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Una agradable cabalgada
El campo en torno a Ebou Dar estaba ocupado en gran parte por granjas, pastizales y olivares, pero también había numerosos bosquecillos de unos pocos kilómetros de extensión, y aunque el terreno era mucho más llano que hacia el sur, en las colinas Rhannor, presentaba ondulaciones y a veces se alzaba en una prominencia de cien metros o más, lo suficiente para arrojar sombras bajo el sol de la tarde. En definitiva, la zona proporcionaba bastante cobertura para pasar inadvertida a ojos indeseados lo que parecía una extraña caravana de mercaderes, con casi cincuenta personas montadas y otras tantas a pie, y más aún cuando se contaba con Guardianes que encontraban sendas poco frecuentadas a través de la maleza. Elayne no vio señales que indicaran asentamientos humanos aparte de unas cuantas cabras paciendo en algunos cerros.
Hasta las plantas y los árboles acostumbrados al calor empezaban a marchitarse y a morir, si bien en cualquier otro momento habría disfrutado contemplando el paisaje. Era como si marcharan a mil kilómetros de distancia de la tierra que había visto mientras cabalgaba por la otra orilla del Eldar. Las suaves colinas eran extrañas, con formas rugosas, como si unas manos colosales y descuidadas las hubiesen estrujado. Bandadas de aves de brillantes colores alzaban el vuelo al paso de la comitiva, y docenas de tipos de colibríes huían espantados de los caballos, cual joyas aladas. En algunos sitios las enredaderas colgaban como gruesas cuerdas, y había árboles con copas de manojos de hojas estrechas y largas, en lugar de follaje, y cosas que parecían plumeros verdes tan grandes como un hombre. Un puñado de plantas, engañadas por el calor, se esforzaban por echar flores de intensos tonos rojos y amarillos, algunas el doble de anchas que sus dos manos juntas. Su perfume era exuberante y… sensual, fue la palabra que le vino a la mente. Reparó en unas rocas que habría apostado que en otros tiempos fueron dedos de una estatua, si bien no alcanzaba a imaginar la razón de que alguien hubiese hecho una estatua tan gigantesca y descalza; más adelante, el sendero los condujo a través de otro tipo de bosque, formado por piedras, gruesas y estriadas; eran los tocones erosionados de columnas, muchas desplomadas y todas minadas casi hasta la base por los granjeros lugareños para aprovechar su piedra. Una cabalgada agradable a pesar del polvo levantado del reseco suelo por los cascos de los caballos. El calor no la afectaba, desde luego, y no había demasiadas moscas. Todos los peligros habían quedado atrás; habían huido de los Renegados y ahora ya no había posibilidad de que alguno de ellos o sus servidores los alcanzaran. Sí, podría haber sido casi un paseo agradable, salvo por…
Por una cosa. Aviendha se había enterado de que el mensaje que había enviado de que el enemigo podía aparecer cuando menos se esperaba no había sido transmitido. Al principio Elayne sintió alivio de cambiar a otro tema que no fuese Rand. Los celos no habían reaparecido; en realidad, cada vez con mayor frecuencia se sorprendía deseando para sí lo que Aviendha había compartido con él. Celos no, envidia. Casi habría preferido lo contrario. Entonces empezó a escuchar realmente lo que su amiga le estaba diciendo en un tono bajo y monocorde, y sintió que el vello de la nuca se le ponía de punta.
—No puedes hacer eso —protestó mientras tiraba de las riendas para aproximar su caballo a la montura de la Aiel. De hecho, suponía que Aviendha no tendría muchos problemas para darle una paliza a Kurin o atarla o cualquiera de las otras cosas. Es decir, si es que las otras Detectoras de Vientos lo consentían—. No podemos iniciar una guerra con ellas, y menos antes de utilizar el Cuenco. Y desde luego, no por eso —se apresuró a añadir—. En modo alguno. —Ciertamente no iban a iniciar un conflicto ni antes ni después de usar el Cuenco sólo porque las Detectoras de Vientos se comportaran con mayor prepotencia de hora en hora, o sólo porque… Respiró hondo y prosiguió—. Si me lo hubiese dicho, yo no habría sabido a qué te referías. Comprendo que no pudieses hablar más claro, pero lo entiendes ¿verdad?
