Elayne intercambió una mirada furiosa con Aviendha. Bueno, la suya era furiosa, en cualquier caso. A veces Aviendha resultaba tan inexpresiva como una piedra. Entregaron sus caballos a un mozo de cuadra de palacio y fueron apresuradamente en pos del trío. Algunas de las mujeres que no eran Allegadas les preguntaron qué estaba pasando, unas pocas de un modo muy autoritario, pero Elayne las despachó con cajas destempladas, dejando a su paso un rastro de indignados respingos y resoplidos. ¡Oh, qué no habría dado por tener ya el semblante intemporal! Aquello dio un tironcillo de un hilo de su memoria, pero desapareció tan pronto como intentó examinarlo.
Cuando abrió de golpe la sencilla puerta de madera tras la cual había desaparecido el trío, Adeleas y Vandene habían sentado a Ispan en una silla, con la cabeza destapada; el saco se encontraba sobre una mesa estrecha de caballete, junto con sus guardapolvos de lino. El cuarto sólo tenía una ventana, abierta en el techo, por la que penetraba bastante luz debido a que el sol aún estaba alto. Las paredes se hallaban cubiertas de estanterías, repletas de tarros de cobre y grandes cuencos blancos. Por el olor a pan cociéndose, la otra puerta que había conducía a la cocina.
Vandene se volvió bruscamente al oír la puerta, pero al verlas suavizó el gesto hasta que su rostro quedó inexpresivo.
—Sumeko nos dijo que el efecto de las hierbas de Nynaeve empezaba a debilitarse —comentó—, y nos pareció que lo mejor era interrogarla antes de embotarle el cerebro otra vez. Ahora parece haber tiempo para hacerlo. Sería conveniente saber qué se traía entre manos el… Ajah Negro —su boca se torció en un gesto de asco—, en Ebou Dar. Y lo que saben.
—Dudo que tengan noticia de esta granja, ya que nosotras desconocíamos su existencia —argumentó Adeleas al tiempo que se daba golpecitos con el índice en los labios, pensativamente, y estudiaba a la mujer sentada en la silla—, pero más vale asegurarse que lamentarlo después, como nuestro padre solía decir.
Por su actitud podría haber estado examinando a un animal desconocido, una criatura que jamás imaginó que pudiera existir.
Ispan apretó los labios. El sudor le caía por la cara magullada, tenía despeinadas las largas y finas trenzas adornadas con cuentas y las ropas desaliñadas, pero a pesar del empañamiento de sus ojos la mujer no estaba ni mucho menos tan atontada como antes.
—El Ajah Negro. Es una fábula, un bulo infame —se mofó con voz un tanto ronca. El saco de cuero debía de dar mucho calor, y no había bebido agua desde que salieron del palacio de Tarasin—. Particularmente, me sorprende que lo nombréis en voz alta. ¡Y acusarme de ello a mí! Lo que he hecho ha sido por orden de la Sede Amyrlin.
—¿Elaida? —espetó Elayne con incredulidad—. ¿Tienes la osadía de afirmar que Elaida te ordenó asesinar hermanas y robar objetos de la Torre? ¿Que Elaida ordenó lo que hicisteis en Tear y Tanchico? ¿O acaso te refieres a Siuan? ¡Tus mentiras resultan patéticas! De algún modo te has retractado de los Tres Juramentos, y eso te señala como miembro del Ajah Negro.
—No tengo por qué responder a vuestras preguntas —replicó hoscamente Ispan, encorvando los hombros—. Sois rebeldes contra la legítima Sede Amyrlin. Seréis castigadas, tal vez neutralizadas. Sobre todo si me hacéis daño. Sirvo a la verdadera Sede Amyrlin y se os castigará severamente si me maltratáis.
—Responderás a todas las preguntas que te haga mi medio hermana. —Aviendha se limpió la uña del pulgar con el cuchillo del cinturón mientras hablaba, pero sus ojos no se apartaron de Ispan—. Los habitantes de las tierras húmedas temen el dolor. No saben cómo abrazarlo, cómo aceptarlo. Responderás a todo lo que se te pregunte.
Su mirada no era iracunda ni el tono de su voz amenazante, pero la hermana Negra se echó hacia atrás en la silla.
—Me temo que eso está vedado, aun cuando no fuese una iniciada de la Torre —adujo Adeleas—. Tenemos prohibido derramar sangre en un interrogatorio o que lo hagan otras personas en nuestro nombre.
