Nynaeve volvió a poner el saco sobre la cabeza de Ispan Shefar con cierta brusquedad.
—Hasta ahora lo habéis hecho bien, y seguiréis haciéndolo —dijo a las Emparentadas con firmeza—. Si da señales de recobrar el control, hacedle tragar un poco más de esa infusión. La mantendrá tan aturdida como una cabra llena de cerveza. Le tapáis la nariz si se resiste a beber. Hasta una Aes Sedai tragará si no puede respirar y se la amenaza con unas buenas bofetadas.
Reanne se quedó boquiabierta y sus ojos se desorbitaron, como les ocurrió a la mayoría de sus compañeras. Sumeko asintió, aunque lentamente, y abrió los ojos casi tanto como las demás. Cuando las Allegadas decían Aes Sedai era como si nombraran al Creador, y la idea de pinzar la nariz a una hermana, aunque fuese una Seguidora de la Sombra, puso una expresión de horror en sus semblantes.
A juzgar por los ojos saltones de las Aes Sedai, a ellas la idea les hacía aún menos gracia. Merilille abrió la boca, prendidos los ojos en Nynaeve, pero justo en ese momento Elayne llegó junto a ella y la hermana Gris se volvió hacia la joven, dedicando sólo una ojeada desaprobadora a Birgitte. Un indicador de su agitación fue el hecho de que alzase la voz en lugar de bajarla; normalmente, Merilille era muy discreta.
—Elayne, debes hablar con Nynaeve. Esas mujeres ya están confusas y asustadas a más no poder. No ayudará que las altere aún más. Si la Amyrlin se propone realmente permitirles ir a la Torre —sacudió la cabeza con lentitud, como si quisiera negar tal cosa y quizá muchas otras más—, si de verdad es su intención, deben tener muy claro cuál es su sitio y…
—Es la intención de la Amyrlin —la cortó Elayne. Viniendo de Nynaeve, un tono firme equivalía a un puño amenazador ante tu nariz. Viniendo de Elayne, era una sosegada seguridad—. Tendrán su oportunidad para intentarlo de nuevo y, si fallan, tampoco se las echará. Ninguna mujer capaz de encauzar volverá a ser separada de la Torre. Todas formarán parte de la Torre Blanca.
Mientras toqueteaba ociosamente su cuchillo del cinturón, Aviendha reflexionó sobre aquello. Egwene, la Sede Amyrlin, decía lo mismo. También era una amiga, pero había volcado su corazón en ser Aes Sedai. La propia Aviendha no quería ser parte de la Torre Blanca, y dudaba mucho que Sorilea o cualquiera de las otras Sabias lo desearan. Merilille suspiró y entrelazó las manos, pero a pesar de su aparente aceptación, siguió olvidando bajar el tono de voz.
—Como tú digas, Elayne. Pero en cuanto a Ispan, simplemente no podemos…
Elayne alzó bruscamente una mano. La autoridad reemplazó la mera seguridad.
—Basta, Merilille. Vosotras tenéis a vuestro cargo el Cuenco de los Vientos, y su vigilancia es tarea de sobra para cualquiera. Bastará para vosotras.
Merilille abrió la boca y volvió a cerrarla antes de inclinar la cabeza en señal de aquiescencia. Bajo la firme mirada de Elayne, las otras Aes Sedai también la inclinaron. Si algunas mostraron reticencia, por pequeña que fuese, no todas lo hicieron. Sareitha se apresuró a recoger el bulto en forma de disco, envuelto en seda blanca, que había estado a sus pies. Sus brazos apenas rodeaban el diámetro del Cuenco de los Vientos al sostenerlo contra su pecho, y sonrió ansiosamente a Elayne como para demostrar que lo vigilaba muy estrechamente.
