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—Dile a Elayne… —Un rostro como pulida piedra negra se volvió hacia ella; de algún modo la mujer se las arreglaba para que los labios turgentes pareciesen finos; sus ojos semejaban guijos negros, duros e inexpresivos. ¿Qué mensaje podía enviar que no diera lugar a todos los problemas que temía de ellas?—. Diles a Elayne y a Nynaeve que no se fíen. Diles que el enemigo siempre llega cuando menos se espera.

La Detectora de Vientos asintió con mal disimulada impaciencia, pero sorprendentemente esperó a que Aviendha le soltase la manga para cruzar el acceso.

El parapeto en lo alto de la torre estaba vacío, pero ello no fue un alivio para Aviendha. El hombre podía encontrarse en cualquier parte, tal vez de camino al patio de las caballerizas. Quienquiera que fuese, era peligroso; no eran imaginaciones suyas. Los últimos cuatro Guardianes habían formado un cuadrado alrededor del acceso y serían los últimos en cruzarlo; por mucho que despreciara sus espadas, agradecía que alguien más aparte de ella supiera cómo utilizar un arma. Tampoco era que fueran a tener más posibilidades contra un gholam —o, peor aún, contra un Depravado de la Sombra— que los criados que esperaban con los caballos. O que ella misma.

Absorbió más Poder, hasta que la dulzura del saidar se tornó casi en dolor. Una mínima fracción más y el dolor se volvería un suplicio insoportable durante los instantes que tardara en morir o en perder la habilidad para siempre. ¡Por qué no apretaban el paso esas calmosas mujeres! No había vergüenza en sentir miedo, pero Aviendha mucho se temía que el suyo se le reflejaba en el semblante.

2

Deshacer un tejido

Elayne se hizo a un lado tan pronto como cruzó el acceso, pero Nynaeve avanzó por el claro, ahuyentando saltamontes marrones de la hierba marchita y oteando aquí y allí en busca de los Guardianes. De un Guardián, mejor dicho. Un pájaro de plumaje rojo intenso pasó volando sobre el claro y desapareció. No se movía nada aparte de las hermanas; una ardilla gritó furiosamente en los árboles casi desnudos de hojas, y luego reinó el silencio. A Elayne le parecía imposible que esos tres pudieran haber pasado por la hierba sin dejar tras de sí un camino tan ancho como el que dejaba Nynaeve y, sin embargo, no distinguía señal alguna de que hubiesen estado allí.

Percibía a Birgitte en algún lugar a su izquierda, más o menos hacia el sudoeste, le parecía, y en buen estado de ánimo, obviamente sin encontrarse en peligro inminente. Careane, que formaba parte del círculo protector en torno a Sareitha y el Cuenco, ladeaba la cabeza casi como si percibiera algo. Por lo visto, su Cieryl se encontraba al sudeste. Lo que significaba que Lan estaba al norte. Curiosamente, el norte era la dirección hacia la que Nynaeve escudriñaba, sin dejar de murmurar entre dientes. Tal vez el matrimonio había despertado en ella alguna clase de percepción del hombre. Lo más probable era que hubiese captado un rastro que a ella se le había pasado por alto. Nynaeve era tan diestra en conocimientos de la vida del bosque como en las hierbas.

Desde donde Elayne se había situado al principio podía ver claramente a Aviendha a través del acceso; la Aiel escudriñaba las zonas altas de palacio como si esperase una emboscada. Por su postura, podría haber portado las lanzas, lista para lanzarse a la lucha vestida con su traje de montar. Sonrió al ver su empeño en ocultar la angustia por los problemas que tenía con el acceso, cuando era mucho más valiente que ella. Sin embargo, no podía evitar preocuparse al mismo tiempo. Aviendha era valerosa, sí, y Elayne no conocía a nadie que mantuviese la calma como la Aiel, pero también podría decidir que el ji’e’toh le exigía luchar cuando no quedaba más remedio que huir. El brillo que la envolvía era tan intenso que resultaba obvio que no podía absorber más saidar. Si uno de los Renegados apareciese…

«Debí quedarme con ella». Elayne rechazó la idea de inmediato. Diese la excusa que diese, Aviendha se daría cuenta de la verdad y a veces era tan susceptible como un hombre. Casi siempre, en realidad. Sobre todo cuando tenía que ver con su honor. Suspirando, Elayne dejó que las Atha’an Miere la apartaran del acceso a medida que lo cruzaban, si bien se mantuvo lo bastante cerca para oír si alguien gritaba al otro lado. Lo bastante para acudir en ayuda de Aviendha en un abrir y cerrar de ojos. Y por otra razón.

