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Aviendha se sentó cruzada de piernas en el suelo y se enjugó el sudor de la cara con un pañuelo de lino, grande y sencillo, que parecía fuera de lugar junto a su bonito vestido de seda. Hasta ella empezaba a dar señales de cansancio.

—¿Qué mascullas, Elayne? Me recuerdas a Nynaeve. La tal Alise no ha hecho más que ahorrarnos el trabajo de empaquetar esas cosas.

Elayne se ruborizó ligeramente. No había sido su intención hablar en voz alta.

—Lo que pasa es que no quiero que los toque nadie que no sepa lo que está haciendo, Aviendha. —Algunos ter’angreal se ponían en funcionamiento aunque la persona que los toqueteara no pudiese encauzar si se hacía algo indebido, pero lo cierto era que no quería que nadie los tocara. ¡Eran de ella! La Antecámara no iba a entregar esos objetos a cualquier otra hermana sólo porque fuese mayor y más experimentada, ni a esconderlos porque estudiarlos fuese demasiado peligroso. Con tantos ejemplos para examinar, a lo mejor podía dilucidar finalmente cómo crear ter’angreal que funcionaran siempre; había habido demasiados fracasos y éxitos a medias—. Requieren una persona que sepa lo que se trae entre manos —reiteró mientras volvía a echar la dura cubierta.

El orden empezó a cobrar forma del pandemónium con mayor rapidez de la que esperaba Elayne, aunque no tan deprisa como habría deseado. Claro que, admitió de mala gana para sus adentros, nada que no fuese instantáneo la habría complacido. Incapaz de apartar los ojos del cielo, envió a Careane a lo alto del cerro para que vigilase en dirección a Ebou Dar. La fornida Verde rezongó un poco entre dientes antes de inclinar la cabeza; incluso asestó miradas fulminantes a la atareadas Allegadas, como si estuviese a punto de sugerir que enviase a una en lugar de a ella; pero Elayne quería allá arriba a alguien que no se desmayase al divisar la aproximación de «Engendros de la Sombra», y Careane era una de las menos fuertes entre las hermanas. Adeleas y Vandene salieron del edificio llevando a Ispan entre ellas, firmemente escudada y con el saco cubriéndole la cabeza. Caminaba sin dificultad y no había nada visible que indicara que se le había hecho algo, pero… Ispan caminaba con las manos enlazadas por delante de la cintura, sin hacer el menor intento de alzar el saco para echar un vistazo, y cuando la auparon a la silla de montar, extendió las manos unidas para que le ataran las muñecas sin necesidad de que se lo dijeran. Si estaba tan dócil, a lo mejor le habían sacado alguna información. Elayne no quería pensar cómo se habría logrado la supuesta información.

Se daban lo que podía llamarse… colisiones, incluso con lo que quizá se les venía encima. Con lo que sin duda se les venía encima. El que Nynaeve recobrase su sombrero de plumas azules perdido no fue exactamente una, pero le faltó poco; Alise lo encontró y se lo entregó mientras le decía que debía protegerse la cara del sol si quería conservar esa bonita piel tersa. Nynaeve, boquiabierta, siguió con la mirada a la canosa mujer que se alejaba presurosa a ocuparse de uno de los numerosos y pequeños problemas, y luego metió ostentosamente el sombrero debajo de la correa de sus alforjas.

