– La vi cenando con él el otro día, así que di por sentado que serían amigos.
– ¿Qué clase de amigos?
– La clase de amigos que van a cenar juntos. ¿Qué quiere que le diga, señora Foster?
– No lo sé, y llámeme señorita Foster.
Iba a pedirle disculpas, pero hizo un gesto para que lo dejara correr.
– No tiene importancia. Supongo que quiere saber qué hay entre Elliot y yo, ¿verdad?
No contesté. No era mi intención inmiscuirme en sus asuntos, siempre y cuando no fuese indispensable, pero si ella necesitaba hablar, la escucharía con la esperanza de que me proporcionase algún dato interesante.
– Vaya, si nos vio discutiendo, es posible que pueda imaginarse el resto. Elliot era amigo de mi marido. De mi difunto marido.
Se alisó la falda. Fue el único indicio de nerviosismo que mostró.
– Lo siento.
Inclinó la cabeza.
– Todos lo sentimos.
– ¿Puedo preguntarle qué le pasó?
Levantó la vista de la falda y me miró directamente a los ojos.
– Se suicidó.
Tosió y noté que le resultaba difícil seguir hablando. La tos se intensificó. Me levanté y atravesé el salón en dirección a una luminosa cocina moderna que había sido añadida a la parte trasera de la casa. Cogí un vaso, lo llené de agua del grifo y se lo llevé. Bebió y dejó el vaso encima de la mesa.
– Gracias. No sé qué me ha pasado. Supongo que todavía rae cuesta trabajo hablar del asunto. James, mi marido, se suicidó hace un mes. Metió por la ventanilla del coche una goma que había encajado en el tubo de escape y se asfixió con los gases. Es un método habitual, según me han dicho.
Lo decía como si estuviese hablando de una enfermedad de poca importancia, de un resfriado o de una erupción cutánea. Su voz sonaba artificiosamente inexpresiva. Tomó otro sorbo de agua.
– Elliot era el abogado de mi marido, y también su amigo. -Esperé-. No debería decirle esto. Pero si Elliot ha desaparecido…
El modo en que pronunció la palabra «desaparecido» me hizo sentir una punzada en el estómago, pero no la interrumpí.
– Elliot era mi amante -dijo por fin.
– ¿Era?
– Lo dejamos poco antes de la muerte de mi marido.
– ¿Cuándo empezó la relación?
– ¿Por qué empiezan estas cosas? -se preguntó, porque había oído mal la pregunta. Quería decirlo y lo diría a su manera y a su ritmo-. Aburrimiento, malestar, un marido demasiado ocupado con su trabajo como para darse cuenta de que su mujer está volviéndose loca. Elija lo que quiera.
– ¿Lo sabía su marido?
Hizo una pausa antes de contestar, como si pensara en ello por primera vez.
– Si lo sabía, nunca me dijo nada. Por lo menos a mí.
– ¿Se lo dijo a Elliot?
– Me comentó algo, aunque podía interpretarse de muchas maneras.
– ¿Cómo lo interpretó Elliot?
– Que James lo sabía. Fue Elliot quien decidió terminar con aquello, y yo no estaba tan enamorada de él como para llevarle la contraria.
– ¿Entonces por qué discutía con él durante la cena?
Volvió a toquetearse la falda, jugando con unos hilos sueltos demasiado insignificantes como para prestarles la más mínima atención.
– Está pasando algo. Elliot lo sabe, pero finge no saberlo. Todo el mundo finge no saberlo.
De repente, el silencio de la casa me resultó opresivo. En aquella casa debería haber niños. Era demasiado grande para dos personas, e inmensa para una. Se trataba del tipo de casa que compran los ricos con la esperanza de poblarla con una familia, aunque no aprecié rastro alguno de vida familiar. Sólo la ocupaba aquella mujer enlutada que en ese instante acariciaba metódicamente los diminutos desperfectos de su falda, como si con aquello pudiera transformar sus grandes errores en aciertos.
– ¿Qué quiere decir con «todo el mundo»?
– Elliot. Landron Mobley. Grady Truett. Phil Poveda. Mi marido. Y Earl Larousse. Earl Jr.
– ¿Larousse? -No pude ocultar mi sorpresa.
Una vez más, Adele Foster simuló una sonrisa.
