—… me importa poco qué heredades te pertenecen —le gritaba Nynaeve a una mujer de porte orgulloso, vestida en seda verde—. ¡Entra y quédate ahí, donde no estorbes, o te meteré de una patada!
Alise se limitó a coger a la mujer de verde por la nuca y la hizo cruzar el umbral a pesar de sus acaloradas y prolijas protestas. Sonó una especie de graznido, como si alguien hubiese pisado a un pato gordo, y luego Alise reapareció en la puerta, sacudiéndose las manos. Después de aquello, las demás no dieron problemas.
Vandene las soltó y las miró a la cara con aire pensativo. El brillo de la Fuente todavía la envolvía, pero tenía que ser Adeleas la que controlaba los flujos combinados de ambas. Una vez tejido, Vandene habría podido mantener el escudo aunque no lo viese, pero si hubiese sido ella la que dirigía la coligación, lo lógico habría sido que fuera Adeleas quien las condujese fuera. Vandene habría podido alejarse varios cientos de pasos antes de que la coligación empezara a debilitarse —no se rompería aunque Adeleas se marchara a la otra punta del mundo, si bien perdería su utilidad mucho antes— pero se mantuvo cerca de la puerta. Daba la impresión de que escogía mentalmente las palabras antes de hablar.
—Siempre he pensado que es mejor que sean mujeres de experiencia las que se encarguen de esta clase de cosas —dijo finalmente—. A las jóvenes se les sube la sangre a la cabeza con más facilidad, y entonces se exceden. O a veces se dan cuenta de que son incapaces de hacer lo necesario, porque aún no han visto realmente lo suficiente. O, peor aún, encuentran cierto… deleite en ello. Y no es que crea que ninguna de vosotras tiene ese defecto. —Dedicó a Aviendha una mirada ponderativa sin hacer pausa alguna; la Aiel se apresuró a envainar su cuchillo—. Adeleas y yo hemos visto lo suficiente para saber por qué hemos de hacer lo que debe hacerse, y hace mucho que dejamos atrás el arrebatamiento de la juventud. Quizá quieras dejarnos esto a nosotras. Mucho mejor así, desde todo punto de vista.
Vandene pareció tomar la recomendación como aceptada; inclinó la cabeza y se dirigió a la puerta. En cuanto desapareció tras ella, Elayne percibió el uso del Poder en el interior, un tejido que aislaba el cuarto; una salvaguardia contra oídos indiscretos, indudablemente. Sin duda, no querían que cualquiera oyera por casualidad lo que quiera que Ispan tuviese que decir. Entonces se le ocurrió otro uso, y de repente el silencio del cuarto le resultó más ominoso que los posibles gritos que dicha salvaguardia pudiera silenciar.
Volvió a ponerse el sombrero, bruscamente. No sentía el calor, pero de pronto el resol le había revuelto el estómago.
—Tal vez te apetezca ayudarme a mirar lo que llevan esos animales de carga —dijo con un hilo de voz. No había ordenado hacerlo, pero ese detalle no parecía cambiar nada. Aviendha asintió con sorprendente rapidez; daba la impresión de que también quería alejarse de aquel silencio.
Las Detectoras de Vientos esperaban a poca distancia de donde los sirvientes tenían a los caballos albardones con aire impaciente y dirigiendo miradas imperiosas en derredor, todas cruzadas de brazos en imitación a Renaile. Alise fue hacia ellas, identificando a Renaile como la cabecilla del grupo con sólo un breve vistazo. Hizo caso omiso de Elayne y Aviendha.
—Venid conmigo —instó en tono enérgico que no admitía discusión—. Las Aes Sedai dicen que querréis resguardaros del sol hasta que las cosas estén más calmadas. —Había tanta amargura en las palabras «Aes Sedai» como el temor reverencial al que Elayne se había acostumbrado a oír en labios de las Allegadas. Tal vez más. Renaile se puso tensa y su rostro se ensombreció, pero Alise siguió sin inmutarse—. Por mí, espontáneas, podéis sentaros aquí fuera y sudar si es eso lo que queréis. Si es que estáis en condiciones de sentaros. —Saltaba a la vista que ninguna de las Atha’an Miere había recibido Curación para los dolores causados por las sillas; su actitud era la de unas mujeres que quisieran olvidar que existían de cintura para abajo—. Lo que no haréis será tenerme aquí esperando.
