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—Tendrías que haberme dejado intentarlo —adujo suavemente Nynaeve, pero aun así con un leve tono cortante en la voz—. Ha faltado poco para que fuese un fiasco.

Aviendha le asestó una mirada tan incisiva que Elayne estuvo en un tris de agarrarla del brazo. Cuanto más tiempo hacía que eran medio hermanas, más parecía creer la Aiel que debía defender su honor; ¡si llegaban a convertirse en primeras hermanas, no iba a quedarle más remedio que andarse con mañas para mantenerla apartada de Nynaeve y de Birgitte!

—Lo he conseguido, Nynaeve, y es lo que importa —se apresuró a contestar.

La antigua Zahorí le lanzó una mirada cortante mientras murmuraba algo sobre la susceptibilidad que había en el ambiente ese día. ¡Como si fuese Elayne la que estuviese mostrando su lado irascible!

Birgitte fue la primera en cruzar el acceso, llevando de las riendas a su caballo y empuñando el arco en la otra mano, no sin antes dirigir descaradamente una sonrisa socarrona a Lan. Elayne percibió en ella entusiasmo y una pizca de satisfacción, quizá porque en esa ocasión era ella la que iba en cabeza en lugar de él —entre los Gaidin siempre había un poquito de rivalidad—, así como cierta cautela. Muy poca. Elayne conocía bien aquel prado; Gareth Bryne le había enseñado a cabalgar muy cerca de allí. A unos ocho kilómetros de las colinas escasamente arboladas que se divisaban al fondo, se encontraba la casa solariega de una de las haciendas de su madre. Mejor dicho, de unas de sus haciendas; tenía que acostumbrarse a eso. Las siete familias que atendían la casa y las tierras serían las únicas personas que habría a medio día de viaje en cualquier dirección.

Elayne había elegido aquel destino porque desde allí se llegaba a Caemlyn en dos semanas. Y porque la hacienda se encontraba tan aislada que podría entrar en la ciudad antes de que nadie supiese que estaba en Andor, una precaución que consideraba muy necesaria; en distintos momentos de la historia del país, los rivales aspirantes a la Corona de la Rosa habían sido retenidos como «invitados» hasta que renunciaron a sus pretensiones. Su madre lo había hecho con dos hasta que ocupó el trono. Con suerte, tendría establecida una base sólida para cuando Egwene y los demás llegasen.

Lan condujo a Mandarb inmediatamente detrás del castrado castaño de Birgitte, y Nynaeve dio una sacudida hacia adelante como para ir a todo correr tras el negro caballo de batalla, pero luego se paró en seco y lanzó una mirada penetrante a Elayne, como retándola a que dijese una sola palabra. Toqueteando con rabia las riendas, hizo un palpable esfuerzo para dirigir la vista a cualquier parte excepto al acceso y a Lan. Sus labios se movieron, y al cabo de un momento Elayne comprendió que estaba «contando».

—Nynaeve, realmente no tenemos tiempo para… —empezó en voz baja.

—Vamos, avanzad —instó la voz de Alise desde atrás, y las palmadas que dio subrayaron sus palabras de manera seca y cortante—. ¡Nada de empujones ni codazos, pero tampoco toleraré remoloneos! Avanzad.

Nynaeve giró bruscamente la cabeza hacia atrás; en su semblante se plasmaba una dolorosa indecisión. Por alguna razón se tocó el sombrero de plumas azules, rotas y dobladas, para luego apartar la mano con rapidez.

—¡Oh, esa vieja «chinga chivos» del…! —farfulló.

El resto se perdió mientras arrastraba a su yegua a través del acceso. Elayne resopló con desdén. ¡Y luego se atrevía a criticar a los demás por su lenguaje! Ojalá hubiese oído lo que seguía, sin embargo; esa primera parte ya la conocía.

Alise siguió metiéndoles prisa, si bien no fue realmente necesario después de que pasara la primera. Hasta las Detectoras de Vientos se apresuraron al tiempo que echaban ojeadas preocupadas hacia el cielo. Incluso Renaile, que mascullaba algo sobre Alise y de lo que Elayne tomó nota mental, aunque llamar a alguien «carroñera zampapeces» sonaba bastante suave. Había imaginado que los Marinos comían pescado a todas horas.

