Egwene resopló. Por suerte, ninguna de las propuestas, fuese cual fuese la que votara la Antecámara, podría llevarse adelante sin un decreto de ella. Aun en sus circunstancias, tenía algo de poder. Muy poco, pero era más que nada.
—¿La Antecámara está siempre así de mal, Siuan?
La otra mujer asintió mientras rebullía en la banqueta para buscar mejor equilibrio. No había dos patas del asiento que tuviesen la misma longitud.
—Pero podría ser peor. Recordadme que os cuente lo del Año de las Cuatro Amyrlin; eso fue unos ciento cincuenta años después de la fundación de Tar Valon. En aquellos días, los enredos de la Torre casi rivalizaban con lo que está ocurriendo hoy. Todas las manos querían agarrar el timón si podían. De hecho hubo dos Antecámaras de la Torre rivales en Tar Valon durante parte de ese año. Casi como ahora. Al final casi todo el mundo acabó mal, incluidas unas pocas que pensaban que iban a salvar la Torre. Algunas de ellas podrían haberlo hecho, si no hubiesen pisado arenas movedizas. La Torre sobrevivió de todos modos, naturalmente. Siempre lo hace.
Mucha era la historia acaecida en más de tres mil años, gran parte de ella suprimida, oculta a todos, salvo a unos pocos ojos; sin embargo, Siuan parecía conocer hasta el último detalle. Debía de haber pasado gran parte de sus años en la Torre enterrándose en aquellos legajos secretos. De algo sí estaba segura Egwene: evitaría acabar como Shein si podía, pero no se quedaría como ahora, poco mejor que Cemaile Sorenthaine. Desde mucho antes del final de su reinado, la decisión más importante que se había dejado en manos de Cemaile era qué vestido ponerse. Iba a tener que pedirle a Siuan que le hablara del Año de las Cuatro Amyrlin, y no lo estaba deseando precisamente.
La inclinación del haz de luz que penetraba por el respiradero del techo señalaba que la mañana se aproximaba al mediodía, pero el montón de papeles apenas había disminuido. Cualquier interrupción habría sido bienvenida, incluso un descubrimiento prematuro de sus planes. Bueno, quizás eso no.
—¿Qué es lo siguiente, Siuan? —gruñó.
Un movimiento atrajo la atención de Aran’gar, y ésta escudriñó entre los árboles, hacia el campamento del ejército, un oscuro anillo alrededor de las tiendas de las Aes Sedai. Una hilera de carretas sobre patines avanzaba lentamente hacia el este, escoltadas por hombres a caballo. El pálido sol se reflejaba en armaduras y moharras. No pudo evitar sonreír burlonamente. ¡Lanzas y caballos! Una chusma primitiva que no podía desplazarse más deprisa que un caminante, dirigida por un hombre que ignoraba lo que ocurría a cien kilómetros de distancia. ¿Aes Sedai? Podría destruirlas a todas e incluso mientras murieran no sospecharían quién las estaba matando. Claro que no las sobreviviría mucho. Esa idea la hizo estremecerse. El Gran Señor daba una segunda oportunidad de vivir muy pocas veces, y ella no pensaba desperdiciar la suya.
Esperó hasta que los jinetes se perdieron de vista en el bosque y entonces emprendió la vuelta al campamento, pensando ociosamente en los sueños de esa noche. A su espalda, la blanda nieve ocultaría lo que había enterrado hasta el deshielo de primavera, tiempo más que suficiente. Al frente, algunos de los hombres del campamento repararon finalmente en ella y dejaron sus tareas para mirarla. A pesar de sí misma, sonrió y se alisó la falda en las caderas. Ahora le resultaba verdaderamente difícil recordar cómo había sido su vida como varón; ¿habría sido entonces un necio tan fácil de manipular? Pasar a través de ese enjambre con un cadáver sin ser vista había sido difícil, incluso para ella, pero disfrutó el paseo de regreso.
La mañana siguió transcurriendo en lo que parecía un interminable abrirse paso trabajosamente a través de papeles, hasta que ocurrió lo que Egwene había sabido que ocurriría. Ciertos acontecimientos cotidianos sucedían inevitablemente: haría un frío intenso, nevaría, habría nubes y cielos grises y viento. Y habría visitas de Lelaine y Romanda.
