– Me cepillé los dientes, me fui a la cama, me levanté, llamé a Atys para ver cómo estaba, hice otras llamadas…
– ¿A quiénes llamó?
– A Elliot y a un familiar que está en Maine.
– ¿Qué le contó a Norton?
– No mucho. Todavía estábamos en pañales. Me preguntó si había hecho algún progreso y le contesté que acababa de empezar.
– Después, ¿qué hizo?
Una vez más llegamos a ese punto en el que el camino de la verdad y el de la mentira se bifurcan. Opté por un camino intermedio, con la esperanza de retomar más tarde el camino de la verdad.
– Fui a un club de striptease.
La ceja derecha de Adams formó un arco eclesiástico de desaprobación.
– ¿Por qué?
– Porque estaba aburrido.
– ¿Norton le pagaba para que fuese a clubes de striptease?
– Fui a la hora de la comida. Era mi hora libre.
– ¿Y después?
– Volví al hotel y cené. Me acosté. Cuando me levanté esta mañana intenté llamar a Elliot, pero no tuve suerte. Visité a algunos testigos para comprobar sus declaraciones y regresé al hotel. Al cabo de una hora me llamó Albert.
Adams se puso de pie entre gestos de abatimiento e intercambió una mirada con su compañero.
– Me huele que Norton no le sacaba partido a su dinero.
Por primera vez, me fijé en que conjugaba el verbo en pasado.
– ¿Qué quiere decir con «sacaba»?
Volvieron a intercambiar una mirada, pero ninguno dijo palabra.
– ¿Tiene algún documento relacionado con el caso Jones que pueda sernos de utilidad para la investigación? -me preguntó Addams.
– Le he hecho una pregunta -le dije.
Addams alzó la voz.
– Yo también le he hecho una pregunta: ¿tiene o no algo que pueda ser de utilidad para la investigación?
– No -mentí-. Elliot lo tenía todo. -Me di cuenta de que había metido la pata-. Elliot lo «tiene» todo -me corregí-. Ahora, díganme qué ha pasado.
Fue Adams quien tomó la palabra.
– Una patrulla de carretera encontró su coche a la salida de la 176, en dirección a Sandy Road Creek. Estaba en el agua. Parece ser que viró bruscamente para evitar algún obstáculo y acabó en el río. El cuerpo no aparece, pero hay sangre dentro del coche. Mucha sangre. El grupo sanguíneo, B Rh positivo, coincide con el de Norton. Lo sabemos porque donaba sangre, así que contrastamos las muestras del coche con las de la donación.
Escondí la cara entre las manos y respiré hondo. Primero Foster, después Truett y Mobley y ahora Elliot. Sólo quedaban dos más: Earl Larousse Jr. y Phil Poveda.
– ¿Puedo irme ya?
Quería regresar al hotel y poner a salvo el material que tenía allí. Sólo esperaba que Adams y Addams no hubiesen solicitado una orden de registro mientras yo permanecía retenido.
Antes de que uno de los dos agentes pudiera darme una respuesta, se abrió la puerta de la sala de interrogatorios. El hombre que entró era por lo menos veinte años mayor que yo y me sacaba entre cinco y siete centímetros de altura. Tenía el pelo canoso y cortado a la moda, los ojos de color azul grisáceo, y se comportaba como si acabase de llegar de la Academia Militar de Parris Island, después de haber dado caza a unos marines que se hubiesen ausentado sin permiso. El aire militar se veía reforzado por el impecable uniforme que llevaba y por la chapa identificativa: «S. Stilwell». Stilwell era el teniente coronel que estaba al mando del grupo de operaciones del Departamento de Policía de Charleston y sólo tenía que rendir cuentas ante el jefe Greenburg.
– ¿Es éste el sujeto, agente? -vociferó.
– Sí, señor -confirmó Addams, y me lanzó una mirada con la que pretendía darme a entender que mis problemas acababan de empezar y que iba a divertirse mucho con lo que me esperaba.
– ¿Por qué sigue aquí? ¿Por qué no está compartiendo ya celda con la peor basura, con los réprobos más repugnantes que esta gran ciudad puede brindarle?
– Señor, estábamos interrogándole.
– ¿Y ha respondido a las preguntas de manera satisfactoria, agente?
– No, señor. No lo ha hecho.
– ¿Ah, no?