Desde el principio Nynaeve se puso a la tarea de cortar las verdaderas colisiones, pero Alise se le adelantaba casi siempre, y cuando Alise se encontraba con una, la colisión se cortaba por sí misma. Algunas de las nobles exigieron ayuda para empaquetar sus pertenencias, sólo para ser informadas sin contemplaciones que lo que había dicho iba en serio y que si no dejaban de dar la lata a lo mejor se marchaban sin llevar encima más que lo puesto. Dejaron de dar la lata, claro. Otras, y no sólo nobles, cambiaron de idea cuando se enteraron de que se dirigían a Andor; a éstas se las ahuyentó literalmente, a pie y con la advertencia de que no dejasen de correr mientras pudieran. Se necesitaban todos los caballos, pero tenían que encontrarse muy lejos antes de que llegaran los seanchan; en el mejor de los casos, someterían a interrogatorio a cualquiera que encontrasen cerca de la granja. Como era de esperar, Nynaeve se enzarzó a gritos con Renaile a costa del Cuenco y de la tortuga que Talaan había utilizado, la cual, al parecer, Renaile había metido debajo de su fajín. Sin embargo, ni siquiera habían llegado a agitar los brazos cuando Alise se plantó allí y, de inmediato, el Cuenco volvió a estar al cuidado de Sareitha y la tortuga en poder de Merilille. Y a renglón seguido, Elayne se dio el gustazo de presenciar cómo Alise sacudía el índice admonitoriamente ante las narices de la estupefacta Detectora de Vientos de la Señora de los Barcos de los Atha’an Miere mientras la vapuleaba con una parrafada sobre el robo que dejó a Renaile farfullando de rabia. También Nynaeve farfulló algo mientras se alejaba con las manos vacías, si bien Elayne pensó que en su vida había visto a alguien tan apesadumbrado.

Sin embargo, en conjunto no se tardó mucho. Las restantes mujeres que habían estado en la granja se agruparon bajo la atenta mirada del Círculo de Labores de Punto, y de Alise, que tomó buena nota de las últimas diez que llegaron, todas salvo dos con finas ropas de seda bordada, apenas diferentes de las de Elayne. Definitivamente no eran Allegadas. La heredera del trono tuvo la seguridad de que, de todas formas, les tocaría fregar los platos; Alise no permitiría que algo tan nimio como ser de noble cuna fuese óbice para hacer cumplir sus normas. Las Detectoras de Vientos esperaban en fila con sus caballos y sorprendentemente silenciosas con excepción de Renaile, que mascullaba imprecaciones cada vez que veía a Alise. Se avisó a Careane para que bajara de la colina. Los Guardianes llevaron las monturas de las hermanas. La mayoría vigilaba continuamente el cielo, y el brillo del saidar envolvía a todas las Aes Sedai de más edad y a casi todas las Detectoras de Vientos. Asimismo, los halos rodeaban a unas cuantas Allegadas.

Nynaeve condujo a su yegua a la cabeza de la columna, junto a la cisterna, sin dejar de toquetear el angreal que aún llevaba puesto en la mano, como si fuese a ser ella la que creara el acceso, por ridícula que pudiera ser la mera idea. Para empezar, aunque se había lavado la cara y —aunque pareciera mentira considerando lo ocurrido— puesto el sombrero, todavía se tambaleaba cada vez que flaqueaba su autocontrol. Lan se mantenía prácticamente pegado a su hombro, con su habitual gesto pétreo, pero si había un hombre dispuesto a coger a una mujer si se desplomaba, ése era él. Aun con el brazalete y los anillos, probablemente Nynaeve sería incapaz de tejer un acceso. Más aún, la mujer había estado corriendo de un lado a otro de la granja desde que llegaron a ella por primera vez; en cambio, ella había estado abierta al saidar un buen rato justo donde se encontraban en ese momento, de modo que conocía bien ese sitio. Nynaeve se enfurruñó cuando Elayne abrazó la Fuente, pero al menos tuvo el sentido común de no decir nada.

Desde el primer momento, la heredera del trono deseó haber pedido a Aviendha la figurilla de la mujer arropada con el cabello; también se sentía agotada, y el saidar que lograba absorber apenas bastaba para formar el tejido que lo hiciese funcionar. Los flujos vacilaron, casi como si se retorcieran en un intento de escapar a su dominio, y luego ocuparon su lugar tan bruscamente que la joven dio un brinco; encauzar cuando se estaba cansada no se parecía en nada a hacerlo en otras circunstancias, pero esta vez fue peor que nunca. Al menos la familiar línea vertical plateada apareció como debía, y se ensanchó hasta crear un acceso justo al lado de la cisterna. No era mayor del que había abierto Aviendha, si bien Elayne se alegraba de que fuera lo bastante amplio para que pasara un caballo, cosa que había llegado a dudar al final. Las Allegadas lanzaron exclamaciones ahogadas a la vista de un prado de tierras altas que de repente se encontraba entre ellas y la familiar mole gris de la cisterna.