Cansada de permanecer sentada, Egwene estaba estirando las piernas cuando Lelaine entró en la tienda con Faolain pisándole los talones. El aire frígido penetró con ellas antes de que la lona de la entrada cayera a sus espaldas. Mirando en derredor con una actitud levemente desaprobadora, Lelaine se quitó los guantes de cuero azul mientras dejaba que Faolain le retirara de los hombros la capa orlada con piel de lince. Esbelta y majestuosa en su vestido azul intenso, con ojos penetrantes, habríase dicho que se encontraba en su propia tienda. A un gesto suyo, Faolain se retiró deferentemente a un rincón con la prenda, limitándose a echar hacia atrás su propia capa. Obviamente, estaba preparada para marcharse en el instante que la mano de la Asentada hiciese otro gesto. Sus oscuros rasgos mostraban un indicio de humildad resignada, algo que no cuadraba con su carácter.
La impasibilidad de Lelaine se resquebrajó un instante con una sonrisa sorprendentemente afectuosa a Siuan. Habían sido amigas en otros tiempos, años atrás, y le había ofrecido una especie de patronazgo que Faolain había aceptado, la protección de una Asentada y un brazo en el que refugiarse de la mofa y las acusaciones de otras hermanas. Rozando la mejilla de Siuan, Lelaine musitó algo que sonó compasivo. Siuan enrojeció y su rostro denotó una fugaz y sobresaltada incertidumbre. No era fingido, de eso no le cabía duda a Egwene. A Siuan le resultaba muy difícil aceptar lo que había cambiado realmente en ella y, más aún, la facilidad con la que se estaba adaptando a esos cambios.
Lelaine miró la banqueta colocada delante del escritorio y, como siempre, rehusó ocupar un asiento tan inestable. Sólo entonces se dio por enterada de la presencia de Egwene, con un ligerísimo cabeceo.
—Tenemos que hablar con los Marinos, madre —empezó en un tono demasiado firme para dirigirse a la Sede Amyrlin.
Hasta que desapareció la sensación de tener el corazón en un puño, Egwene no fue consciente de que había temido que Lelaine supiera ya lo que lord Bryne le había dicho. O incluso la reunión que se estaba preparando. Un instante después, el corazón volvió a darle un brinco en el pecho. ¿Los Marinos? Imposible que la Antecámara tuviese conocimiento del absurdo acuerdo que Nynaeve y Elayne habían hecho. No imaginaba qué podía haberlas conducido a tal desastre ni cómo iba a resolverlo ella.
A pesar de tener el estómago agarrotado, ocupó su sitio detrás del escritorio sin traslucir nada de lo que sentía. Y la maldita pata de la silla se dobló y estuvo a punto de darse una culada en las alfombras antes de conseguir enderezarla de un tirón. Esperaba no tener las mejillas arreboladas.
—¿Los Marinos de Caemlyn o los de Cairhien? —Sí; su tono sonaba aceptablemente sereno y compuesto.
—Los de Cairhien, por supuesto. —La penetrante voz de Romanda resonó como un repentino tañido de campanas. Su entrada hizo que la de Lelaine pareciera casi tímida en comparación, y su fuerte personalidad colmó de golpe la tienda. Nada de sonrisas afectuosas en Romanda; a pesar de ser hermoso, aquel rostro no parecía hecho para sonreír.
Theodrin entró detrás de ella y Romanda se quitó la capa con una floritura y se la echó a la esbelta hermana de mejillas de melocotón, acompañada de un gesto perentorio, de manera que Theodrin se apartó apresuradamente hacia el rincón opuesto al que ocupaba Faolain. Ésta se mostraba claramente sumisa, pero los ojos rasgados de Theodrin estaban muy abiertos, como denotando un sobresalto permanente, y sus labios parecían a punto de soltar una exclamación ahogada. Al igual que Faolain, su lugar apropiado en la jerarquía de Aes Sedai requería una ocupación mejor, pero no parecía probable que alguna de las dos fuese a conseguirlo pronto.
La mirada autoritaria de Romanda se detuvo un momento en Siuan, como si considerara la posibilidad de mandarla también a un rincón, después pasó casi desdeñosamente sobre Lelaine antes de detenerse en Egwene.