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Menos mal que no había propuesto ser ella la que enfocara los flujos del círculo, comprendió Elayne; lo que esa mujer estaba haciendo requería más años de estudio de los que ella tenía. Muchos más. De pronto reparó en algo más. Aquel trenzado cambiante de saidar se enroscó en torno a otra cosa, algo invisible que dio solidez a la columna. Elayne tragó con esfuerzo. El Cuenco estaba absorbiendo saidin también.

Su esperanza de que nadie más hubiese identificado qué era se desvaneció con sólo echar una ojeada a las otras mujeres. La mitad de ellas contemplaba la sinuosa columna con una repugnancia que debería haberse reservado para el Oscuro. El miedo cobró mayor relevancia entre las otras emociones que percibía su mente. Algunas se acercaban al punto de terror de Garenia y Kirstian, y lo milagroso era que aquellas dos no se hubiesen desmayado. A Nynaeve le faltaba un pelo para vomitar, a pesar de su semblante repentinamente impávido. También Aviendha ofrecía una imagen de serenidad, pero por dentro aquel temor diminuto vibraba y palpitaba, tratando de crecer.

De Caire sólo le llegaba determinación, tan inflexible como su expresión. Nada se interpondría en su camino, y desde luego no la mera presencia del saidin contaminado por el Oscuro mezclándose con su tejido. Nada la detendría. Trabajó los flujos y, repentinamente, finísimas redes de saidar brotaron desde el extremo invisible de la columna, cual radios de una rueda torcidos, casi un abanico sólido extendiéndose hacia el sur, y otros abanicos menos densos hacia el norte y noroeste, y radios individuales, delicados como encaje, en otras direcciones. Cambiaron a medida que crecían, diferentes de un momento a otro, irrepetibles, extendiéndose a través del cielo, más y más lejos, hasta que también los extremos del entramado se perdieron de vista. Tampoco era sólo saidar, de eso no le cupo duda a Elayne; en algunos sitios aquella telaraña parecía enroscarse en torno a algo que no podía ver. Caire siguió tejiendo, dominando a su antojo la evolución de la columna, saidar y saidin juntos, y la telaraña cambió y fluyó como un caleidoscopio irregular girando a través del cielo, desapareciendo en la distancia, constantemente, sin parar.

Sin previo aviso, Caire enderezó la espalda, se frotó los riñones y soltó la Fuente de golpe. Columna y telaraña se desvanecieron, y la mujer se quedó desmadejada, respirando con dificultad. El Cuenco se tornó transparente de nuevo, pero retazos de saidar lanzaban destellos y chisporroteaban alrededor del borde.

—Está hecho, si la Luz quiere —dijo con voz cansina.

Elayne apenas la escuchó. Ése no era modo de poner fin a un círculo. Cuando Caire soltó la Fuente como lo había hecho, el Poder desapareció de todas las mujeres de forma simultánea. A Elayne se le desorbitaron los ojos; durante un instante, fue como si se encontrara en lo alto de la torre más grande del mundo y, de pronto, la torre hubiese desaparecido bajo sus pies. Sólo duró un segundo, pero la experiencia resultó muy desagradable. Se sentía cansada, aunque ni de lejos tanto como lo habría estado de haber actuado como algo más que un conducto, pero lo que verdaderamente sentía era la pérdida. Soltar el saidar ya era bastante malo de por sí; que te privasen repentinamente de él era indescriptible.

Otras lo habían pasado peor que ella. Mientras el brillo que rodeaba el círculo se disipaba, Nynaeve se sentó pesadamente donde estaba, como si las piernas se le hubiesen derretido, y se quedó acariciando el brazalete y los anillos, mirándolos fijamente y jadeando. El sudor le corría por la cara.

—Me siento como un tamiz de cocina por el que ha pasado toda la harina del molino —murmuró. Absorber tanto Poder conllevaba un precio, aunque no se hiciese nada, aunque se utilizara un angreal.

