—¿Qué hombre? —demandó Nynaeve.
Llevaba el sombrero torcido de haber pasado entre los caballos, y ello, junto con el ceño con que miró a todas sin excepción, la hacían parecer lista para una pelea. A lo mejor era así. El castrado de Careane la empujó de manera accidental con el hombro y ella le atizó un manotazo en el hocico.
—Algún criado —dijo Merilille, quitándole importancia—. A pesar de las órdenes de Tylin, los sirvientes altaraneses son un puñado de rebeldes. O tal vez era su hijo; ese chico es demasiado curioso.
Las hermanas que estaban alrededor asintieron.
—Difícilmente uno de los Renegados se habría limitado a observar —añadió Careane—. Tú misma lo dijiste. —No dejaba de dar palmaditas al cuello del castrado mientras dirigía una mirada acusadora a Nynaeve. Careane era una de esas personas que sentían por su caballo la clase de afecto que la mayoría de la gente reservaba para los bebés.
—Tal vez fuera un criado o tal vez Beslan. Tal vez —dijo Nynaeve.
Sin embargo, el modo en que aspiró el aire por la nariz dejó claro que no lo creía así. O que quería que las otras pensaran que no lo creía; era capaz de decir a alguien a la cara que era idiota de remate, pero si a cualquier otra persona se le ocurría decir lo mismo, salía en defensa de aquél hasta quedarse ronca. Por supuesto, todavía no parecía haber decidido si Aviendha le caía bien, pero lo que sí tenía muy claro era que no le gustaban las Aes Sedai de más edad. Se colocó el sombrero casi derecho y su mirada ceñuda pasó sobre todas antes de seguir hablando.
—Tanto si fue Beslan como el Oscuro en persona, no tiene sentido quedarnos aquí todo el día. Hemos de prepararnos y partir hacia la granja. ¿Y bien? ¡Moveos! —Dio una fuerte palmada e incluso Vandene respingó.
Poco quedaba por preparar cuando finalmente las hermanas se apartaron con sus caballos. Lan y los otros Guardianes no se habían quedado sentados una vez que comprendieron que no había peligro. Algunos de los criados habían regresado a través del acceso antes de que Aviendha lo deshiciera, pero el resto permanecía con la docena, más o menos, de animales de carga y miraban de vez en cuando a las Aes Sedai, obviamente preguntándose qué maravilla harían a continuación. Todas las Detectoras de Vientos estaban montadas, aunque torpemente, y sostenían las riendas como si esperaran que sus caballos salieran disparados en cualquier momento, o quizá que les creciesen alas y alzaran el vuelo. También habían montado ya las componentes del Círculo, con bastante más gracia, sin preocuparles que las faldas y enaguas les quedaran subidas más arriba de las rodillas, y con Ispan todavía encapuchada y atada sobre una silla, atravesada como un fardo. De todos modos no habría podido ir sentada en un caballo; sin embargo, hasta Sumeko abría mucho los ojos cada vez que los ponía en ella.
Nynaeve dirigió una mirada fulminante alrededor, dispuesta a flagelar con su hiriente lengua a todo el mundo para que hiciera lo que ya estaba hecho, pero entonces Lan le tendió las riendas de su gorda yegua marrón. Había rehusado categóricamente el regalo de un caballo mejor por parte de Tylin. Su mano tembló un poco al tocar la de Lan, y su cara cambió de color mientras se tragaba la ira que había estado a punto de soltar. Cuando él unió las manos para que apoyara el pie y montara, la mujer lo miró un instante como preguntándose qué pretendía y luego enrojeció de nuevo mientras la impulsaba hasta la silla. Elayne sacudió la cabeza; confiaba en que ella no se volvería idiota al casarse. Si es que se casaba.