—¿Sabes quién soy? —demandó Renaile con rabia mal contenida, pero Alise ya se alejaba sin mirar atrás.
Luchando consigo misma de manera patente, Renaile se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y luego ordenó a las otras, iracunda, que dejaran los «condenados costeros» caballos y la siguieran. Caminaron en fila, bamboleándose y despatarradas, en pos de la mujer, todas, salvo las dos aprendizas, mascullando entre dientes, incluida la propia Alise.
Instintivamente, Elayne empezó a planear cómo suavizar la situación, cómo lograr que se curaran los dolores de las Atha’an Miere sin que éstas tuviesen que pedirlo, y sin que una hermana tuviese que ofrecerlo demasiado enérgicamente; también había que apaciguar a Nynaeve y a las otras hermanas. Para su sorpresa, descubrió que, por primera vez en su vida, no sentía el menor deseo de suavizar nada. Mientras seguía con la vista a las Detectoras de Vientos que cojeaban hacia uno de los edificios de la granja, decidió que las cosas estaban bien así. Aviendha exhibía una sonrisa abierta y amplia al tiempo que observaba a las Atha’an Miere. Elayne borró la suya, mucho más discreta, y se volvió hacia los animales de carga. Se lo merecían. No sonreír costaba un gran esfuerzo.
Con ayuda de Aviendha, la búsqueda fue mucho más rápida, y reunieron un surtido de objetos que habrían sido causa de celebración de haberlos llevado a la Torre. Aunque no hubiese nadie que estudiara los ter’angreal. Los había de todas las formas imaginables; copas, cuencos y jarrones, ninguno igual a otro en tamaño, diseño o material. Una caja aplanada, comida por la carcoma, contenía joyas —un collar y brazaletes con piedras de colores engastadas, un fino cinturón tachonado de gemas, varios anillos—, y había sitio para más. Todas eran ter’angreal, y hacían juego, pensadas para llevarlas puestas a la vez, aunque Elayne no alcanzaba a imaginar por qué querría una mujer lucir tantas al mismo tiempo. Aviendha encontró una daga con la empuñadura de cuerno de ciervo y forrada con hilo de oro; la hoja no tenía filo y, por las apariencias, nunca lo había tenido. La Aiel empezó a darle vueltas y más vueltas entre los dedos —de hecho, las manos empezaron a temblarle— hasta que Elayne se la cogió y la puso con los otros objetos sobre la tapa de la cisterna. Aun entonces, Aviendha continuó mirándola fijamente un rato y lamiéndose los labios como si los tuviese secos. Había anillos, pendientes, collares, brazaletes y broches, muchos con diseños realmente peculiares. Había figurillas y tallas de pájaros, animales y gente; varios cuchillos —éstos con filo—; media docena de medallones grandes en bronce o acero, la mayoría trabajada con dibujos extraños y ninguno de ellos con una imagen que Elayne alcanzara a entender; un par de sombreros singulares, aparentemente hechos de metal, demasiado ornamentados y finos para ser yelmos, y un montón de objetos a los que no sabía cómo describir. Una vara, tan gruesa como su muñeca, suave, de color rojo intenso y redondeada, más firme que dura a pesar de parecer de piedra; ésta no adquirió una leve calidez cuando la tocó, sino que casi quemaba. No una quemazón real, del mismo modo que la calidez tampoco lo era, ¡pero aun así! ¿Y qué decir de un juego de bolas de metal huecas en filigrana, metidas unas dentro de otras? Cualquier movimiento producía un ligero tintineo musical, de tono distinto en cada ocasión; tenía la impresión de que por mucho que mirara, siempre habría otra bola más pequeña esperando a ser descubierta. ¿Y aquello que parecía un rompecabezas de los que hacían los herreros, pero de cristal? Pesaba tanto que se le cayó, y desportilló el borde de la tapa de la cisterna. Sí, era una colección que habría despertado el asombro de cualquier Aes Sedai. Y, lo más importante de todo, encontraron dos angreal. Elayne los puso aparte, al alcance de su mano.