Stilwell se volvió hacia Adams.
– Usted, agente, usted es un buen hombre, ¿no es así?
– Intento serlo, señor.
– No lo dudo, agente. Y usted, por encima de todo, tiene una opinión favorable de su prójimo.
– Sí, señor.
– No esperaba menos de usted. ¿Lee la Biblia?
– No tanto como debiera, señor.
– Ya lo creo, agente. Nadie lee la Biblia tanto como debiera. El hombre debería vivir la palabra de Dios, no estudiarla. ¿Estoy en lo cierto?
– Sí, señor.
– ¿Y no nos dice la Biblia que debemos tener una buena opinión del prójimo, que se merece que le demos todas las oportunidades posibles?
– No lo sé con certeza, señor.
– Yo tampoco, pero estoy seguro de que existe tal mandamiento. Y si no existe ese mandamiento en la Biblia, es porque se debió a un descuido, y si el hombre responsable de omitir tal mandamiento pudiese volver y corregir ese error, con toda seguridad volvería e incluiría dicho mandamiento, ¿verdad que lo haría?
– Con toda seguridad, señor.
– Amén. Así que estamos de acuerdo, agente, en que le ha dado al señor Parker la oportunidad de contestar a las preguntas que le ha hecho. De que usted, como un hombre temeroso de Dios, ha cumplido ese probable mandamiento de la Biblia y ha dado por hecho que la declaración del señor Parker es la palabra de un hombre honrado. ¿Y, aun así, duda de que haya sido sincero?
– Me temo que sí, señor.
– Bien, entonces estamos ante una desafortunadísima vuelta de tuerca.
Por primera vez centró toda su atención en mí.
– Estadísticas, señor Parker. Hablemos de estadísticas. ¿Sabe cuánta gente murió asesinada en esta magnífica ciudad de Charleston en el año de nuestro Señor de mil novecientos noventa y nueve?
Negué con la cabeza.
– Yo se lo diré: tres. Fue la tasa de asesinatos más baja qué hemos tenido en más de cuarenta años. Bien, ¿eso qué le dice acerca del Cuerpo de Policía de la magnífica ciudad de Charleston?
No contesté. Stilwell ahuecó la mano izquierda tras la oreja izquierda y se inclinó hacia mí.
– No le oigo, hijo.
Abrí la boca, pero eso le dio pie a continuar hablando antes siquiera de que yo pudiese decir algo.
– Le explicaré qué indica eso acerca de este Cuerpo de Policía. Significa que este magnífico cuerpo policial integrado por hombres y mujeres no tolera el asesinato, que rechaza enérgicamente lo que se entiende como la actividad antisocial y que castigará a aquellos que cometan asesinatos como si fuesen dos toneladas de mierda sacadas de un tren cargado de elefantes. Pero su llegada a nuestra ciudad parece que ha coincidido con un escandaloso incremento de homicidios. Eso afectará a nuestras estadísticas. Causará una mancha en el recuento estadístico y el jefe Greenberg, un hombre excelente, tendrá que presentarse ante el alcalde y explicarle esa desafortunada vuelta de tuerca. Y el alcalde le preguntará por qué ha ocurrido eso, y entonces el jefe Greenberg me preguntará a mí, y yo le diré que ha sido por su culpa, señor Parker. Y el jefe me preguntará que dónde está usted, y yo le llevaré hasta el agujero más oscuro y más profundo que reserva la ciudad de Charleston para quienes amenazan su seguridad. Y bajo aquel agujero habrá otro agujero, y en ese agujero estará usted, señor Parker, porque lo encerraré allí. Estará tan bajo tierra que oficialmente no se hallará en la jurisdicción de la ciudad de Charleston. Más aún, ni siquiera se encontrará oficialmente en la jurisdicción de los Estados Unidos de América. Estará en la jurisdicción de la República Popular China, y los chinos le aconsejarán que contrate a un abogado chino para ahorrarse los gastos de desplazamiento de su representante legal. ¿Cree que todo esto que le cuento es una mentira de mierda, señor Parker? Porque no le estoy diciendo una mentira de mierda. Yo no les cuento mentiras de mierda a gente como usted, señor Parker. Yo me cago en la gente como usted, y me guardo algunas de las más desagradables de mis cagadas para ocasiones como ésta. Bien, ¿tiene algo más que quiera compartir con nosotros?