Aviendha miraba al frente con expresión hostil mientras espantaba las moscas en actitud ausente.
—Sin falta, le dije —gruñó—. ¡Sin falta! ¿Y si hubiese sido uno de los Depravados de la Sombra? ¿Y si hubiese conseguido sobrepasarme en el acceso y os hubiese sorprendido al no estar advertidas? ¿Y si…? —Volvió los ojos hacia ella con una mirada de desamparo—. Me comeré mi cuchillo —dijo tristemente—, pero quizás el hígado me reviente por ello.
Elayne estaba a punto de contestar que tragarse la cólera era el modo correcto de actuar y que podía dar rienda suelta a un acceso de ira tan grande como quisiera siempre y cuando no lo descargara contra las Atha’an Miere —era lo que significaba todo eso del cuchillo y el hígado—, pero antes de que tuviese ocasión de abrir la boca, Adeleas acercó su larguirucha montura y se situó al otro lado. La hermana de pelo blanco había adquirido una nueva silla en Ebou Dar, muy sobrecargada, trabajada con plata en la perilla y el arzón. Por alguna razón, parecía que las moscas la evitaban, aunque la mujer llevaba un perfume tan intenso como cualquiera de las flores.
—Perdona, pero no pude evitar oír eso último.
La voz de Adeleas no translucía el menor atisbo de disculpa, y Elayne se preguntó cuánto habría escuchado realmente. Sintió que se encendían sus mejillas. Parte de lo que Aviendha había dicho sobre Rand había sido notoriamente franco y directo. Y también parte de lo que había dicho ella. Una cosa era hablar de ese modo con la mejor amiga y otra muy diferente sospechar que otra persona está escuchando. Aviendha parecía pensar igual; no se puso colorada, pero la mirada cortante que lanzó a la Marrón habría hecho sentirse orgullosa a Nynaeve. Adeleas se limitó a sonreír, un gesto vago y tan insulso como una sopa aguada.
—Quizá lo mejor sería que dieses carta blanca a tu amiga con las Atha’an Miere. —Sus ojos pasaron de Elayne a Aviendha y parpadearon—. Bueno, al menos un poco. Con un buen susto debería bastar. Ya están casi a punto, por si no lo habías notado. Muestran mucha más prevención por la «salvaje» Aiel, y perdona Aviendha, que por las Aes Sedai. Merilille lo habría sugerido, pero las orejas todavía le arden.
El semblante de Aviendha rara vez translucía algo, pero en ese momento denotaba tanto desconcierto como el que sentía Elayne. Ésta se giró sobre la silla para mirar hacia atrás con el entrecejo fruncido. Merilille cabalgaba al lado de Vandene, Careane y Sareitha a corta distancia, y todas se esforzaban por mirar a cualquier parte excepto a ella. Detrás de las hermanas iban las Atha’an Miere, todavía en fila india, y a continuación irían las componentes del Círculo, que por el momento se encontraban fuera de su vista, justo delante de los animales de carga. Avanzaban a través del claro de las columnas truncadas; en lo alto, cincuenta o cien aves de larga cola y plumaje rojo y verde volaban y llenaban el aire con sus agudos cotorreos.
—¿Por qué? —inquirió secamente Elayne. Parecía absurdo atizar más la agitación subyacente, una agitación que a veces afloraba sin trabas, pero Adeleas no tenía un pelo de tonta. Las cejas de la hermana Marrón se enarcaron con aparente sorpresa. Quizás estaba sorprendida; Adeleas solía pensar que cualquiera debería ver lo que veía ella. Quizá.