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A un gesto de Romanda, Theodrin se adelantó con la capa de la Asentada prestamente, como si la hubiesen azuzado en el trasero. Por la expresión de Romanda, no le complacía precisamente que Lelaine hubiese recuperado la sangre fría.

—Acordaos de decirle a Merilille que quiero hablar con ella, madre.

En esto ni siquiera hubo indicio de petición.

Durante un instante las dos Asentadas se sostuvieron la mirada, Egwene de nuevo olvidada por su mutua animosidad. Se marcharon sin dirigirle una palabra, casi empujándose para ser la primera en salir, aunque fue Romanda la que llegó primero al faldón de la puerta, con Theodrin pisándole los talones. Enseñando los dientes, Lelaine sacó a Faolain prácticamente a empujones.

Siuan soltó un sonoro suspiro y ni siquiera intentó disimular su alivio.

—Si dais vuestro permiso, madre. Con vuestra venia, madre. Podéis iros, hijas —masculló Egwene con sorna. Tras soltar un largo suspiro, volvió a tomar asiento en la silla, que se ladeó, y la joven cayó de nalgas en la alfombra. Se levantó lentamente y se arregló la falda, así como la estola. Por lo menos no había ocurrido estando esas dos presentes—. Ve a buscar algo de comer, Siuan. Todavía tenemos una larga jornada de trabajo ante nosotras.

—Algunas caídas duelen menos que otras —comentó Siuan como si hablase consigo misma antes de salir de la tienda. Suerte que lo hizo deprisa, evitando así que Egwene le echara un rapapolvo.

No tardó en regresar, sin embargo, y comieron panecillos duros y guiso de lentejas con zanahorias y trocitos de algún tipo de carne que Egwene prefirió no mirar con demasiado detenimiento. Sólo hubo unas pocas interrupciones, durante las que guardaron silencio y fingieron estudiar los informes. Chesa entró para llevarse la bandeja, y más tarde para reemplazar las velas, una tarea que realizó sin dejar de refunfuñar, lo que era extraño en ella.

—¿Quién habría imaginado que Selane saldría por allí también? —rezongó casi para sí misma—. Estará besuqueándose con los soldados, supongo. Eso es por la mala influencia de Halima.

Un joven delgaducho, con la nariz congestionada por el constipado, echó más carbón a los mortecinos rescoldos de los braseros —la Amyrlin tenía la tienda más caldeada que la mayoría, aunque tampoco era demasiado— y se tropezó con sus propios pies, mirando boquiabierto a Egwene de una manera que resultaba muy gratificante después de lo de las dos Asentadas. Sheriam apareció para preguntar si Egwene tenía más instrucciones que darle, nada menos, y luego pareció que quería quedarse. Tal vez los pocos secretos que sabía la ponían nerviosa; en realidad sus ojos lanzaban rápidas ojeadas a uno y otro lado, con inquietud.

Y eso fue todo; Egwene no estaba segura si era porque nadie molestaba a la Amyrlin sin necesidad o porque todo el mundo sabía que las verdaderas decisiones las tomaba la Antecámara.

—No sé qué pensar de este informe sobre soldados saliendo de Kandor en dirección al sur —comentó Siuan tan pronto como el faldón de la puerta cayó detrás de Sheriam—. Ha sido el único, y los habitantes de las Tierras Fronterizas rara vez se alejan de la Llaga, pero eso lo sabe hasta el más tonto, así que difícilmente es el tipo de historia que alguien se inventaría. —Ahora no estaba leyendo de una página.

Siuan se las había arreglado para mantener un débil control de la red de informadores de la Amyrlin hasta ese momento, de manera que informes, rumores y hablillas llegaban a ella a un ritmo constante y eran estudiados antes de que Egwene y ella decidiesen cuál pasar o no a la Antecámara. Leane tenía su propia red con la que nutrir ese flujo continuo. La mayoría se transmitía —la Antecámara debía saber ciertas cosas, y no había garantía de que los Ajahs trasladaran a las Asentadas lo que sus propios informadores descubrían—, pero todo ello había que pasarlo por el tamiz para eliminar lo que podría ser peligroso o desviar la atención del verdadero objetivo.

