—Iré a ver cómo van las mujeres del Círculo —musitó entre dientes Nynaeve.
—Voy a asegurarme de que las hermanas están listas —anunció Elayne con algo más de firmeza.
Se soltaron los brazos y se marcharon en direcciones opuestas, recogido el repulgo de las faldas para caminar a buen paso, y seguidas por Birgitte y por Lan. Así, ella se quedó sola para afrontar la mirada severa de Renaile din Calon, la mirada de águila de una mujer consciente de ocupar un lugar elevado privilegiado del que no puede ser desplazada. Por suerte, la Detectora de Vientos de la Señora de los Barcos se volvió enseguida hacia sus compañeras, tan bruscamente que las puntas del largo fajín amarillo ondearon ampliamente. Las otras Detectoras de Vientos se agruparon a su alrededor, pendientes de lo que les decía en voz baja. Atizarla, aunque sólo fuese una vez, sin duda daría al traste con todo; Aviendha intentó no lanzarles una mirada fulminante, pero por mucho que procuró dirigir la vista a otro lado, sus ojos volvían una y otra vez hacia ellas. Nadie tenía derecho a meter en un aprieto a su medio hermana. ¡Anillos en la nariz! Un buen tirón de aquella cadena y la expresión altanera de Renaile din Calon Estrella Azul cambiaría radicalmente.
Apiñadas a un extremo del patio de las caballerizas, la menuda Merilille Ceandevin y otras cuatro Aes Sedai también observaban a las Detectoras de Vientos, casi todas ellas con enojo mal disimulado bajo la expresión de fría serenidad, hasta la delgada y canosa Vandene Namelle y su primera hermana Adeleas, tan iguales que parecían calcos, y que por lo general eran las que se mostraban más imperturbables. De tanto en tanto, una u otra se ajustaba el guardapolvo de fino lino o se sacudía la falda pantalón; saltaba a la vista que la irritación movía sus manos. Repentinas ráfagas de viento levantaban un poco de polvo y agitaban las capas de colores cambiantes de los cinco Guardianes que se encontraban detrás. Únicamente Sereitha, que montaba guardia junto a un bulto grande, con forma de disco, no se movía pero sí fruncía el entrecejo. Detrás de ellas, la… doncella de Merilille, Pol, tenía cara de pocos amigos. Las Aes Sedai se habían mostrado acaloradamente contrarias al trato que había llevado a las Atha’an Miere de sus barcos y les había dado el derecho de mirar a las Aes Sedai con intolerante impaciencia, pero el mismo trato les ataba la lengua a las hermanas y las ahogaba con su propia irritación; ellas intentaban ocultarlo, y es posible que tuvieran éxito con los habitantes de las tierras húmedas. El tercer corrillo de mujeres que formaba un apiñado grupo al otro extremo del patio también era objeto de su observación.
Reanne Corly y las otras diez supervivientes del Círculo de Labores de Punto rebullían con inquietud bajo aquel desaprobador escrutinio; se enjugaban las caras sudorosas con pañuelos bordados, se acomodaban los amplios y coloridos sombreros de paja, se alisaban las sobrias faldas de paño, recogidas con puntadas a un lado para dejar a la vista capas de enaguas de tonalidades tan llamativas como los atuendos de las mujeres de los Marinos. En parte, eran las miradas de las Aes Sedai las que las hacían bullir inquietas; también contribuía el miedo a los Renegados y al gholam, así como algunas otras cosas. Los profundos y estrechos escotes de sus vestidos habrían bastado como razón; casi todas ellas tenían al menos unas pocas arrugas en las mejillas, aunque parecían niñas sorprendidas con un trozo de pastel robado. Es decir, todas excepto la corpulenta Sumeko, que, puesta en jarras, devolvía mirada por mirada a las Aes Sedai. El brillo del saidar envolvía a una de ellas, Kirstian, que no dejaba de lanzar ojeadas por encima del hombro. Con su tez pálida, y unos diez años mayor que Nynaeve, daba la impresión de estar fuera de lugar entre las demás. La palidez de su semblante se acentuaba cada vez que sus negros ojos se encontraban con los de alguna Aes Sedai.
Nynaeve se acercó apresuradamente hacia las mujeres que encabezaban a las Allegadas con una expresión animosa en el rostro, y Reanne y las otras sonrieron con evidente alivio; cierto, un alivio ligeramente empañado por las miradas de reojo que dirigieron a Lan, el cual las observaba como el lobo que parecía. Sin embargo, Nynaeve era la razón de que Sumeko no se encogiese al igual que las otras cada vez que una Aes Sedai volvía la vista en su dirección. Había jurado que enseñaría a aquellas mujeres que tenían brío, resolución, aunque Aviendha no acababa de entender por qué. La propia Nynaeve era Aes Sedai; ninguna Sabia le diría jamás a nadie que plantase cara a otras Sabias.