Las Atha’an Miere contemplaban el bulto con avidez, casi echadas hacia adelante. A Aviendha no la habría sorprendido verlas saltar sobre las losas del patio para apoderarse de él. Obviamente, las Aes Sedai también advirtieron lo mismo; Sareitha apretó más contra sí el paquete blanco y Merilille se interpuso entre la hermana y las Detectoras de Vientos. Los sosegados semblantes Aes Sedai se tensaron por el esfuerzo de mantenerse inexpresivos. Creían que el Cuenco debía pertenecerles; a su modo de ver, todas las cosas que utilizaban o manipulaban el Poder Único eran propiedad de la Torre, estuviesen en posesión de quien estuviesen. Pero existía el trato.
—El sol sigue su curso, Aes Sedai —anunció en voz alta Renaile din Calon—, y el peligro amenaza. O eso afirmasteis. Si pensáis escabulliros del compromiso de algún modo con el retraso, pensároslo muy bien antes. Intentad eludir el trato, y juro por el corazón de mi padre que regresaré de inmediato a los barcos. Y reclamaré el Cuenco como compensación. Al fin y al cabo era nuestro desde el Desmembramiento.
—Mucho cuidado con el modo en que hablas a las Aes Sedai —bramó Reanne, la viva imagen de la indignación desde su sombrero de paja azul hasta los toscos zapatos que asomaban por el repulgo de las enaguas verdes y blancas.
La boca de Renaile din Calon se curvó en una mueca burlona.
—Vaya, las medusas tienen lengua, al parecer. Sin embargo, es una sorpresa que sepan utilizarla sin el permiso previo de una Aes Sedai.
En un instante, el patio resonó con los insultos intercambiados entre las Allegadas y las Atha’an Miere, «salvajes» y «débiles» entre ellos y cosas mucho peores, gritos estridentes que ahogaron los intentos de Merilille de hacer callar a Reanne y a sus compañeras por un lado y calmar a las mujeres de los Marinos por el otro. Varias Detectoras de Vientos pasaron de toquetear los cuchillos que llevaban metidos en los fajines a asir sus empuñaduras. El brillo del saidar surgió sucesivamente en una tras otra de las mujeres ataviadas con ropas de llamativos colores. Las Emparentadas parecieron sobresaltarse, aunque no por ello cesaron sus invectivas, y a continuación Sumeko abrazó la Fuente, y la siguió Tamarla, y luego la esbelta Chilares con sus ojos de gacela, y poco después todas ellas y todas las Detectoras de Vientos brillaban mientras los insultos volaban y la ira parecía a punto de estallar.
Aviendha deseó gemir. En cualquier momento correría la sangre. Seguiría la directriz de Elayne, pero su medio hermana miraba con gélida furia a Detectoras de Vientos y Allegadas por igual. Elayne no tenía paciencia con la estupidez, ya fuese en ella o en otros, y gritarse insultos cuando un enemigo podría estar acercándose era la mayor estupidez posible. Aviendha asió con firmeza el mango de su cuchillo y luego, un instante después, abrazó el saidar, se sintió colmada de vida y gozo hasta sentir ganas de llorar. Las Sabias utilizaban el Poder sólo cuando las palabras fracasaban, pero en esa situación ni las palabras ni las armas blancas servirían de nada. Ojalá supiera a quién debía matar primero.
—¡Basta ya! —El penetrante grito de Nynaeve acalló de golpe todas las voces. Rostros estupefactos se volvieron hacia ella. Su expresión era tormentosa, y apuntó con el índice a las componentes del Círculo—. ¡Dejad de comportaros como niñas! —Aunque había moderado el tono, sólo era por un pelo—. ¿Es que pensáis pelearos hasta que los Renegados lleguen para apoderarse del Cuenco y de nosotras? Y vosotras —el dedo se dirigió a las Detectoras de Vientos—, ¡dejad de intentar libraros del trato! ¡No tendréis el Cuenco hasta que hayáis cumplido hasta la última letra del acuerdo! ¡No creáis lo contrario! —A continuación se giró hacia las Aes Sedai—. ¡Y vosotras…! —La reacción de fría sorpresa de las hermanas cortó el torrente de palabras reduciéndolo a un ahogado gruñido. Las Aes Sedai no se habían sumado al griterío, sino que habían intentado apaciguarlo. Ninguna de ellas brillaba con el halo del saidar.