Talaan se tambaleó cual un junco sacudido por el vendaval, y lanzó miradas temerosas a su madre; saltaba a la vista que le daba miedo sentarse sin su permiso. Aviendha aguantaba derecha; su expresión impávida denotaba que la fuerza de voluntad tenía mucho que ver en ello. Sin embargo, esbozó una leve sonrisa e hizo una seña con el lenguaje de las Doncellas, «mereció el precio», y a continuación otra: «más». Merecía la pena, incluso más precio del pagado. Todo el mundo parecía agotado, aunque no tanto como las que habían utilizado los angreal. El Cuenco de los Vientos quedó finalmente en reposo y volvió a ser un simple recipiente de cristal puro, aunque ahora estaba decorado con olas encrespadas. Empero, daba la impresión de que el saidar seguía allí; no manejado por nadie; no visible, sino en tenues destellos percibidos, como los que habían chisporroteado por su borde al final.

Nynaeve alzó la cabeza y miró ceñuda el cielo despejado para luego bajar la vista hacia Caire.

—Todo eso ¿para qué? ¿Conseguimos algo o no?

Un soplo de aire barrió la cumbre de la colina, caliente como el de una cocina. La Detectora de Vientos se puso de pie trabajosamente.

—¿Crees que Tejer los Vientos es como dar un golpe de timón en un barco ligero? —preguntó despectivamente—. ¡Lo que acabo de hacer es mover el timón de un rasador con un bao maestro tan grande como el mundo! Tardará en virar, en saber que se supone que tiene que virar. Que debe virar. Pero cuando lo haga, ni el mismísimo Padre de las Tormentas podrá impedírselo. Lo he hecho, Aes Sedai, ¡y el Cuenco de los Vientos es nuestro!

Renaile se acercó al círculo y se arrodilló junto al Cuenco de los Vientos. Con todo cuidado empezó a envolverlo en el blanco paño de seda.

—Se lo llevaré a la Señora de los Barcos —dijo a Nynaeve—. Hemos cumplido con nuestra parte del trato. Ahora os toca a vosotras, Aes Sedai, cumplir el resto de la vuestra.

Merilille soltó un sonido gutural, pero cuando Elayne la miró, la Gris volvía a ser la viva imagen de la compostura.

—Tal vez hayáis cumplido vuestra parte —manifestó Nynaeve mientras se incorporaba tambaleándose—. Tal vez. Se verá cuando ese… rasador vuestro vire. ¡Si es que lo hace! —Renaile la miró duramente por encima del Cuenco, pero Nynaeve no se inmutó—. Qué extraño —murmuró a la par que se frotaba las sienes; el brazalete se le enredó en el pelo y la mujer torció el gesto—. Casi puedo sentir un eco del saidar. ¡Debe de ser por esta cosa!

—No —dijo lentamente Elayne—. También yo lo siento.

No era sólo el chisporroteo percibido débilmente en el aire. Más bien era la sombra de un eco, tan tenue como si hubiera alguien utilizando el saidar a cierta… Se volvió bruscamente. En el horizonte meridional centelleaban los relámpagos, docenas de rayos emitiendo un intenso azul plateado contra el cielo vespertino. Muy cerca de Ebou Dar.

—¿Una tormenta? —sugirió, anhelante, Sareitha—. El tiempo debe de estar volviendo a la normalidad ya.

Pero no había nubes en el cielo allí donde los relámpagos se bifurcaban y descargaban. Sareitha no era lo bastante fuerte para percibir el uso del saidar a tanta distancia.

Elayne tuvo un escalofrío. Tampoco ella era lo bastante fuerte, a menos que alguien estuviese utilizando tanto como habían usado ellas en la cumbre de la colina. Cincuenta o tal vez cien Aes Sedai, todas encauzando a la vez. O…

—No uno de los Renegados —musitó, y alguien a su espalda gimió.

—Uno solo no podría hacer eso —convino con ella Nynaeve—. Quizá no nos sintieron como nosotras los hemos sentido. Quizá, pero lo habrán visto, a menos que estén ciegos. ¡Mierda, qué perra suerte! —A pesar de mantener el tono bajo estaba muy agitada; a menudo regañaba a Elayne por usar ese tipo de lenguaje—. Reúne a todas las que vayan a Andor contigo, Elayne. Yo te… Me reuniré contigo allí. Mat está en la ciudad. He de volver para buscarlo. Maldito chico; vino por mí y he de hacerlo.