Su tono sonaba renuente, aunque Elayne no supo discernir si se debía a la prohibición o por admitir que Ispan era una iniciada. A decir verdad, no se le había ocurrido que a la hermana Negra se la pudiera seguir considerando una de ellas. Existía un dicho sobre que ninguna mujer había terminado con la Torre hasta que ésta hubiese terminado con ella; una vez que el contacto con la Torre quedaba establecido, jamás se destrababa.
Elayne frunció el entrecejo mientras estudiaba a la hermana Negra, tan desaliñada y, aun así, tan segura de sí misma. Ispan se sentó más erguida y asestó miradas rebosantes de complacido desprecio a Aviendha y a Elayne. Antes no había demostrado tanto aplomo, cuando pensó que eran sólo Nynaeve y Elayne quienes la tenían atrapada; la recuperación de compostura había surgido al recordar que había otras hermanas de mayor edad presentes. Hermanas que verían la ley de la Torre como parte de sí mismas. Dicha ley prohibía no sólo derramar sangre, sino también romper huesos y otras cuantas cosas que cualquier interrogador de los Capas Blancas estaría más que dispuesto a hacer. Antes de iniciar cada sesión, tenía que realizarse una Curación, y si el interrogatorio comenzaba después de la salida del sol, debía terminar antes del ocaso, y viceversa. La ley era más restrictiva incluso cuando se trataba de iniciadas de la Torre —hermanas, Aceptadas y novicias—, en las que estaba descartado el uso del saidar para interrogar, castigar o disciplinar. Oh, sí, una hermana podía dar un tirón de orejas a una novicia utilizando el Poder si estaba exasperada, o incluso un buen azote, pero no mucho más. Ispan le sonrió. ¡Le sonrió! Elayne respiró hondo.
—Adeleas, Vandene, quiero que nos dejéis a Aviendha y a mí a solas con Ispan.
Sintió un nudo en el estómago. Tenía que haber un modo de presionar a la mujer lo bastante para descubrir lo que querían sin romper la ley de la Torre, pero ¿cómo? Las personas que eran sometidas a un interrogatorio de la Torre por lo general empezaban a hablar sin ponerles un dedo encima —todo el mundo sabía que nadie se resistía a la Torre; ¡nadie!—, pero rara vez eran iniciadas. Pudo oír una voz, otra que no era la de Lini, sino la de su madre. «Lo que ordenes hacer, debes estar dispuesta a hacerlo por tu propia mano. Como reina, lo que ordenes hacer, serás tú quien lo haga». —Si rompía la ley… De nuevo oyó la voz de su madre: «Ni siquiera una reina se encuentra por encima de la ley, o no existe ley». Y la de Lini: «Siempre puedes hacer lo que quieras, pequeña, mientras estés dispuesta a pagar el precio». Se quitó el sombrero sin desatar las cintas.
—Cuando hayamos… —Mantener firme la voz le costó un gran esfuerzo—. Cuando hayamos acabado de hablar con ella, la llevaréis de nuevo con las mujeres del Círculo.
Después se sometería a Merilille. Cualesquiera cinco hermanas podían enjuiciar a alguien y dictar sentencia, si se les pedía.
Ispan volvió la cabeza hacia Aviendha y luego hacia Elayne sucesivamente, y sus ojos se desorbitaron poco a poco hasta que se vio el blanco alrededor. Ya no se sentía segura de sí misma.
Vandene y Adeleas intercambiaron una mirada del modo que lo hace la gente que ha pasado junta tanto tiempo que ya no necesita hablar para entenderse; luego Vandene cogió a Elayne y a Aviendha por el brazo.
—¿Podemos hablar fuera un momento? —Sonaba como una sugerencia, pero ya las empujaba disimuladamente hacia la puerta.
En el patio de la granja se encontraban unas dos docenas de Allegadas, agrupadas como un rebaño de ovejas. No todas llevaban vestidos ebudarianos, pero dos tenían el cinturón rojo de las Mujeres Sabias, y Elayne reconoció a Berowin, una mujer fornida y baja que por lo general hacía gala de un orgullo mucho mayor que su fuerza en el Poder. Pero no en ese momento. Al igual que las demás, su expresión era asustada y sus ojos lanzaban rápidas y fugaces miradas a pesar de que el Círculo al completo las rodeaba, hablando con urgencia. Un poco más allá, Nynaeve y Alise intentaban conducir a otro grupo, quizás el doble de numeroso, hacia el interior de uno de los edificios más grandes. Desde luego, el término «intentar» parecía el más adecuado.