera unas declaraciones en torno a la muerte de su cliente.

Me pasé la mañana comprobando las declaraciones de otros testigos, llamando a la puerta de caravanas y repeliendo el ataque de los perros en jardines cubiertos de hierbajos. Hacia mediodía, como estaba preocupado, llamé a Atys, y el viejo me dijo que se portaba bien, aunque empezaba a volverse un poco majara por el encierro. Hablé con Atys durante un par de minutos y comprobé que sus respuestas podían describirse, en el mejor de los casos, como desabridas.

– ¿Cuándo voy a salir de aquí, tío? -me preguntó.

– Muy pronto -le contesté.

Era sólo una verdad a medias. Si los temores de Elliot acerca de la seguridad de Atys tenían algún fundamento, calculé que deberíamos trasladarlo lo antes posible a otro piso franco. Hasta la celebración del juicio, tendría que ir acostumbrándose a ver la tele en habitaciones extrañas. Pero muy pronto dejaría de ser asunto mío. No estaba consiguiendo nada con los testigos.

– ¿Sabes que Mobley ha muerto?

– Sí. Lo he oído. Estoy hecho polvo.

– No tanto como él. ¿Tienes idea de quién puede haberle hecho una cosa así?

– No, no lo sé, pero si lo encuentras, dímelo. Me gustaría estrecharle la mano, ¿me entiendes?

Colgó. Miré el reloj. Acababan de dar las doce. Tardaría más de una hora en llegar a Antioch. Lo eché mentalmente a cara o cruz y decidí ir.

Los miembros del Klan de Carolina, al igual que las demás ramas del Klan de todo el país, habían ido disminuyendo durante la mayor parte de los últimos veinte años. En el caso de las dos Carolinas, el declive puede remontarse a noviembre de 1979, cuando cinco trabajadores comunistas murieron en un tiroteo con neonazis y con miembros del Klan en Greensboro, en Carolina del Norte. Como consecuencia de aquello, los movimientos sociales contrarios al Klan cobraron un nuevo auge y el Klan empezó a perder partidarios, hasta el punto de que, cuando los del Klan se echaban a la calle, el número de gente que protestaba en contra de ellos era mucho mayor que el de sus simpatizantes. La mayoría de los mítines recientes del Klan en Carolina del Sur habían sido organizados por los Caballeros Americanos del Ku Klux Klan que tenían sede en Indiana, ya que los Caballeros de Carolina se habían mostrado reticentes a implicarse en ellos.

Pero, a pesar de su declive, habría que señalar que, desde 1991, habían ardido en Carolina del Sur más de treinta iglesias de negros. A los miembros del Klan se los había relacionado con al menos dos de aquellos incendios, uno en el condado de Williamsburg y otro en el de Clarendon. Dicho de otro modo: el Klan podía tener los pies de barro, pero el odio que lo alentaba seguía vivo y coleando. Bowen estaba intentando dar a aquel odio un nuevo auge y un nuevo impulso. Y si había que dar crédito a las noticias de los periódicos, lo estaba consiguiendo.

Antioch no parecía un pueblo que ofreciera demasiados atractivos. Parecía el suburbio de un pueblo inexistente: había casas y calles a las que alguien se había tomado la molestia de poner incluso nombre, pero no había expectativas de que en torno a ellas se crease ningún gran centro comercial ni se formase un núcleo urbano propiamente dicho. Por el contrario, en el tramo de la 119 que cruzaba Antioch habían brotado pequeños negocios como si fueran champiñones, destacando entre ellos un par de gasolineras, una tienda de alquiler de vídeos, dos tiendas de alimentación, un bar y una lavandería.

Me había perdido el desfile, pero a mitad de camino vi una zona verde rodeada por una alambrada y por árboles descuidados. Cerca de allí había unos sesenta coches aparcados y un escenario montado sobre el remolque plano de un camión, desde el que un hombre se dirigía a la multitud. Un grupo de entre ochenta y noventa personas, sobre todo hombres, aunque también algunas mujeres aquí y allá, escuchaban de pie delante del estrado al orador. Un puñado de ellos llevaba la característica túnica blanca (sudando visiblemente bajo el poliéster barato), pero la mayoría vestía vaqueros y camiseta. Separadas del público de Bowen por un cordón policial había unas cincuenta o sesenta personas que protestaban. Algunos cantaban y silbaban, pero el hombre que hablaba desde el escenario no perdió la calma en ningún momento.

