No siempre estaba tan convencida de eso.
—Tal vez —murmuró, irritado. Procuraba no preocuparse por la cordura de Rand, pero su amigo de la infancia conseguía despertar sus mayores recelos cuando, por su actitud, le recordaba a un niño brincando por un prado. Además, ¿hasta qué punto confiaba Rand incluso en él? Se reservaba cosas, hacía planes que nunca revelaba.
Perrin suspiró, se recostó en la silla y tomó un sorbo de té. Lo cierto era que, loco o cuerdo, Rand tenía razón. Si los Renegados —o la Torre Blanca— se olían lo que se proponía, encontrarían algún modo de tirar el yunque para que le cayera sobre el pie.
—Bueno, al menos haré que los espías de la Torre tengan una cosa menos de la que informar. Esta vez voy a quemar esa jodida bandera. —Y también la del Lobo Rojo. Si tenía que jugar a ser un lord, de acuerdo, ¡pero para eso no le hacía falta ninguna maldita bandera!
Los carnosos labios de Faile se fruncieron en un gesto circunspecto. Se levantó de la silla y se arrodilló a su lado, cogiéndole las muñecas. Perrin sostuvo, receloso, su mirada serena y firme. Cuando lo miraba de aquel modo tan intenso, tan serio, estaba a punto de decirle algo importante. O de intentar hacerle ver lo que no era y darle vueltas hasta desorientarlo al punto de no saber cuál era su mano derecha y cuál su izquierda. Su efluvio no le aclaraba nada. Intentó dejar de olerla, porque resultaba facilísimo ensimismarse en eso, y entonces sí le haría ver blanco lo que era negro. Si algo había aprendido desde que se había casado, era que un hombre necesitaba poner los cinco sentidos para discutir un asunto con una mujer. A menudo ni siquiera así era suficiente; para salirse con la suya, las mujeres no tenían nada que envidiar a una Aes Sedai.
—Quizá deberías reconsiderar esa idea, esposo —musitó. Una leve sonrisa curvó las comisuras de sus labios, como si, una vez más, le hubiese leído el pensamiento—. Dudo que nadie que nos haya visto desde que entramos en Ghealdan sepa lo que significa la bandera del Águila Roja. Aunque sí es posible que algunos la reconozcan en una ciudad del tamaño de Bethal. Además, cuanto más tiempo pasemos buscando a Masema, más probabilidades habrá.
Perrin ni se molestó en comentar que, precisamente por eso, mayor razón para librarse del estandarte. Faile no tenía un pelo de tonta, y era mucho más despierta que él.
—Entonces, ¿por qué conservarla si con ello sólo se consigue atraer la atención hacia el idiota que todo el mundo pensará que está intentando resucitar Manetheren? —preguntó en cambio. Otros hombres y mujeres ya habían intentado hacer eso mismo en el pasado; el nombre de Manetheren conllevaba recuerdos muy poderosos, algo conveniente para quien deseara iniciar una rebelión.
—Justamente por esa razón. —Se acercó, clavándole una mirada intensa—. Porque un hombre que intente resucitar Manetheren despertará interés. La gente corriente te sonreirá a la cara, esperará que sigas adelante enseguida e intentará olvidarte tan pronto como te hayas marchado. En cuanto a las personas importantes, ahora están demasiado pendientes de otras cosas como para fijarse en ti, a no ser que les pellizques la nariz para llamar su atención. Comparado con los seanchan o el Profeta o los Capas Blancas, un hombre que trata de resucitar Manetheren es una minucia. Y diría que también es más seguro que no atraiga sobre sí la atención de la Torre. No ahora. —Su sonrisa se ensanchó y el brillo de sus ojos anunció que se disponía a exponer su argumento más contundente—. Pero lo más importante es que nadie pensará que ese hombre está haciendo otra cosa. —Su sonrisa se borró de forma repentina; le plantó el índice en la punta de la nariz, con contundencia—. Y no te califiques de idiota, Perrin t’Bashere Aybara. Ni siquiera de refilón. No lo eres, y no me gusta oírtelo decir. —Su aroma era como minúsculas espinas, no verdadera ira pero, sin lugar a dudas, de desagrado.
Azogue. Un martín pescador más veloz que el pensamiento. Desde luego, mucho más rápido que el suyo. A él jamás se le habría ocurrido ocultarse de manera tan… flagrante. Pero sí se daba cuenta de que tenía sentido. Era como ocultar el hecho de ser un asesino al proclamar que se era un ladrón. Con todo, podía funcionar.
