Chulein sonrió bajo el tapabocas que la protegía del viento. Todos los voladores hablaban de comprarse una posada —o una taberna e incluso a veces una granja—, pero ¿quién renunciaría al cielo? Dio unas palmaditas en la base del largo y correoso cuello de Segani. Todas las voladoras —tres de cada cuatro morat’raken eran mujeres— hablaban de esposo y niños, pero tener hijos también significaba poner fin a volar. Eran más las mujeres que dejaban los Puños del Cielo en un mes que las que abandonaban el cielo en medio año.
—Lo que me parece es que deberías seguir vigilando y no apartar la vista del suelo —contestó, pero no había nada malo en charlar un poco. Podría haber divisado a un niño moviéndose entre los olivos, allá abajo, cuanto más cualquier cosa que pudiera representar un peligro para los Puños del Cielo. Los soldados de esa compañía de infantería ligera eran casi tan duros como los Guardias de la Muerte; algunos decían que más—. Yo emplearé mi parte en comprar una damane y contratar una sul’dam. —Si allí abajo había aunque sólo fuera la mitad de marath’damane de lo que afirmaban los rumores, se compraría dos damane. ¡Tres!—. Una damane entrenada para hacer Luminarias del Cielo. Cuando deje de volar, seré tan rica como un miembro de la Sangre.
Allí tenían algo llamado «fuegos de artificio»; Chulein había visto a varios individuos intentando en vano despertar el interés de la Sangre en Tanchico, pero ¿a quién le seduciría contemplar una cosa tan insignificante en comparación con las Luminarias del Cielo? A esos tipos se los había sacado a empujones de la ciudad, dejándolos tirados en la calzada.
—¡La granja! —gritó Eliya, y de pronto algo golpeó con fuerza a Segani, más fuerte que la peor ráfaga de viento tormentoso que Chulein había sentido en su vida, y lo volteó sobre un costado.
El raken cayó a plomo mientras lanzaba su estridente grito, girando tan deprisa que Chulein sintió la presión de las correas de seguridad. Dejó las manos sobre los muslos, asiendo las riendas, pero quietas. Segani tenía que superar aquello por sí mismo; cualquier tirón de las riendas sólo lo entorpecería más. Cayeron girando como una rueda de juego. A los morat’raken se les enseñaba a no mirar el suelo si un raken caía por la razón que fuera, pero Chulein no pudo menos que calcular su altura cada vez que una de las bruscas volteretas hacía visible la tierra. Seiscientos metros. Cuatrocientos cincuenta. Trescientos. Ciento cincuenta. Que la Luz iluminara su alma y la infinita misericordia del Creador la guardara de…
Con un seco chasquido de sus anchas alas, que la lanzó violentamente hacia un lado e hizo que los dientes le chasquearan, Segani se niveló, y las puntas de las alas rozaron las copas de los árboles en su pasada rasa. Con una tranquilidad adquirida merced a un duro entrenamiento, la mujer comprobó el movimiento de las alas del animal buscando algún tipo de lesión. No vio nada, pero de todos modos haría que un der’morat’raken lo examinara minuciosamente. Algo minúsculo que a ella podría pasarle inadvertido no se le escaparía a un maestro.
—Al parecer, nos hemos escapado de la Dama de las Sombras una vez más, Eliya. —Se giró para mirar hacia atrás y enmudeció. Un trozo de la correa de seguridad rota ondeaba en el asiento vacío que había a su espalda. Todos los voladores sabían que la Dama esperaba al final de una larga caída, pero saberlo nunca lo hacía más fácil cuando ocurría.
Tras alzar una plegaria por su compañera muerta, la mujer se obligó a reanudar su cometido y azuzó a Segani para que se elevara. Fue una ascensión lenta, en espiral, por si acaso había alguna lesión que no se apreciara a simple vista, aunque todo lo deprisa que consideraba seguro. Tal vez un poco más. El humo elevándose tras la encorvada colina la hizo fruncir el entrecejo, pero lo que vio cuando sobrepasó la cumbre le dejó la boca seca. Sus manos se quedaron inmóviles en las riendas, y Segani siguió cobrando altura con poderosos aleteos.
La granja había… desaparecido. De los blancos edificios sólo quedaban los cimientos, y las grandes estructuras construidas en la ladera estaban reducidas a montones de escombros aplastados. Desaparecido. Todo estaba abrasado y ennegrecido. El fuego ardía furiosamente en la maleza de las faldas de las colinas y avanzaba en abanicos que se extendían un kilómetro por los olivares y el bosque, propagándose por los terrenos bajos entre cerro y cerro. Más lejos se divisaban árboles tronchados en un radio de otros mil metros o más, todos ellos caídos en dirección opuesta a la granja. Jamás había visto algo igual. No podía haber nada vivo allí abajo. Nada podía haber sobrevivido a una cosa así. Fuese lo que fuese.
Rápidamente, se obligó a salir de su estupor e hizo que Segani virase hacia el sur. En lontananza divisó to’raken, cada uno de ellos cargado a tope con una docena de Puños del Cielo, ya que la distancia no era larga. Puños del Cielo y sul’dam que llegaban demasiado tarde. Empezó a redactar mentalmente su informe; no había nadie más para hacerlo. Todos decían que ésa era una tierra repleta de marath’damane esperando a que se les pusiera la correa, pero con esa nueva arma, las mujeres que se llamaban a sí mismas Aes Sedai representaban un verdadero peligro. Había que hacer algo con ellas, algo contundente. Tal vez si la Augusta Señora Suroth se hallaba de camino a Ebou Dar, también entendería que era necesario.
7
En un corral
El cielo ghealdano estaba totalmente despejado y un sol de justicia pegaba en las colinas arboladas. Sin ser aún mediodía, el calor era sofocante. Pinos y cedros amarilleaban por la sequía, así como otros ejemplares que Perrin sospechaba eran perennes. No se movía ni gota de aire. El sudor le corría por la cara y penetraba en su corta barba. Tenía pegado a la cabeza el rizado cabello. Le pareció oír un trueno lejano, por el oeste, pero casi había perdido la esperanza de que alguna vez volviera a llover. Uno tenía que martillear el hierro que había en el yunque, no soñar despierto con trabajar la plata.
Desde su ventajosa posición en la cresta escasamente arbolada, examinó la ciudad amurallada de Bethal a través de un visor de lentes montado en un tubo de bronce. Incluso a sus penetrantes ojos no les venía mal una ayuda a esa distancia. Era una ciudad de buen tamaño, de edificios con los tejados de pizarra, entre ellos media docena de construcciones altas que podrían ser palacios de nobles menores o las casas de mercaderes acaudalados. No alcanzaba a distinguir la bandera escarlata que colgaba fláccida en lo alto de la torre mayor del palacio más grande, el único estandarte a la vista, pero sí sabía a quién pertenecía: Alliandre Maritha Kigarin, reina de Ghealdan, lejos de su corte y trono, en Jehannah.
Las dos puertas de la ciudad se encontraban abiertas, con veinte guardias o más en cada una, pero nadie salía por ellas, y las calzadas que divisaba desde su posición permanecían vacías, con excepción de un jinete solitario que cabalgaba a galope tendido hacia Bethal, procedente del norte. Los soldados tenían los nervios de punta, y algunos alzaron picas o arcos a la vista del jinete, como si éste blandiese una espada chorreando sangre. Otros soldados que estaban de guardia se agolparon en las almenas de las torres de la muralla o en los adarves intermedios. También allí arriba se encajaron muchas flechas en las cuerdas de los arcos o se alzaron ballestas. Miedo a montones.