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«Porque recordad bien lo que os digo: no se trata sólo de un hombre que se enfrenta a la pantomima de un juicio. Se trata de una forma de vida. Se trata de nuestra forma de vida, de nuestras creencias, de nuestra fe, de nuestro futuro. Todo eso se juzgará en aquel tribunal. El reverendo Faulkner nos representa a todos, y si él cae, caeremos con él. Dios está con nosotros. Dios nos dará la fuerza. ¡Victoria! ¡Victoria!

La multitud coreaba la consigna mientras unos hombres iban y venían con cubos para recolectar los donativos. Echaban algún que otro billete de diez o de cinco, pero la mayoría daba billetes de veinte e incluso de cincuenta y de cien dólares. Haciendo un cálculo prudente, di por hecho que Bowen había recaudado aquella tarde unos tres mil dólares. Según el periódico que anunció la celebración del mitin, la gente de Bowen había estado trabajando a toda máquina desde poco después del arresto de Faulkner, vendiendo tartas y cualquier tipo de objeto en los jardines de sus casas, así como organizando el sorteo de una furgoneta Dodge nueva, donada por un vendedor de automóviles solidarizado con la causa, para el que ya llevaban vendidos miles de boletos, a veinte dólares cada uno. Bowen incluso había conseguido movilizar a quienes no se sentían especialmente atraídos por su causa; esto es, el enorme espectro de fieles que veían en Faulkner a un hombre de Dios que sufría persecución por unas creencias que eran semejantes, si no idénticas, a las de ellos. Bowen se había apropiado del arresto de Faulkner y del proceso que se avecinaba para convertirlo en un asunto de fe y de bondad, en una batalla entre aquellos que temían y amaban al Señor y aquellos que le habían dado la espalda. Cuando surgía el tema de la violencia, Bowen por lo general esquivaba el asunto y sostenía que el mensaje de Faulkner era puro y que él no podía hacerse responsable de las acciones ajenas incluso si tales acciones estaban justificadas en muchos de los casos. Los insultos racistas los reservaba para la vieja guardia y para las ocasiones en que no había -o en que prohibían- cámaras de televisión ni micrófonos. Aquel día predicaba para los conversos recientes y para quienes había que convertir.

Bowen bajó del estrado y la gente se le acercó para estrecharle la mano. Habían desplegado dos mesas de caballete para que las mujeres expusieran en ellas los artículos que habían llevado para vender: banderas confederadas, banderas nazis con águilas y esvásticas, así como pegatinas para los parachoques de los coches que proclamaban que el conductor era BLANCO POR NACIMIENTO Y SUREÑO POR LA GRACIA DE DIOS. También estaban a la venta casetes y discos compactos de música country y vaquera, aunque me imaginé que no era el tipo de música que a Louis le gustaría tener en su colección. Las dos mujeres no tardaron en no dar abasto.

Un hombre se puso a mi lado. Llevaba un traje oscuro, una camisa blanca y una incongruente gorra de béisbol. Tenía la piel de color morado rojizo y despellejada. Unas matas de pelo rubio se aferraban a la desesperada a su cráneo igual que una rala vegetación en un terreno hostil. Tenía unas profundas ojeras. Vi que llevaba un auricular en la oreja, conectado a un aparato que le colgaba del cinturón. Enseguida me sentí incómodo. Puede que fuese a causa del aspecto tan extraño que tenía, pero la verdad es que a aquel tipo parecía rodearle un halo de irrealidad. Desprendía también un olor a gasolina quemada.

Olía a furia concentrada.

– Al señor Bowen le gustaría hablar con usted.

– El CD era de los Ramones -le dije-. Si le gusta, dígale que puedo hacerle una copia.

Ni siquiera pestañeó.

– Le he dicho que el señor Bowen quiere hablar con usted.

Me encogí de hombros y lo seguí a través de la multitud. Bowen casi había terminado de dar alegremente la mano a los de su tropa, y, mientras lo observaba, se dirigió a la parte trasera del camión, a una pequeña zona acotada con una lona blanca que se desplegaba desde el remolque del vehículo. Debajo de aquella lona había unas sillas, un aparato portátil de aire acondicionado y una pequeña nevera encima de una mesa. Me condujo hasta Bowen, que estaba sentado en una de las sillas bebiéndose una lata de Pepsi. El hombre de la gorra se quedó con nosotros, pero el resto de la gente que había por allí se marchó para que tuviésemos un poco de intimidad. Bowen me ofreció una bebida. Se la rechacé.

– No esperábamos verle hoy por aquí, señor Parker. ¿Está considerando la posibilidad de unirse a nuestra causa?

– No creo que se trate de una causa -repliqué-, a menos que usted llame causa al hecho de timar unos cuantos centavos a unos campesinos.

Bowen, que tenía los ojos sanguinolentos, intercambió una mirada burlona de desaprobación con el otro tipo. A pesar de que estaba claro que él era el jefe de todo aquello, daba la impresión de conceder mucha importancia al tipo trajeado. Incluso su forma de estar, cabizbajo y un poco apartado del otro, parecía indicar que le tenía miedo. Parecía un perro encogido de miedo.

– Voy a presentarles. Señor Parker, éste es el señor Kittim. Tarde o temprano, el señor Kittim va a darle una tremenda lección.

Kittim se quitó las gafas de sol. Sus ojos eran inexpresivos y verdes, como esmeraldas defectuosas y sin tallar.

– Discúlpeme si no le estrecho la mano -le dije-. Me da la impresión de que está usted cayéndose a pedazos.

Kittim no se inmutó, pero el olor a gasolina se hizo más intenso. Incluso Bowen arrugó un poco la nariz.

Bowen acabó de beberse su refresco y tiró la lata a una bolsa de basura.

– ¿Por qué ha venido, señor Parker? Si cuando yo estaba en el escenario le hubiese dicho a la multitud quién es usted, me temo que habría tenido pocas posibilidades de regresar ileso a Charleston.

Quizá debería haberme sorprendido el hecho de que Bowen supiera que yo me alojaba en Charleston, pero no fue así.

– ¿Me está vigilando, Bowen? Me siento halagado. Y, por cierto, no es un escenario. Es un camión. No se dé aires de grandeza. Si quiere decirles a esos retrasados mentales quién soy, adelante. Las cámaras de televisión lo recogerán todo. ¿Que por qué estoy aquí? Pues porque quería verle de cerca y comprobar si es tan tonto como parece.

– ¿Por qué le parezco tonto?

– Porque está dando la cara por Faulkner, y si fuese listo se daría cuenta de que está loco, incluso más loco que este amigo suyo.

Bowen desvió la mirada hacia el otro tipo.

– No creo que el señor Kittim esté loco -me dijo. Las palabras le dejaron un sabor amargo en la boca. Lo noté por la mueca que hizo con los labios.

Observé a Kittim. Tenía escamas de piel seca enredadas en el poco pelo que le quedaba y la cara parecía palpitarle por el dolor de la afección. Daba la sensación de que estaba desintegrándose poco a poco. Se trataba de un círculo vicioso: con ese aspecto y sintiéndose como se sentía, por fuerza tenía que estar loco para no volverse loco.