Roger Bowen tenía un espeso bigote y el pelo castaño ondulado, y daba la impresión de que se mantenía en forma. Llevaba una camisa roja y vaqueros, y, a pesar del calor, la camisa no estaba manchada de sudor. Le flanqueaban dos hombres, que orquestaban las esporádicas salvas de aplausos cuando decía algo particularmente importante, cosa que parecía ocurrir cada tres minutos, según el criterio de sus ayudantes. Cada vez que le aplaudían, Bowen se miraba los pies y cabeceaba, como si lo avergonzasen aquellas muestras de entusiasmo, aunque en absoluto dispuesto a reprimirlas. El cámara de televisión con el que tuve el encontronazo a las afueras de la cárcel de Richland County estaba junto al escenario, acompañado por una guapa periodista rubia. Aún llevaba el uniforme de camuflaje, pero allí nadie se metía con él por ir vestido así.

Tenía puesto un CD de los Ramones a todo volumen cuando me dirigía al descampado. Lo había elegido para la ocasión. Llegué en el momento exacto. Justo cuando viraba y entraba en el aparcamiento, Joey Ramone cantaba aquello de que su chica se había ido a Los Ángeles y, como nunca regresó, Joey culpaba a los del KKK de habérsela llevado. Bowen dejó de hablar y clavó la mirada donde yo estaba. Una parte considerable de los espectadores volvió los ojos en la misma dirección. Un tipo con la cabeza rapada y con una camiseta negra Blitzkrieg se acercó al coche y me pidió con educación, pero con firmeza, que bajase el volumen. Paré el motor y se desconectó el reproductor del CD. Me bajé del coche. Bowen continuó mirando hacia donde yo me encontraba durante otros diez segundos y después prosiguió su discurso.

Tal vez porque era consciente de la presencia de los medios de comunicación, daba la impresión de que Bowen reducía al máximo los improperios. Cierto que se despachó con los judíos y con los de color, y que habló de cómo los ateos se habían hecho con el control del Gobierno a expensas de los blancos, aparte de afirmar que el sida era un castigo de Dios, pero evitaba las peores calumnias raciales. Sólo tocó el tema principal al final de su discurso.

– Hay un hombre, amigos, un buen hombre, un hombre cristiano, un hombre de Dios, al que se le está persiguiendo por atreverse a decir que los homosexuales, el aborto y la mezcla de razas están en contra de la voluntad del Señor. Un proceso organizado con fines propagandísticos se está llevando a cabo en el estado de Maine para derrocar a ese hombre, y tenemos pruebas, amigos, pruebas fidedignas, de que los judíos financiaron su captura. -Bowen agitó unos documentos que parecían vagamente legales-. Su nombre, y espero que ya lo conozcáis, es Aaron Faulkner. Ahora dicen algunas cosas sobre él. Dicen que es un asesino y un sádico. Han intentado calumniarlo, desmoralizarlo, antes incluso de que empiece el juicio. Lo hacen porque no tienen pruebas contra él y están intentando envenenar las mentes de los débiles para que se le declare culpable incluso antes de que tenga la oportunidad de defenderse. El mensaje del reverendo Faulkner nos lo debemos tomar a pecho, porque sabemos que es justo y verdadero. La homosexualidad está en contra de la ley de Dios. El asesinato de bebés está en contra de la ley de Dios. La mezcla de sangres, la destrucción de la institución del matrimonio y de la familia, el ascenso del ateísmo sobre la única religión verdadera de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, están en contra de la ley de Dios, y este hombre, el reverendo Faulkner, ha adoptado una postura contra ellos. Ahora, su única esperanza para tener un juicio justo es que le procuremos la mejor defensa posible, y para conseguirlo necesita fondos para salir de la cárcel y pagar a los mejores abogados que el dinero pueda comprar. Y aquí es donde entráis vosotros: dad lo que podáis. Calculo que sois unos cien. Si cada uno da veinte dólares…, sé que para algunos de vosotros es mucho, pero si lo hacéis, reuniremos dos mil dólares. Si quienes se lo pueden permitir dan un poco más, pues entonces mejor que mejor.