La propia Alise cerraba la marcha, con excepción de los restantes Guardianes, aparentemente decidida a arrear incluso a los animales de carga. Se detuvo un instante para tender a Elayne su sombrero de plumas verdes.

—Querrás proteger del sol esa dulce carita —dijo con una sonrisa—. Una chica tan guapa no tiene por qué volverse un cuero viejo y arrugado antes de tiempo.

Aviendha, sentada en el suelo a poca distancia, cayó hacia atrás y pateó muerta de risa.

—Creo que le pediré que busque un sombrero para ti. Con montones de plumas y grandes lazos —repuso Elayne en tono dulcísimo antes de seguir a la Allegada a través del acceso. Aquello, naturalmente, cortó las risas de Aviendha.

El prado suavemente ondulado, ancho y de más de un kilómetro de longitud, estaba rodeado de colinas más altas que las que habían dejado atrás, así como de árboles conocidos para Elayne: robles, pinos, endrinos, tupelos, cedros y abetos; bosques densos con buenos ejemplares madereros al sur, este y oeste, aunque quizás ese año no habría tala. En su mayor parte, los dispersos árboles que crecían al norte, en dirección a la casa solariega, eran más apropiados para leña. Pequeños peñascos grises salpicaban la espesa hierba agostada aquí y allí, y ni un solo tallo seco marcaba el lugar ocupado por una flor silvestre muerta. En eso no había tanta diferencia con el sur del continente.

Por una vez, Nynaeve no oteaba el entorno intentando localizar a Lan. Él y Birgitte no estarían ausentes mucho tiempo, de todos modos; allí no. En cambio, caminaba con brío entre los caballos, ordenando a la gente que montara con voz alta e imperiosa, metiendo prisa a los sirvientes con los animales de carga, espetando en tono cortante a algunas de las Allegadas que no tenían monturas que hasta un chiquillo podría caminar ocho kilómetros, gritándole a una noble altaranesa, una mujer esbelta y con una cicatriz en la mejilla, que cargaba un fardo casi tan grande como ella, que si había sido tan estúpida para llevarse todos sus vestidos entonces también podía acarrearlos. Alise había reunido a las Atha’an Miere alrededor y les daba instrucciones sobre cómo montar a caballo. Lo asombroso era que parecían estar prestándole atención. Nynaeve echó un vistazo en su dirección y pareció complacida de ver a Alise parada en un sitio. Hasta que Alise le sonrió animosamente y le hizo un ademán para que siguiera con lo que estaba haciendo.

Nynaeve se quedó inmóvil, mirándola de hito en hito. Luego se dirigió hacia Elayne caminando a zancadas a través de la hierba. Se llevó las dos manos al sombrero, vaciló, y alzó la vista hacia él, observándolo ceñuda antes de ponérselo derecho de un tirón.

—Dejaré que esta vez ella se encargue de todo —manifestó en un tono sospechosamente razonable—. Veremos qué tal le va con esas… mujeres de los Marinos. Sí, ya veremos. —Un tono que se pasaba de razonable. De repente frunció el entrecejo al ver abierto el acceso—. ¿Por qué lo mantienes? Suéltalo.

También Aviendha estaba ceñuda. Elayne respiró hondo; lo había pensado bien y no había otra solución, pero Nynaeve intentaría discutir para hacerle cambiar de idea, y no había tiempo para discusiones. A través del acceso, la granja seguía vacía, ya que hasta las gallinas se habían escapado, asustadas por el alboroto; pero ¿cuánto tardaría en volver a estar abarrotada? Estudió su tejido, entrelazado tan prietamente que sólo se distinguían algunos hilos. Podía ver cada flujo, desde luego, pero con excepción de unos pocos, los demás parecían inseparablemente unidos.

—Lleva a todo el mundo a la casa solariega, Nynaeve —dijo. El sol no tardaría mucho en ponerse; quizá quedara un par de horas de luz—. Maese Bencorno se sorprenderá al ver llegar a tantos visitantes de noche, pero dile que sois invitados de la niña que lloró por el cardenal con el ala rota; se acordará de eso. Me reuniré con vosotras lo antes posible.