– Los seis crecieron juntos. Han empezado a ocurrir cosas muy extrañas, señor Parker. Primero fue la muerte de mi marido y luego la de Grady Truett.
– ¿Qué le pasó a Grady Truett?
– Una semana después de que James muriera, alguien entró en su casa. Lo encontraron en su estudio atado a una silla. Degollado.
– ¿Y cree que las dos muertes están relacionadas?
– Le diré lo que creo: asesinaron a Marianne Larousse hace diez semanas. James murió seis semanas más tarde. A Grady Truett lo asesinaron una semana después de lo de mi marido. Han encontrado muerto a Landron Mobley y, para colmo, Elliot ha desaparecido.
– ¿Tuvo alguno de ellos relación con Marianne?
– No, si por relación quiere decir sexo. Pero, como ya le he dicho, todos ellos eran amigos de infancia de su hermano. La conocían y tenían trato con ella. Bueno, puede que Landron Mobley no, pero los otros sin duda alguna.
– Señorita Foster, ¿qué cree que está pasando?
Respiró hondo y, al hacerlo, se le ensanchó la nariz, levantó la cabeza y exhaló el aire muy despacio. En aquel ademán se adivinaba el vestigio del fuerte carácter que estaba sepultado bajo el luto, y resultaba fácil apreciar lo que a Elliot le había atraído de ella.
– Señor Parker, mi marido se suicidó porque estaba asustado. Algo que hizo en el pasado volvió para perseguirle. Se lo dijo a Elliot, pero Elliot no le creyó. No quiso decirme de qué se trataba. Fingía que todo era normal, que todo iba bien. Siempre así, hasta que llegó el día en que entró en el garaje con una manguera amarilla y se suicidó. Elliot también finge que las cosas son normales, pero sé que sabe más de lo que dice.
– ¿De qué cree que estaba asustado su marido?
– No de qué, sino de quién.
– ¿Tiene idea de quién era esa persona?
Adele Foster se levantó y, con un gesto de la mano, me indicó que la siguiera. Subimos las escaleras y entramos en una habitación que, en otros tiempos, seguramente se utilizaba como recibidor, pero que había sido transformada en un dormitorio amplio y lujoso. Nos detuvimos delante de una puerta cerrada que tenía la llave en la cerradura. La giró. Luego, de espaldas aún al dormitorio, empujó la puerta.
La habitación debió de haber sido alguna vez un pequeño dormitorio o un vestidor, pero James Foster la había transformado en un estudio. Había una mesa de ordenador, una silla y una mesa de dibujo. Una de las paredes estaba cubierta con una estantería atestada de libros y de archivadores. La ventana daba al jardín delantero" y dejaba ver la copa de un exuberante cornejo florido, con las últimas flores blancas ya marchitas. En la rama más alta había posado un arrendajo, pero debió de asustarse al ver cómo nos movíamos al otro lado de los cristales, porque de repente echó a volar tomando impulso con su redondeada cola azul.
En realidad, el pájaro sólo me distrajo un instante, pues las paredes copaban toda mi atención. No podría decir de qué color estaban pintadas, porque el aluvión de papeles que las cubrían no dejaban al descubierto ni el más mínimo tramo de pared, como si la habitación girara constantemente y aquellos papeles estuvieran estampados contra la pared a causa de una fuerza centrífuga. Las hojas de papel que cubrían las paredes eran de distinto tamaño. Algunas eran apenas algo más grandes que pequeñas notas de recordatorio de papel adhesivo, otras eran mayores que la superficie de la mesa de dibujo de Foster. Las había amarillas, otras oscuras, algunas blancas y otras rayadas. La técnica variaba de un dibujo a otro: desde rápidos y compulsivos bocetos a lápiz, hasta minuciosas y elaboradas figuraciones. James Foster era todo un artista, pero daba la impresión de estar obsesionado con un único tema.
Casi todos los dibujos representaban a una mujer con la cara oculta y envuelta en un velo blanco desde la cabeza a los pies. La cola del velo le arrastraba como si fuese el reguero de agua dejado por una escultura de hielo al derretirse. No se trataba de una falsa impresión, porque Foster la había pintado como si la tela que la cubría estuviese mojada. Se adhería a los músculos de sus nalgas y de sus piernas, a las curvas de sus pechos y a las delgadas puntas de sus dedos, y se apreciaba con claridad la forma de los huesos de los nudillos por donde agarraba fuertemente el velo.