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Alise no hizo intención de huir ni dio señales de inquietud. Su tez palideció ligeramente, pero mantuvo la vista fija en Reanne. Una mirada firme.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué, Reanne? Jamás habría imaginado esto de ti! ¿Te sobornaron? ¿Te ofrecieron inmunidad? ¿Te dejarán libre mientras las demás pagamos el precio? Probablemente no lo permitirán, pero juro que les pediré que me dejen darte un escarmiento. ¡Sí, a ti! Las reglas son aplicables incluso para ti, Rectora. ¡Si puedo hallar un modo de evitarlo, juro que no saldrás de esto de rositas!

Una mirada muy firme. Acerada, de hecho.

—No es lo que piensas —se apresuró a decir Reanne mientras desmontaba y soltaba las riendas. Cogió las manos de Alise a pesar del esfuerzo de la otra mujer para apartarlas—. Oh, no quería que ocurriera así. Lo saben, Alise. Saben lo de las Allegadas. La Torre lo ha sabido siempre, todo. O casi todo. Pero eso no es lo importante. —Las cejas de Alise se alzaron exageradamente al oír aquello, pero Reanne prosiguió precipitadamente y exhibiendo una sonrisa de oreja a oreja bajo el sombrero de paja—. Podemos volver, Alise. Podemos intentarlo de nuevo. Dijeron que podíamos.

Los edificios de la granja también se estaban vaciando, ya que las mujeres salían para ver a qué se debía el barullo y luego se unían a la huida sin hacer más pausa que la necesaria para recogerse las faldas. Los gritos provenientes de los olivares ponían de manifiesto que los Guardianes estaban metidos de lleno en su tarea, pero no hasta qué punto tenían éxito. Elayne percibió en Birgitte una frustración creciente, así como irritación. Reanne contempló el tumulto y suspiró.

—Tenemos que reunirlas y traerlas, Alise —dijo—. Podemos regresar.

—Eso está muy bien para ti y para algunas de las otras —adujo su compañera en tono dubitativo—. Si es cierto. Pero ¿y las demás de nosotras? La Torre no me habría dejado quedarme tanto tiempo como estuve si hubiese sido más rápida en aprender. —Dirigió una mirada ceñuda a las ahora bien ocultas hermanas, y cuando la volvió hacia Reanne la rabia no era menor en sus ojos—. ¿Para qué vamos a regresar? ¿Para que nos digan otra vez que no somos lo bastante fuertes y mandarnos marchar? ¿O nos dejarán como novicias el resto de nuestras vidas? Quizás algunas acepten tal cosa, pero yo no. ¿Para qué, Reanne? ¿Para qué?

Nynaeve desmontó y tiró de las riendas para que la yegua la siguiera; Elayne hizo otro tanto, aunque condujo a Leona con más tiento.

—Para formar parte de la Torre, si es eso lo que quieres —intervino Nynaeve, impaciente, antes de llegar junto a las dos mujeres del Círculo—. O, quizá, para ser Aes Sedai. En lo que a mí respecta, no sé por qué tienes que poseer más o menos fuerza siempre y cuando pases las absurdas pruebas. O no regreses; por mí, puedes huir. Una vez haya acabado aquí, en cualquier caso. —Plantó firmemente los pies, se quitó el sombrero de un tirón y se puso en jarras—. Esto es una pérdida de tiempo, Reanne, y tenemos trabajo que hacer. ¿Seguro que hay alguien aquí que pueda ayudarnos? Vamos, habla. Si no estás segura, entonces podríamos ponernos en ello enseguida. Tal vez no sea necesario actuar con prisas, pero ahora que tenemos el objeto, preferiría empezar cuanto antes y acabar de una vez.

Cuando les presentaron a ella y a Elayne como Aes Sedai, las Aes Sedai que habían hecho las promesas, Alise soltó un ruido ahogado y empezó a alisarse la falda de paño como si sus manos quisieran cerrarse sobre el cuello de Reanne y apretar. Abrió la boca con gesto furioso, y entonces la cerró de golpe sin haber dicho nada cuando Merilille se reunió con ellas. Su mirada hostil no se borró del todo, pero sí se mezcló con un punto de maravillado pasmo. Y bastante más cautela.

—Nynaeve Sedai —empezó Merilille pausadamente—, las Atha’an Miere están… impacientes por bajar de los caballos. Creo que algunas podrían pedir la Curación. —Una fugaz sonrisa asomó a sus labios.