Por bien que eso estuviese funcionando con respecto a las otras Aes Sedai, hasta Sumeko mostraba cierto aire adulador hacia Nynaeve. Decir que al Círculo le resultaba chocante que mujeres tan jóvenes como Elayne y Nynaeve dieran órdenes a las otras Aes Sedai y que éstas obedecieran era quedarse corto. La propia Aviendha lo encontraba raro; ¿cómo podía tener más peso la fuerza en el Poder, algo tan innato en la persona como el color de los ojos, que el honor adquirido a lo largo de años? Sin embargo, las Aes Sedai de mayor edad obedecían, y para las Emparentadas eso bastaba. Ieine, casi tan alta como Aviendha y con la tez casi tan oscura como las Atha’an Miere, reaccionaba a las miradas de Nynaeve con una sonrisa obsequiosa, en tanto que Dimana, cuyo cabello pelirrojo estaba surcado de hebras plateadas, agachaba la cabeza continuamente cuando los ojos de Nynaeve se posaban en ella, y la rubia Sibella ocultaba risitas nerviosas tapándose la boca con la mano. A pesar de sus ropas ebudarianas, sólo Tamarla, una mujer enjuta de tez olivácea, era altaranesa, y ni siquiera oriunda de la ciudad.
Se apartaron tan pronto como Nynaeve se aproximó a ellas, dejando ver a una mujer arrodillada, con las manos atadas a la espalda, la cabeza tapada con un saco de cuero y sus finas ropas rotas y polvorientas. Ella era el motivo de la intranquilidad de las Allegadas tanto como el ceño de Merilille o los Renegados. Puede que incluso más.
Tamarla le retiró el capuchón sin contemplaciones, dejando enredadas las finas trenzas adornadas con cuentas; Ispan Shefar trató de levantarse y consiguió ponerse en cuclillas antes de perder el equilibrio y volver a caer de rodillas al tiempo que parpadeaba y soltaba una absurda risita. El sudor le corría por la cara, y unos cuantos moretones estropeaban sus rasgos intemporales. En opinión de Aviendha, se la había tratado con demasiada delicadeza habida cuenta de sus crímenes.
La infusión de hierbas que Nynaeve le había obligado a tragarse todavía obnubilaba su mente además de debilitarle las rodillas, pero Kirstian mantenía un escudo sobre ella empleando hasta la última brizna de Poder que era capaz de absorber. No había posibilidad de que la Seguidora de la Sombra escapara —incluso en el caso de que no hubiese estado drogada, Kirstian era tan fuerte en el Poder como Reanne, más que la mayoría de las Aes Sedai que Aviendha conocía— pero aun así hasta Sumeko se agarraba la falda con nerviosismo y evitaba mirar a la mujer postrada de rodillas.
—Sin duda deberían ser las hermanas quienes se ocuparan de ella ahora. —La voz de tono agudo de Reanne sonaba tan vacilante como para pertenecer a la hermana Negra escudada por Kirstian—. Nynaeve Sedai, nosotras no… No deberíamos guard… ejem, estar a cargo de una… Aes Sedai.
—Muy cierto —se apresuró a intervenir Sumeko—. Las Aes Sedai deberían hacerse cargo de ella ahora.
Sibella convino con ella, y las demás Emparentadas mostraron su acuerdo con cabeceos y murmullos. El convencimiento de encontrarse muy por debajo de las Aes Sedai estaba firmemente arraigado en sus mentes; seguramente habrían preferido vigilar trollocs que a una hermana.
Las desaprobadoras miradas de Merilille y de las otras hermanas cambiaron una vez que el rostro de Ispan Shefar quedó al descubierto. Sareitha Tomares, que llevaba el chal hacía pocos años y todavía no tenía la apariencia de intemporalidad, le asestó una mirada de desprecio que habría lanzado por el aire a la Seguidora de la Sombra a cincuenta pasos de distancia. Adeleas y Vandene, con las manos crispadas sobre las faldas, parecían luchar contra el odio por la mujer que había sido su hermana y las había traicionado. No obstante, las ojeadas dirigidas al Círculo de Labores de Punto no eran mucho mejores. También estaban convencidas de que las Allegadas se encontraban muy por debajo de ellas. En el fondo había mucho más, pero la traidora había sido una de las suyas, y sólo a ellas asistía el derecho de ocuparse de la mujer. En eso Aviendha les daba la razón. Una Doncella que traicionaba a sus hermanas de lanza no recibía una muerte rápida y honrosa.