Últimamente, pocos de esos informes comunicaban algo bueno. Desde Cairhien habían llegado infinidad de rumores sobre Aes Sedai aliadas con Rand o, peor aún, sirviéndole, pero al menos ésos podían descartarse. Las Sabias no contaban gran cosa sobre Rand ni cualquiera relacionado con él, pero según ellas Merana estaba aguardando su regreso y, ciertamente, el hecho de que hubiese hermanas en el Palacio del Sol, donde el Dragón Renacido mantenía su primer trono, era semilla más que suficiente para que medraran tales cuentos. Otros no podían pasarse por alto tan alegremente, aun cuando una no supiera qué conclusión sacar de ellos. Un impresor de Illian aseguraba tener pruebas de que Rand había matado a Mattin Stepaneos con sus propias manos y que luego había destruido el cuerpo con el Poder Único, mientras que un trabajador del puerto afirmaba que había visto llevar al anterior rey atado, amordazado y envuelto en una alfombra, a bordo de un barco que zarpó en medio de la noche con el beneplácito del capitán de la guardia del puerto. La primera información parecía más probable que fuera cierta, pero Egwene esperaba que ningún informador de los Ajahs hubiese oído esa historia. Ya había demasiadas marcas negras junto al nombre de Rand en los libros de las hermanas.

Todo era más o menos igual. Al parecer, los seanchan estaban afianzando su dominio en Ebou Dar sin apenas resistencia. Tal cosa era de esperar en un país donde el verdadero poder de la reina terminaba a corta distancia de la capital, pero no resultaba alentador. Los Shaido parecían encontrarse en todas partes, aunque las noticias sobre ellos llegaban siempre de alguien a quien se lo había contado otro que se había enterado por un tercero. La mayoría de las hermanas opinaban que la dispersión de los Shaido era cosa de Rand a pesar de que las Sabias lo negaban, según les dijo Sheriam. Nadie quería comprobar directamente las supuestas mentiras de las Sabias, claro está. Había cientos de excusas, pero ninguna estaba dispuesta a reunirse con ellas en el Tel’aran’rhiod, excepto las hermanas comprometidas con Egwene, y éstas sólo lo hacían obedeciendo órdenes. Anaiya denominó los encuentros como «lecciones de humildad bastante compendiosas», y no parecía en absoluto divertida.

—No puede haber tantos Shaido —murmuró Egwene. No se habían echado hierbas olorosas a la segunda carga de carbón, que empezaba a apagarse en débiles ascuas; los ojos le escocían por el humo que flotaba en el aire. Encauzar para dispersarlo también disiparía el calor—. Parte de esto ha de ser obra de bandidos. —Después de todo, ¿quién distinguiría un pueblo vacío cuyos habitantes han huido de los forajidos de otro que se ha abandonado huyendo de los Shaido? Sobre todo si el rumor provenía de tres, cuatro o cinco bocas distintas—. Ciertamente hay bandidos de sobra por la zona para que sean responsables de algunas de esas cosas. —La mayoría de ellos se autoproclamaban Juramentados del Dragón, cosa que tampoco era una ayuda. Movió los hombros para aliviar los músculos agarrotados.

De repente se dio cuenta de que Siuan tenía la mirada fija en la nada, tan absorta que parecía a punto de caerse de la banqueta.

—Siuan, ¿te estás durmiendo? Puede que hayamos trabajado gran parte del día, pero todavía hay luz fuera. —Se veía por el agujero de ventilación, aunque daba la impresión de que iba menguando.

—Lo siento. —Siuan parpadeó—. Últimamente le estoy dando vueltas a una cosa, intentando decidir si compartirla con vos. Sobre la Antecámara.