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—La reina recorre la ciudad a diario, dejándose ver para levantar el ánimo de los suyos, pero no creo que sirva de mucho —comentó Selande—. Está haciendo una gira por el sur para recordar al pueblo que tiene una reina; puede que haya tenido más éxito en otros sitios. Su guardia se ha sumado a los centinelas de las murallas, así como todos sus soldados excepto un puñado. Quizás eso hace que los vecinos se sientan más seguros. Hasta que se marche. A diferencia de todos los demás, aparentemente la propia Alliandre no tiene miedo de que el Profeta entre a saco en la ciudad. Pasea sola por los jardines del palacio de lord Telabin, mañana y tarde, y sólo tiene a su servicio unos pocos soldados, los cuales pasan casi todo el día metidos en las cocinas. Toda la ciudad parece tan preocupada por los víveres y por el tiempo que durarán, como por el Profeta. A decir verdad, milady, a pesar de los guardias en las murallas creo que si Masema apareciese solo a las puertas, le entregarían la ciudad.

—Lo harían —manifestó desdeñosamente Meralda mientras se ceñía la espada a la cintura—. Y suplicarían clemencia. —Morena y fornida, Meralda era tan alta como Faile, pero la teariana agachó la cabeza ante el ceño de Selande y musitó una disculpa. No cabía duda de quién dirigía Cha Faile, después de la propia Faile.

La complació que no hubiese necesidad de cambiar el precedente establecido por ellos. Selande era la más inteligente, con excepción quizá de Parelean, y únicamente Arrela y Camaille eran más rápidas. Y Selande tenía algo más, cierta entereza, como si ya se hubiese enfrentado al peor terror de su vida y jamás pudiera repetirse nada tan malo. Huelga decir que Selande deseaba tener una cicatriz como algunas de las Doncellas. Faile tenía varias pequeñas, distintivos de honor en su mayoría, pero ciertamente buscarlo a propósito era una estupidez. Al menos la cairhienina no se mostraba demasiado ansiosa en lograrlo.

—Hicimos un mapa, como pedisteis, milady —terminó la menuda mujer tras una última mirada de advertencia a Meralda—. Hemos trazado en lo posible la parte posterior del palacio de lord Telabin, pero me temo que no hay mucho más aparte de jardines y establos.

Faile no intentó distinguir las líneas dibujadas en el papel que la mujer desplegó a la luz de la luna. Lástima que no hubiese podido ir personalmente; así habría hecho un croquis del interior. No. Lo hecho, hecho estaba, como le gustaba decir a Perrin. Y era suficiente.

—¿Seguro que nadie registra las carretas que salen de la ciudad?

Aun con la pálida luz de la luna vio las expresiones desconcertadas en muchos de los rostros que tenía delante. Nadie sabía por qué había enviado a unos cuantos de ellos a Bethal. Pero Selande no mostraba desconcierto alguno.

—Sí, milady —respondió sosegadamente. Muy inteligente, y muy despierta.

Sopló una corta ráfaga de viento que agitó las hojas de los árboles y alborotó las que estaban caídas en el suelo; Faile deseó tener la agudeza auditiva de su marido. Y también su olfato y su vista. No importaba que la vieran allí con sus servidores, pero que alguien escuchara la conversación a escondidas era otra cosa muy distinta.

—Bien hecho, Selande. Todos vosotros.

Perrin conocía los peligros que había allí, tan reales como los de más al sur; pero, al igual que casi todos los hombres, pensaba con el corazón tantas veces como con la cabeza. Una esposa tenía que ser práctica si quería evitar que su marido se metiera en problemas. Ése había sido el primer consejo de su madre para la vida de casada.

—Con las primeras luces regresaréis a Bethal, y si recibís noticias mías, esto es lo que deberéis hacer…

Hasta Selande abrió mucho los ojos por la impresión a medida que hablaba, pero nadie articuló la menor protesta. Faile se habría sorprendido si alguno lo hubiese hecho. Sus instrucciones eran precisas. El plan entrañaba cierto peligro, pero, teniendo en cuenta las circunstancias, ni de lejos el que podría haber habido.