Las Detectoras de Vientos cruzaron por orden de rango, esforzándose por mantener el gesto impasible, pero incluso Renaile relajó los hombros tensos una vez que sus pies descalzos pisaron la alta hierba agostada. Algunas se sacudieron con un leve estremecimiento, rápidamente contenido, o volvieron la vista hacia atrás contemplando con los ojos muy abiertos el acceso. Todas, de la primera a la última, dirigieron una mirada desconfiada a Elayne al pasar ante ella, y dos o tres abrieron la boca, tal vez para preguntar qué hacía allí o quizá para pedirle —o decirle— que se moviera. Se alegró de que se apresuraran a seguir adelante obedeciendo las secas y apremiantes palabras de Renaile. Ya era bastante que pronto pudieran decir a las Aes Sedai lo que debían hacer para que, encima, empezaran ya con ella.

Aquella idea le provocó un vacío en el estómago, y lo nutrido de su número la hizo sacudir la cabeza. Poseían el conocimiento del clima para utilizar adecuadamente el Cuenco, pero aun así hasta Renaile había convenido —aunque a regañadientes— en que cuanto más Poder se dirigiese a través del Cuenco mayores posibilidades habría de arreglar el clima. Debía dirigirse con una precisión imposible excepto para una mujer sola o un círculo, sin embargo. De modo que tenía que ser un círculo completo de trece, entre las que, por supuesto, estarían incluidas Nynaeve, Aviendha y ella misma, y tal vez algunas Allegadas, pero obviamente Renaile intentaba saltar a la parte del acuerdo que decía que se les permitiría aprender cualquier habilidad que las Aes Sedai pudiesen enseñarles. La creación del acceso había sido la primera, y formar un círculo sería la segunda. Lo extraño era que no hubiese llevado a todas las Detectoras de Vientos que había en la bahía. ¡Imagina, intentar tratar con trescientas o cuatrocientas mujeres de ésas! Elayne dio las gracias a la Luz de que sólo hubiera veinte.

Pero no estaba allí para contarlas. A medida que cada Detectora de Vientos cruzaba el acceso, a poco más de un paso de distancia entre sí, Elayne se abrió para percibir la fuerza de cada una con el Poder. Con el lío de convencer a Renaile de que fuera y todo lo demás, antes sólo había tenido oportunidad de aproximarse lo bastante a unas pocas para comprobarlo. Por lo visto, el grado de rango entre las Detectoras de Vientos no se relacionaba con la edad ni con la fuerza; Renaile estaba lejos de ser la más fuerte, ni siquiera se contaba entre las tres o cuatro primeras; por otro lado, Senine, una mujer de cabello muy canoso y mejillas ajadas, se situaba casi al final. Hecho curioso, por las marcas en sus orejas parecía que Senine habría llevado en algún momento más de seis pendientes, y más gruesos de los que en ese momento lucía.

Clasificó y guardó información de rostros y nombres que conocía con una creciente sensación de complacencia. Era posible que las Detectoras de Vientos se hubiesen asegurado la primera mano de la partida, si se la podía llamar así, y Nynaeve y ella podrían encontrarse metidas en un buen problema, tanto con Egwene como con la Antecámara de la Torre, cuando las condiciones de su acuerdo se supieran, pero ninguna de esas mujeres se encontrarían en una posición particularmente alta entre las Aes Sedai. No baja, pero tampoco alta. Se exhortó para sus adentros a no ser petulante —no cambiaba nada lo que habían acordado—, pero resultaba muy difícil no hacerlo. Después de todo, aquéllas eran la flor y nata entre las Atha’an Miere. Al menos allí, en Ebou Dar. Y si hubiesen sido Aes Sedai, todas ellas, desde Kurin, con su pétrea mirada, hasta la propia Renaile, habrían escuchado cuando ella hablase y se habrían puesto de pie cuando hubiese entrado en una habitación. Si fueran Aes Sedai y se comportaran como debieran.