Aquello dejó resuelta la cuestión, aunque Nynaeve rezongó exageradamente sobre lo que haría a la siguiente persona que pusiera en duda su condición de Aes Sedai. Elayne habría podido añadir unas cuantas palabras de su cosecha, pero lo cierto era que Nynaeve ofrecía una imagen bastante ridícula actuando de ese modo mientras Merilille y Reanne esperaban atentamente a que terminara su diatriba y Alise las miraba de hito en hito a las tres. Sí, aquello zanjó la cuestión, o quizá fue a causa de las Detectoras de Vientos, que llegaron a pie y tirando de las riendas de sus monturas. Habían perdido hasta el último vestigio de gracia durante el viaje, borrada por las duras sillas —sus piernas estaban tan rígidas como sus semblantes—, pero aun así nadie dejaría de identificarlas por lo que eran.

—Si hay veinte mujeres de los Marinos tan lejos del mar —murmuró Alise—, entonces creeré cualquier cosa.

Nynaeve resopló pero no dijo nada, cosa que Elayne agradeció. A la mujer ya le costaba bastante trabajo aceptar lo que eran las dos aun cuando Merilille las llamaba Aes Sedai, de modo que ni una rabieta ni ninguna invectiva servirían de nada.

—Entonces, cúralas —dijo Nynaeve a Merilille. Sus ojos fueron hacia el grupo de mujeres tambaleantes y añadió—. Si lo piden. Con educación.

Merilille sonrió de nuevo, pero Nynaeve ya se había desentendido de las mujeres de los Marinos y miraba ceñuda el patio casi vacío. Unas pocas cabras seguían trotando de un lado para otro entre ropa tirada, escobones, cubos derramados y cestos, por no mencionar las formas inmóviles de las Emparentadas que se habían desmayado; un puñado de gallinas había vuelto a picotear y a escarbar, pero las únicas mujeres conscientes que seguían entre los edificios de la granja no eran, evidentemente, del Círculo. Reanne había dicho que en cualquier época la mitad más o menos de las que se encontraban en la granja podrían pertenecer a ese grupo. La mayoría parecía estupefacta.

Pese a sus rezongos, Nynaeve no perdió un momento en encargarse de Alise; o puede que fuese al contrario. Resultaba difícil asegurarlo, ya que la Allegada no mostraba la deferencia hacia las Aes Sedai que exhibían las mujeres del Círculo. Quizá se encontraba demasiado aturdida aún por el repentino giro de los acontecimientos. En cualquier caso, echaron a andar las dos juntas, Nynaeve conduciendo a la yegua y gesticulando con el sombrero en la otra mano, dando instrucciones a Alise sobre cómo traer de vuelta a las mujeres desperdigadas y qué hacer con ellas una vez que las hubiese reunido. Reanne estaba convencida de que al menos había una lo bastante fuerte para unirse al círculo, Garenia Rosoinde, y tal vez otras dos más. A decir verdad, Elayne se temía que todas hubiesen huido. Alise alternaba los cabeceos de asentimiento con miradas impávidas en extremo dirigidas a Nynaeve, que ésta aparentemente no advertía.

En la espera mientras reunían a las huidas, a Elayne le pareció un buen momento para buscar un poco más en los cestos de las alforjas, pero cuando se volvió hacia los animales de carga, que empezaban a ser conducidos hacia los edificios de la granja, reparó en que las componentes del Círculo, Reanne y todas las demás al completo, se dirigían a la granja a pie, algunas corriendo hacia las mujeres tendidas en el suelo y otras hacia las que seguían de pie, boquiabiertas. Todas ellas, y ni rastro de Ispan. Sin embargo, sólo tardó un momento en localizarla, entre Adeleas y Vandene, cada una sosteniéndola por un brazo mientras la llevaban casi a rastras, con las capas ondeando detrás.

Las hermanas de cabello blanco estaban coligadas y el brillo del saidar las envolvía de algún modo a ambas sin incluir a Ispan. Imposible saber cuál de las dos estaba a cargo del pequeño círculo y mantenía el escudo sobre la Amiga Siniestra, pero ni siquiera una de las Renegadas habría podido romperlo. Se pararon para hablar con una mujer corpulenta vestida con sencillo paño de lana, que se quedó boquiabierta al reparar en el saco de cuero que cubría la cabeza de Ispan, pero aun así hizo una reverencia y señaló hacia uno de los edificios encalados.