Riendo quedamente, le besó las puntas de los dedos.
—La bandera seguirá ondeando —dijo. Supuso que ello implicaba asimismo la permanencia de la del Lobo Rojo. ¡Rayos y centellas!—. Alliandre debe saber la verdad, sin embargo. Si piensa que Rand se propone erigirme en rey de Manetheren y tomar sus tierras…
Faile se puso de pie tan repentinamente, dándose media vuelta, que Perrin temió haber cometido un error al sacar a colación a la reina. No era difícil relacionarla con Berelain, y el aroma de su esposa era… encrespado. Cauteloso. No obstante, se limitó a responder sin volverse para mirarlo:
—Alliandre no representará el menor problema para Perrin Ojos Dorados. Ese pájaro se puede dar por atrapado en la red, esposo, así que es hora de que nos centremos en encontrar a Masema.
Se arrodilló grácilmente ante un pequeño arcón que había colocado contra la pared de la tienda, el único sin cubrir con telas bordadas; levantó la tapa y empezó a rebuscar entre los mapas enrollados.
Perrin esperaba que estuviera en lo cierto con respecto a Alliandre, pues ignoraba qué haría si se equivocaba. Y ojalá tuviese, aunque sólo fuera, la mitad de capacidad que ella le atribuía: Alliandre era un pájaro atrapado en su red, los seanchan se inclinarían como marionetas ante Perrin Ojos Dorados, y atraparía al Profeta y lo llevaría en presencia de Rand aunque Masema tuviera diez mil hombres alrededor. No por primera vez comprendió que, por mucho que sus arrebatos de ira lo hiriesen y desconcertaran, lo que temía era decepcionarla. Si alguna vez veía decepción en los ojos de su mujer, se le partiría el corazón.
Se arrodilló junto a ella y la ayudó a extender el mapa más grande, que abarcaba el sur de Ghealdan y el norte de Amadicia, y lo contempló fijamente, como si el nombre de Masema fuese a surgir de repente ante su vista, resaltando en el pergamino. Tenía más motivos que Rand para querer alcanzar el éxito en su empresa. Triunfara o no en todo lo demás, no podía decepcionar a Faile.
Faile yació despierta en la oscuridad, escuchando hasta que estuvo segura de que la respiración de Perrin tenía el ritmo constante y profundo del sueño, y entonces salió de entre las mantas que compartían. Esbozó una triste sonrisa mientras se sacaba por la cabeza el camisón de lino. ¿De verdad pensaba Perrin que no iba a descubrir que había escondido la cama en lo profundo de un bosquecillo una mañana, mientras se cargaban las carretas? Tampoco es que le importara; al menos, no demasiado. A buen seguro, había dormido en el suelo tantas veces como él. Había fingido sorpresa, por supuesto, y apenas dio importancia al asunto o, en caso contrario, él se habría disculpado, puede que incluso hubiese vuelto a buscar la dichosa cama. Saber llevar a un marido era un arte, según su madre. ¿Le había resultado tan difícil a Deira ni Ghaline?
Metió los pies descalzos en las zapatillas, se puso una bata de seda y vaciló un instante mientras miraba a Perrin. La vería claramente si se despertaba, pero ella sólo distinguía una forma oscura tumbada. Ojalá su madre estuviese allí en ese momento para aconsejarla. Lo amaba con todo su ser, y él la turbaba profundamente al no ajustarse a sus conceptos sobre los hombres. Comprenderlos era imposible, por supuesto, pero Perrin era totalmente diferente a todos los que había conocido desde su infancia. Jamás hacía alarde de sus cualidades ni se vanagloriaba de nada, sino que era modesto. ¡Nunca habría creído capaz a un hombre de ser modesto! Insistía en que sólo se había convertido en un líder por puro azar, y aseguraba que no sabía dirigir, cuando en realidad los hombres que lo conocían estaban dispuestos a seguirlo al cabo de una hora. Desestimaba su discernimiento al considerarse poco despierto, cuando su razonamiento lento y reflexivo profundizaba de tal modo que ella tenía que hacer malabares para guardar algún secreto. Era un hombre maravilloso; su lobo de rizado pelo. Tan fuerte. Y tan gentil. Suspirando, salió de puntillas de la tienda. El fino oído de su marido ya le había causado problemas antes.