Birgitte llevó su yegua gris plateada y el alazán claro que montaba Aviendha, pero pareció entender que quería hablar en privado con la Aiel. Asintió, casi como si Elayne hubiese dicho algo, se encaramó a su castrado pardo y fue a reunirse con los otros Guardianes que esperaban. Éstos la recibieron con leves inclinaciones de cabeza y todos empezaron a deliberar sobre algo en voz baja. A juzgar por las ojeadas que echaban a las hermanas, tenía «algo» que ver con proteger a las Aes Sedai tanto si éstas querían como si no. Incluida ella, advirtió malhumorada Elayne. Sin embargo, no había tiempo para ocuparse de eso. Aviendha manoseaba torpemente las riendas de su caballo y miraba al animal del modo que una novicia miraría una cocina llena de ollas grasientas. A buen seguro, para la Aiel no había gran diferencia entre tener que fregar ollas y tener que cabalgar.
Mientras se ajustaba los guantes verdes, Elayne se las ingenió para desplazar a Leona como por casualidad, de manera que interpuso al animal entre los demás y ellas dos, y entonces rozó el brazo de Aviendha.
—Hablar con Adeleas y Vandene podría ser de ayuda —comentó con delicadeza. Tenía que abordar el asunto con mucho cuidado, tanto como para examinar cualquier ter’angreal—. Son lo bastante mayores para saber más de lo que imaginas. Ha de haber una razón para que hayas tenido… dificultades con el Viaje. —Era un modo muy suave de plantearlo. Al principio, Aviendha había estado a punto de no conseguir que el tejido funcionara ni poco ni mucho. Mucho cuidado. Aviendha era muchísimo más importante que cualquier ter’angreal—. Tal vez pueden ayudarte.
—¿Y cómo? —La Aiel tenía la vista prendida en la silla de su montura—. No saben Viajar. ¿Cómo van a poder ayudarme? —De repente sus hombros se hundieron y volvió la cabeza hacia Elayne. Increíblemente, las lágrimas brillaban en sus verdes ojos—. Eso no es verdad, al menos no del todo. Ellas no pueden ayudarme, pero… Tú eres mi medio hermana y tienes derecho a saberlo. Creen que me dejé asustar por un criado. Si pido ayuda, todo saldrá a relucir. Se sabrá que una vez Viajé para huir de un hombre, un hombre que en el fondo de mi corazón esperaba que me alcanzara. Que huí como un conejo. Que huí deseando ser atrapada. ¿Cómo voy a confesarles semejante vergüenza? Aun en el caso de que pudieran ayudarme, ¿cómo iba a decírselo?
Elayne deseó no haberse enterado. Al menos de la parte de darle alcance, del hecho de que Rand la había pillado. Cogiendo la chispa de celos que de pronto había prendido en su corazón, Elayne la enterró en el rincón más recóndito de su mente y, para más seguridad, pisoteó la tierra en sentido figurado. «Si una mujer hace el tonto, busca el motivo y darás con un hombre». Era uno de los refranes favoritos de Lini. Otro era: «Los gatitos te enredan el hilo, los hombres el entendimiento, y para unos y otros hacerlo es tan sencillo como respirar». Respiró hondo.
—Nadie lo sabrá por mí, Aviendha. Te ayudaré todo lo posible, si es que se me ocurre cómo. —A decir verdad, no se le ocurría qué podía hacer. Aviendha era extraordinariamente rápida en pillar cómo se formaban los tejidos, mucho más que ella.
La Aiel se limitó a asentir con la cabeza y subió torpemente a la silla, aunque con un poco más de gracia que las Atha’an Miere.
—Había un hombre observando, Elayne, y no era un criado. —Luego, mirando a los ojos a su amiga, añadió—: Me asustó. —Una confesión que seguramente no habría hecho a ninguna otra persona en el mundo.
—Ahora estamos a salvo de él, quienquiera que fuese —contestó Elayne al tiempo que hacía dar la vuelta a Leona para seguir a Nynaeve y a Lan fuera del claro. Lo más probable era que se tratara de un sirviente, aunque eso no se lo diría a nadie, y menos a Aviendha—. Estamos a salvo, y dentro de poco llegaremos a la granja de las mujeres del Círculo, utilizaremos el Cuenco y el mundo volverá a la normalidad. —Bueno, hasta cierto punto. El sol parecía encontrarse más bajo, pero sabía que sólo eran imaginaciones suyas. Por una vez, le habían ganado la mano a la Sombra.