—¿Alguna pregunta? —dijo finalmente—. ¿Todo el mundo lo ha entendido?

—Vivimos para servir a lady Faile —respondió al unísono Cha Faile.

Y eso significaba que servirían a su adorado lobo, tanto si él lo quería como si no.

Maighdin rebulló entre las mantas tendidas sobre el duro suelo, incapaz de conciliar el sueño. Ahora ése era su nombre; un nombre nuevo para una nueva vida. Maighdin por su madre, y Dorlain por una familia de una heredad que antes fue suya. Una vida nueva para suplir la pasada, pero los vínculos del corazón no podían cortarse. Y ahora… Ahora…

Un débil crujido de las hojas muertas la hizo levantar la cabeza, y vio una figura borrosa pasando entre los árboles. Lady Faile, que regresaba a su tienda de dondequiera que hubiese ido. Una joven agradable, bondadosa y con lenguaje culto. Fuera cual fuese el linaje de su esposo, casi con toda seguridad ella procedía de noble cuna. Pero era joven. E inexperta. Eso podría ser ventajoso.

Maighdin recostó de nuevo la cabeza en la capa que utilizaba como almohada. Luz, ¿qué estaba haciendo allí? ¡Entrar al servicio de una dama como doncella! No. Se aferraría a la confianza en sí misma, al menos. Todavía le quedaba eso. Todavía. Si escarbaba hondo. Contuvo la respiración al oír el sonido de unos pasos cercanos.

Tallanvor se arrodilló ágilmente a su lado. Iba sin camisa y la luz de la luna brillaba en los músculos de su torso y sus hombros, dejando en sombras su rostro. Una leve brisa le revolvía el cabello.

—¿Qué locura es ésta? —preguntó quedamente—. ¿Entrar al servicio de una dama? ¿Qué te propones? Y no me vengas con esas tonterías sobre empezar una nueva vida. No me lo creo. Ninguno de los otros lo cree.

Ella intentó darse media vuelta, pero Tallanvor le puso una mano sobre el hombro. No ejerció presión, pero aun así la frenó tan certeramente como un dogal. Rogó a la Luz que no se pusiera a temblar. La Luz no escuchó su súplica, pero al menos Maighdin se las ingenió para mantener la voz firme.

—Por si no te has fijado, he de ganarme la vida ahora. Mejor hacerlo como doncella de una dama que como camarera de taberna. Eres libre de marcharte si el servicio aquí no te complace.

—No renunciaste a tu inteligencia y a tu orgullo cuando abdicaste al trono —murmuró él. ¡Maldita Lini por haber revelado eso!—. Si tienes intención de fingir que sí lo hiciste, sugiero que evites que Lini te pille a solas. —¡El hombre se echó a reír quedo! ¡De ella! ¡Oh, y qué risa tan profunda, tan rica!—. Quiere hablar dos palabras con Maighdin, y sospecho que no será tan afable con ella como lo era con Morgase.

Furiosa, se sentó en las mantas y le retiró bruscamente la mano.

—¿Es que eres ciego y sordo? ¡El Dragón Renacido tiene planes para Elayne! ¡Luz, no me gustaría siquiera que conociera su nombre! No puede haber sido puro azar lo que me trajo hasta uno de sus esbirros, Tallanvor. ¡Tiene que ser algo más!

—Maldición, sabía que tenía que ser por eso. Confiaba en estar equivocado, pero… —Su voz sonaba tan furiosa como la de ella. ¡Y no tenía derecho a enfurecerse!—. Elayne está a salvo en la Torre Blanca. La Amyrlin no permitirá que se acerque a un hombre que puede encauzar, aunque sea el Dragón Renacido, principalmente si es él, y Maighdin Dorlain no puede hacer nada respecto a la Sede Amyrlin, el Dragón Renacido ni el Trono del León. Lo único que puede conseguir es acabar con el cuello partido o la garganta cortada o…